El Periódico de Catalunya (Català) - Dominical - - Co­no­cer Ci­ne -

bro­mas... Bus­ca­ba la risa de los de­más y se hi­zo tan adic­to a las car­ca­ja­das que a me­nu­do des­per­ta­ban sus co­men­ta­rios agu­dos y no siem­pre ama­bles que las im­per­ti­nen­cias se con­vir­tie­ron en par­te im­por­tan­te de su ma­ne­ra de ser. Y le tra­je­ron pro­ble­mas en su vi­da: su fa­mi­lia y sus ami­gos se can­sa­ban de sus bro­mas pe­sa­das y de sus 'zas­cas' mor­da­ces.

Grou­cho ha­bla de ello en sus me­mo­rias. Le de­di­ca un ca­pí­tu­lo en­te­ro ti­tu­la­do Me­te­du­ras de pa­ta. Re­co­no­ce que lo que él de­no­mi­na «un im­pul­so ner­vio­so, un re­fle­jo au­to­má­ti­co o úni­ca­men­te una per­ver­si­dad bá­si­ca» le ha traí­do mu­chos pro­ble­mas. «Tal vez un psi­có­lo­go lo des­cri­bi­ría co­mo en­fer­me­dad de la Me­te­du­ra de Pa­ta», di­ce. Y él mis­mo cuen­ta unos cuan­tos ejem­plos.

TAM­BIÉN GRE­TA GARBO SE EN­FA­DÓ CON ÉL

A Gre­ta Garbo le di­jo en un as­cen­sor que la ha­bía con­fun­di­do con «un su­je­to a quien co­no­cí en Kan­sas City». Ella, que ves­tía pan­ta­lo­nes y cha­que­ta de es­ti­lo mas­cu­lino, se mo­les­tó. «Es­ta es la ex­pli­ca­ción de por qué Gre­ta Garbo no apa­re­ció en nin­gu­na de las pe­lí­cu­las de los her­ma­nos Marx», ex­pli­ca Grou­cho.

De sus in­so­len­cias pro­ce­de su apo­do: grouch es 'gru­ñón' en in­glés. Se lla­ma­ba Ju­lius Henry Marx, na­ció en Nue­va York en 1890 –se cum­plen aho­ra 130 años– y se crio en una bu­lli­cio­sa ca­sa de lo­cos. Sus pa­dres eran in­mi­gran­tes ju­díos, Sa­muel Marx (pro­ce­den­te de Al­sa­cia-lo­re­na) era un sas­tre po­co há­bil con la agu­ja y el de­dal, pe­ro un gran co­ci­ne­ro; él era el amo de ca­sa, mien­tras que su mu­jer, Min­nie, se ocu­pa­ba de que sus hi­jos se con­vir­tie­ran en ar­tis­tas de éxi­to.

Aquel piso era co­mo el ca­ma­ro­te de los her­ma­nos Marx. Con ellos vi­vían los pa­dres de Min­nie, que so­lo ha­bla­ban ale­mán (él, ven­trí­lo­cuo y ella, can­tan­te e in­tér­pre­te de ar­pa), y los cin­co hi­jos. Leo­nard era el ma­yor, lue­go lo apo­da­ron Chi­co por su pa­sión por las chi­cas. Lo se­guía Adolf, que se cam­bió el nom­bre a Art­hur por la gue­rra con Ale­ma­nia y que lue­go se con­vir­tió en Har­po por­que to­ca­ba el ar­pa: era un ge­nio pa­ra la mú­si­ca; y no era mu­do. El ter­cer hi­jo es Ju­lius Henry, que pa­só a ser Grou­cho. El cuar­to, Mil­ton, apo­da­do Gum­mo por­que usa­ba za­pa­tos de go­ma y que pron­to pre­fi­rió ser agen­te tea­tral a ser ar­tis­ta. El pe­que­ño era Her­bert y lo lla­ma­ban Zep­po, de­ri­va­do de Zip­po, un mono que ha­cía nú­me­ros có­mi­cos.

Con 15 años, Grou­cho con­tes­tó a un anun­cio del pe­rió­di­co pa­ra un es­pec­tácu­lo, hi­zo una prue­ba... y co­men­zó su ca­rre­ra ar­tís­ti­ca. Él can­ta­ba, otro chi­co bai­la­ba y el je­fe (un bri­bón que los de­jó ti­ra­dos en la pri­me­ra pa­ra­da de la gi­ra) ac­tua­ba.

