EL MO­MEN­TO DE­CI­SI­VO

Lu­ko­va (Re­pú­bli­ca Che­ca)

Enigmas - - SUMARIO -

Cuan­do uno pi­sa Lu­ko­va, na­da hay que des­pier­te el mie­do en es­pe­cial. Es sim­ple­men­te un pe­que­ño pue­blo en el in­te­rior de la Re­pú­bli­ca Che­ca. Qui­zá, si nos ale­ja­mos un po­co de su pe­que­ño cen­tro y po­ne­mos rum­bo a las afue­ras, la so­le­dad y la vi­sión de una iglesia en el ho­ri­zon­te es­ti­mu­le cier­ta sen­sa­ción de desa­so­sie­go. Na­da hay, sin em­bar­go, con­for­me nos apro­xi­ma­mos a ella, que nos asus­te.

Qui­zá su an­ti­güe­dad, fue le­van­ta­da a me­dia­dos del siglo XIV, pue­da ha­cer­nos pen­sar que su his­to­ria es­tá em­pa­cha­da de le­yen­das. Y quién sa­be si un he­cho su­ce­di­do ha­ce ape­nas cin­cuen­ta años sir­ve pa­ra aso­mar cier­to mal­di­tis­mo en­tre sus mu­ros. Por­que en 1968, mien­tras se ce­le­bra­ba un fu­ne­ral, se ca­yó par­te del te­cho del tem­plo e in­me­dia­ta­men­te, las gen­tes del pue­blo, su­pers­ti­cio­sas, de­ci­die­ron que no vol­ve­rían a po­ner un pie allí. Pe­se a ello, no hay no­ti­cias de acon­te­ci­mien­tos so­bre­na­tu­ra­les en la Iglesia de San Jor­ge.

En cual­quier ca­so, una vez an­te su puer­ta es inex­cu­sa­ble en­trar en el tem­plo. Y de re­pen­te, en la os­cu­ri­dad de la na­ve, un es­pe­luz­nan­te so­bre­sal­to va a des­orien­tar­nos. Por­que en la sa­la de ora­ción de San Jor­ge hay fan­tas­mas. Y pa­re­cen re­zar, sen­ta­dos en las ban­ca­das de la iglesia, con su man­to blan­co, aga­cha­dos, hie­rá­ti­cos, sin ofre­cer signo de vi­da. En­trar en la Iglesia de San Jor­ge, en Lu­ko­va, es ha­cer­lo en un cuen­to de te­rror.

Y es que en es­te tem­plo no hay po­si­bi­li­dad de es­cep­ti­cis­mos. Allí hay fan­tas­mas. Y es­tán des­de el año 2014. Un ar­tis­ta, Ja­kub Ha­dra­va, los co­lo­có allí. Fue el De­par­ta­men­to de Di­se­ño y Be­llas Ar­tes de la Uni­ver­si­dad de Bohe­mia Oc­ci­den­tal quien le en­car­gó idear una obra pa­ra lo­grar que el pú­bli­co se in­tere­sa­se en el tem­plo. Y a fe que lo ha lo­gra­do. Ha­dra­va si­tuó nue­ve fi­gu­ras de ye­so, cu­bier­tas de sá­ba­nas blan­cas, y dis­tri­bui­das alea­to­ria­men­te al­re­de­dor de la sa­la. Una ins­ta­la­ción con es­pec­tros que cor­tan la res­pi­ra­ción na­da más en­trar y que re­ci­bió el nom­bre de la Iglesia de los Nue­ve Fan­tas­mas. Fue tal el éxi­to, au­men­ta­ron tan­to las vi­si­tas, que hoy ya son una vein­te­na los “es­pec­tros” que ate­mo­ri­zan a los inau­tos.

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