PEO­PLE

ELLE (Spain) - - SUMARIO -

Si­gue su pis­ta.

Hay per­so­nas pa­ra las que, si un li­bro se lee fácil, no es un buen li­bro. Yo no soy una de esas per­so­nas. No ne­ce­si­to fi­li­gra­nas re­tó­ri­cas, gran­des to­mos, me­tá­fo­ras des­col­gán­do­se de pá­rra­fo en pá­rra­fo ni his­to­rias in­ten­sas con años de do­cu­men­ta­ción de­trás. Tam­po­co, ejer­ci­cios es­ti­lís­ti­cos y ar­qui­tec­tó­ni­cos con las pa­la­bras que le­van­ten ala­ban­zas so­bre el es­cri­tor: «¡Qué proeza! ¡Mi­ren ese pre­cio­so ad­je­ti­vo có­mo se lan­za en pi­ca­do!». A los li­bros só­lo les pi­do que, al pa­sar la úl­ti­ma pá­gi­na, me sien­ta un po­co huér­fa­na sin los per­so­na­jes que ha­bi­tan en ellos, que se me pe­guen a la piel, y me me­ta en la ca­ma con sus his­to­rias (que ya son mis his­to­rias) dan­do vuel­tas en mi ca­be­za. Eso es lo que sen­tí con Mary, una ni­ña de 15 años con el pe­lo «del co­lor de la le­che» y una pier­na de­for­me de na­ci­mien­to. En tan só­lo 174 páginas yo he vi­vi­do en el año 1830 en esa gran­ja que se mue­ve a tra­vés de las es­ta­cio­nes (aho­ra ca­lor, aho­ra frío), con la fa­mi­lia que se des­pier­ta sin re­loj y se mue­ve sin des­can­so por­que nin­guno en­tien­de el tiem­po sin usar. He co­mi­do pan y que­so cuan­do les sue­nan las tri­pas, el úni­co mo­ti­vo res­pe­ta­ble pa­ra co­mer. He char­la­do con el abue­lo que hue­le a man­za­nas y he odia­do al pa­dre ti­rano que se que­ja sin des­can­so de no ha­ber te­ni­do hi­jos va­ro­nes. He en­ten­di­do al­go las rui­nas de sus her­ma­nas y na­da, ni si­quie­ra un po­co, a su ma­dre. Tam­bién he acom­pa­ña­do a Mary a tra­ba­jar co­mo cria­da a ca­sa del vi­ca­rio. Ha­cía tiem­po que no de­sea­ba tan fuer­te que le cam­bia­ra la suer­te a al­guien. He vis­to có­mo apren­día a leer (la ‘l’ con la ‘a’, ‘la’). Y a di­bu­jar las le­tras so­bre el pa­pel has­ta que to­das cons­tru­yen ese re­la­to, el que cuen­ta la pro­pia Mary cuan­do las dos apren­di­mos a es­cri­bir. Yo, por se­gun­da vez en mi vi­da.

Sin es­tri­den­cias, ca­si co­mo una no­ve­la ha­bla­da, la voz in­fan­til que cuen­ta la his­to­ria con sen­ci­llez no te de­ja op­ción a no po­si­cio­nar­te a su la­do. A cru­zar los de­dos por ella y por to­dos los que na­cen sin suer­te. No sé si la au­to­ra, la dra­ma­tur­ga in­gle­sa Nell Leys­hon (1962), echa­rá de me­nos a Mary des­de que terminó es­te tra­ba­jo, pe­ro es­toy se­gu­ra de que, si os ani­máis a leer Del co­lor de la le­che (Sex­to Pi­so), vo­so­tros lo ha­réis. Y eso sí que es una proeza. Ama­ya As­cun­ce Di­rec­to­ra Di­gi­tal de ELLE.ES

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