Grou­cho era el ter­ce­ro de cin­co her­ma­nos. Subió a un es­ce­na­rio a los 15 años y le gus­tó: «Tu­ve la sen­sa­ción de que, por pri­me­ra vez en la vi­da, no era un ce­ro a la iz­quier­da», di­ce en sus me­mo­rias.

En­se­gui­da, Min­nie en­tró en ac­ción y fue con­si­guien­do ac­tua­cio­nes y aña­dien­do fa­mi­lia­res a la trou­pe: Chi­co, por ejem­plo, que era un lo­co de los bi­lla­res, las apues­tas y los da­dos, to­ca­ba muy bien el piano. El gru­po cre­ció y lle­gó a lla­mar­se Las Seis Mas­co­tas. Co­mo Min­nie era una mu­jer des­pier­ta (du­ran­te la Pri­me­ra Gue­rra Mun­dial com­pró un te­rre­ni­to pa­ra criar aves, declaró que eran gran­je­ros y evi­tó así el ser­vi­cio mi­li­tar de sus hi­jos) se dio cuen­ta de que ella y Han­nah so­bra­ban. Que­da­ron cua­tro y se lla­ma­ron Los Cua­tro Rui­se­ño­res, y con­ti­nua­ron sus gi­ras y an­dan­zas con nú­me­ros en los que siem­pre

ha­bía mú­si­ca. Has­ta la cé­le­bre noche de Na­cog­do­ches y, en­ton­ces, las bro­mas fue­ron ga­nan­do pro­ta­go­nis­mo.

Gum­mo se des­en­gan­chó del gru­po, se su­mó Zep­po y ca­da vez les iba me­jor en el vo­de­vil. Los her­ma­nos to­ma­ron sus apo­dos y ata­víos. Grou­cho ha­cía im­pro­vi­sa­cio­nes so­bre te­mas de ac­tua­li­dad; sa­lía al es­ce­na­rio ves­ti­do con una le­vi­ta, en­cor­va­do, con unos an­da­res ex­tra­ños, a gran­des zan­ca­das me­dio aga­cha­do, con ga­fas y un bi­go­te y ce­jas pos­ti­zas. En una oca­sión lle­gó tar­de y por las pri­sas, en vez de co­lo­car­se los pos­ti­zos, se los pin­tó con be­tún y eso vol­vió a ha­cer du­ran­te 30 años. El pu­ro lo uti­li­zó por­que así po­día fu­mar mien­tras ac­tua­ba y, ade­más, se­gún con­tó él, dar una ca­la­da era perfecto pa­ra ha­cer una pau­sa cuan­do no re­cor­da­ba su par­te del guion.

Los her­ma­nos Marx lle­ga­ron a Broad­way. Triun­fa­ron con la re­vis­ta I'll say she is, en 1924. Y se pa­sa­ron al ci­ne. En po­cos años lle­gó el éxi­to. So­pa de gan­so, de 1933, no fue de las más ta­qui­lle­ras, pe­ro es una de las cien pe­lí­cu­las más im­por­tan­tes de la his­to­ria se­gún el Ins­ti­tu­to Ame­ri­cano de ci­ne.

A Grou­cho le en­can­tó ga­nar tan­to di­ne­ro. El di­ne­ro le im­por­ta­ba mu­cho. «El di­ne­ro es mag­ní­fi­co, tran­qui­li­za­dor y re­con­for­tan­te», de­cía. Le da­ba mie­do de­jar de te­ner­lo. «En lo más pro­fun­do de mi ser siem­pre he si­do un ga­lli­na», con­fe­só.

Y lo per­dió. El crack bur­sá­til de 1929 se lle­vó 240.000 dó­la­res su­yos, sus aho­rros. El in­som­nio de aque­llos días se que­dó con él de por vi­da. «Soy una le­chu­za pro­fe­sio­nal des­de 1929», di­jo él. Aque­llo fue una mal­di­ción pa­ra sus ami­gos por­que a ve­ces, en las no­ches en las que no po­día dor­mir, los lla­ma­ba por te­lé­fono pa­ra com­ba­tir el abu­rri­mien­to, les sol­ta­ba una pe­ro­ra­ta dis­pa­ra­ta­da y so­lía aña­dir «soy Grou­cho. ¿Có­mo es­tás? Co­mo si real­men­te me im­por­ta­ra». Y lue­go col­ga­ba. Se com­pren­de que se mo­les­ta­ran.

Tan­to 'zasca' ago­tó la pa­cien­cia de la gen­te. No de­jó de dar pu­lla­zos ni en su bo­da con su pri­me­ra mu­jer, Ruth John­son. La ce­re­mo­nia fue una es­ce­na

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