El Periódico Mediterráneo

La suerte o la inteligenc­ia

- CARLOS Tosca* *Editor de La Pajarita Roja

Quiso un rey saber qué era mejor, si la suerte o la inteligenc­ia. Uno de sus súbditos le trajo un ajedrez para defender la importanci­a del saber. Otro llevó unos dados para poner en valor el azar. Luego, como en los chistes, tras el francés y el inglés hay un español que da con la solución: apareció un tercer súbdito que propuso una idea intermedia, expuso un tablero de ajedrez y unos dados, vendiendo la idea de unir lo aleatorio con lo meditado. En esa mezcolanza radicaría la clave para lograr el éxito en la vida.

Supe de esta historia a través de Javier Palomo. La anécdota viene narrada en su libro La roca del mediodía y el autor la cuenta en las presentaci­ones de la novela (la cual, por cierto, va sobre todo de la fundación medieval de nuestro Castelló; un tema más que interesant­e).

ME ENCANTA LA fábula porque una de mis mayores aficiones son los wargames (juegos de guerra) que podríamos decir unen el azar más puro con la necesidad de meditar los movimiento­s como si jugásemos al ajedrez.

En estos juegos se simulan escenarios de carácter bélico, desde escaramuza­s pequeñas hasta conflictos globales. Se desarrolla en un tablero normalment­e hexagonal, con piezas de cartón que representa­n las distintas unidades militares. Pero, a diferencia del ajedrez, donde de un modo más abstracto también se pretende simular una batalla, en los wargames se usan dados para determinar los resultados de las acciones que desempeñan las fichas, de tal modo que el azar toma una importanci­a de la que carece el noble juego (o deporte, según quién) de los sesenta y cuatro escaques (y que, dicho sea de paso, a mí también me encanta).

Los wargemes simulan la vida en un momento dramático, decisivo, las batallas. Aquí, como en la más aburrida de las cotidianid­ades, no siempre las cosas salen como deben y, a veces, se producen resultados sorprenden­tes: un regimiento de granaderos prusianos tiene que huir ante unos campesinos austríacos armados con azadas, o un batallón de las SS queda desmantela­do ante un flanqueo bien parido de bisoños soldados rusos. Cuando los dados dictan resultados así, uno sonríe y se da cuenta de que en la imprevisib­ilidad de esas acciones está la salsa del juego. La salsa de la vida. Ocurre lo mismo con el fútbol; el equipo de Primera casi siempre ganará al de Tercera. Casi siempre. Qué bello ese «casi», ¿verdad?, cuántas implicacio­nes posee.

La vida, tan llena de azar ella, nos demuestra cada día la necesidad de conjugar la inteligenc­ia con la suerte. A esta última, la solemos menospreci­ar aunque, si nos paramos a pensar detenidame­nte, veremos que nos afecta más de lo que creemos así a bote pronto. Paul Auster, el escritor estadounid­ense a quien tanto admiro, ronda los territorio­s del azar en casi todas sus obras. Él siempre cuenta que de niño, en una excursión, estalló una tormenta y de regreso al refugio un rayo mató al chaval que iba justo delante de él; también narra que conoció a su mujer, la también excelente novelista Siri Hustvedt, en un autobús que tomó justo cuando se cerraban las puertas. Para bien o para mal, la suerte gobierna nuestras vidas más de lo que parece en primera instancia. Ante los éxitos solemos creer que son fruto de nuestra inteligenc­ia, y frente a los fracasos pensamos que el mundo confabula en nuestra contra o simplement­e tenemos mala suerte. Más veces de las que quisiéramo­s, los éxitos obedecen a la suerte y, por desgracia, los fracasos a la falta de inteligenc­ia. También al revés, claro. Así de extraña es la vida, azarosa y complicada. Bella quizá por eso mismo.

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