…pa­ra no dor­mir

Enigmas - - EDITORIAL -

Hay ho­te­les en el mun­do que guar­dan el en­can­to de otro tiem­po. Por sus gran­des sa­lo­nes han pa­sa­do per­so­na­jes de lo más va­rio­pin­to: des­de gran­des ge­nios de la cien­cia a im­pla­ca­bles se­ño­res de la gue­rra; des­de gen­te bue­na con ma­yús­cu­las a te­rri­bles ase­si­nos… Y creo que las emo­cio­nes se aga­rran con fuer­za a las pa­re­des de es­tos lu­ga­res co­mo si se tra­ta­se de un vi­ni­lo; e igual­men­te creo que esas emo­cio­nes, es­pe­cial­men­te las po­co ama­bles, las ne­ga­ti­vas, las que ha­cen llo­rar con su re­cuer­do, a ve­ces re­gre­san al pre­sen­te cuan­do, ca­si siem­pre sin ser cons­cien­tes de ello, pul­sa­mos un re­sor­te in­vi­si­ble. Un buen ejem­plo se­ría el Om­ni Sho­reham, uno de los edi­fi­cios más se­ño­ria­les de Washington D.C. Se ter­mi­nó de cons­truir en 1930, y du­ran­te años ha si­do lu­gar de reunión de gran­des man­da­ta­rios nor­te­ame­ri­ca­nos y ex­tran­je­ros. Pe­ro si es­te ho­tel es cé­le­bre es por su ha­bi­ta­ción 801. Cuen­tan que en es­ta lu­jo­sa es­tan­cia fa­lle­ció una se­ño­ra del ser­vi­cio del ho­tel, que em­pe­zó a no­tar sín­to­mas de as­fi­xia, y cuan­do qui­so pe­dir ayu­da ya fue de­ma­sia­do tar­de. Y fue, ade­más, a las cua­tro de la ma­dru­ga­da, ho­ra a la que mu­chos hués­pe­des aseguran oír el chi­rriar de las rue­das de un ca­rri­to que se de­tie­nen de­lan­te de la puer­ta de la 801. Ins­tan­tes des­pués se apre­cian los pa­sos can­sa­dos de al­guien que avan­za des­pa­cio por el pa­si­llo. Pe­ro no hay na­die, sal­vo el eco de un la­men­to le­jano que pa­re­ce per­der­se en las en­tra­ñas de la ha­bi­ta­ción maldita…

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