El Periódico - Castellano

La espada de Simón Bolivar

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Muchas veces pasar desapercib­ido en los eventos sociales es lo mejor, sobretodo cuando uno no debe ser el centro de atención. De lo contrario significa que algo no ha ido bien y que, a pesar del protocolo, alguien ha dado la nota. Esto es lo que le pasó a Felipe VI en la toma de posesión del presidente electo de Colombia, Gustavo Petro, celebrada el pasado domingo. Felipe VI no se levantó de la silla cuando Petro, después de recibir la banda y jurar como presidente de su país, detuvo el acto y pidió que se mostrara la espada de Simón Bolívar.

La espada tiene un gran valor simbólico. No solo porque representa la hazaña de liberar a Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela del yugo colonial, sino también porque tiene asociado un mensaje de emancipaci­ón social vinculado a la llegada, por primera vez en la historia, de un político de izquierdas a la más alta magistratu­ra. La espada es un símbolo de la lucha política del último tercio del siglo XX en Colombia. Una lucha a la que estuvo vinculado el ahora presidente, quien fue miembro de la extinta organizaci­ón guerriller­a M-19.

Para quien aún no lo sepa, el 17 de enero de 1974 un comando del M19 robó la espada en la

Casa Museo Simón Bolívar, en el centro de Bogotá, como acto de protesta contra el Gobierno. Los guerriller­os dejaron, en el lugar en que se sustrajo la espada, el siguiente mensaje: «Bolívar no ha muerto. Su espada rompe las telarañas del museo y se lanza a los combates del presente. Pasa a nuestras manos. Y apunta ahora contra los explotador­es del pueblo». Tras 17 años desapareci­da –dicen que transitó por cientos de casas de los barrios periférico­s de Bogotá– el M19 devolvió la espada como gesto de paz en 1991, año en el que abandonó las armas.

No es de extrañar que Petro, tras recibir la espada, pronunciar­a: «Llegar aquí junto a esta espada, para mí es toda una vida (…) quiero que nunca más esté enterrada, retenida y que solo se envaine –como dijo su dueño, el libertador– cuando haya justicia en este país». Cuando el arma hizo su entrada solemne, los invitados se levantaron y aplaudiero­n, y el Rey se quedó en su silla. Hay quienes defienden su actitud al señalar que la espada no es un símbolo del Estado colombiano, pero muchos se preguntan –y se regocijan pensando– si el desplante se vincula a algún tipo de trauma borbónico –no digerido después dos siglos– respecto a la emancipaci­ón de las repúblicas latinoamer­icanas, o a una aversión a los proyectos políticos que ponen en entredicho el statu quo.

Difícilmen­te tendremos la respuesta a estas preguntas, pero en cualquier caso, el Monarca debería de haber sabido que la toma de posesión de Petro tenía un contenido simbólico excepciona­l. No era una toma de posesión rutinaria: era mucho más. De aquí la fiesta popular organizada alrededor del evento en la plaza Bolívar, y el protagonis­mo que adquirió la figura de Francia Márquez, la primera vicepresid­enta afrocolomb­iana y de origen popular.

El Rey debería de haber sabido que la toma de posesión de Petro tenía un contenido simbólico excepciona­l. No era algo rutinario, era mucho más

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Salvador Martí Puig

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