Jack el de stri­pa­dor

Enigmas - - SOMBRAS -

El mis­te­rio que ro­dea su fi­gu­ra, las mil y una elu­cu­bra­cio­nes so­bre quién fue el au­tén­ti­co res­pon­sa­ble y la fi­na­li­dad de sus crí­me­nes, han con­ver­ti­do al ase­sino en al­go más que un cri­mi­nal. Jack el Destripador es un icono del mal, y a la vez un sím­bo­lo del mis­te­rio. Un sím­bo­lo que per­ma­ne­ce y se re­nue­va, una ima­gen de tal fuer­za que cre­ce ca­da ge­ne­ra­ción y ali­men­ta los nue­vos es­tí­mu­los cul­tu­ra­les y las ten­den­cias más lú­gu­bres de ca­da épo­ca. Val­ga un ejem­plo. A co­mien­zos del pa­sa­do mes de ju­nio se es­tre­nó un mu­si­cal en Mé­xi­co cen­tra­do en el per­so­na­je con el sub­tí­tu­lo de “el rocks­tar del ho­rror”. En una épo­ca en que dis­fru­tar de los es­pec­tácu­los mu­si­ca­les lle­ga a ser uno de las pie­zas del ocio más eli­tis­ta, se re­pre­sen­ta una obra en la que se re­crean los instantes más tur­bios de sus an­dan­zas, ba­sán­do­se en lo que con­ta­ban los pe­rió­di­cos de la épo­ca so­bre sus pe­ri­pe­cias, to­do ello, cla­ro, con la mú­si­ca co­mo pro­ta­go­nis­ta: 15

can­cio­nes y otras tan­tas es­ce­no­gra­fías que ha­cen una com­po­si­ción de lu­gar so­bre los he­chos.

Sin du­da, la no­to­rie­dad de las se­ries tie­ne mu­cho que ver en la fas­ci­na­ción de los más jó­ve­nes por el per­so­na­je. El pa­sa­do 2017 se es­tre­nó El Destripador, una se­rie do­cu­men­tal en la que el abo­ga­do ca­li­for­niano Jeff Mud­gett tra­ta de de­mos­trar a lo lar­go de seis ca­pí­tu­los que el tan bus­ca­do ase­sino es en reali­dad su ta­ta­ra­bue­lo, Her­man H. Mud­gett, quien fue­ra co­no­ci­do co­mo Doc­tor H.H. Hol­mes. Una más de las mu­chas teo­rías que hay so­bre el asun­to. Por­que lo cier­to es que ra­ro es el año en que no se aña­de un nue­vo nom­bre a la ya de por sí so­bre­sa­lien­te lis­ta de po­si­bles ase­si­nos de Whi­te­cha­pel. El úl­ti­mo de ellos –al me­nos en­tre los que han apa­re­ci­do en los me­dios–, el de un mer­ca­der de al­go­dón de Li­ver­pool, Ja­mes May­brick, quien, su­pues­ta­men­te, con­fe­sa­ría en un dia­rio co­no­ci­do des­de ha­ce un cuar­to de si­glo pe­ro no es­tu­dia­do en pro­fun­di­dad has­ta ha­ce un año, que él era “ver­da­de­ra­men­te, Jack el Destripador”. Ya ven. Una his­to­ria in­mor­tal. Has­ta los tan mi­llen­nial jue­gos de es­tra­te­gia apues­tan en los úl­ti­mos tiem­pos por ex­pri­mir el te­ma. La úl­ti­ma no­ve­dad, Jack el Destripador y aven­tu­ras en el West End.

En una his­to­ria del mun­do tan re­ple­ta de per­so­na­jes te­rro­rí­fi­cos, de ase­si­nos en se­rie in­sa­cia­bles, de muer­tes in­hu­ma­nas, ¿por qué la his­to­ria de Jack el Destripador, horrible pe­ro una más en­tre la mons­truo­si­dad del ser hu­mano, se ha con­ver­ti­do en el ar­que­ti­po pop de la his­to­ria del cri­men?

EL ORI­GEN DE UNA CRUEL FAS­CI­NA­CIÓN

En pri­mer lu­gar por­que, ya en su mo­men­to, el ca­so de es­te ase­sino en se­rie, con su par­ti­cu­lar mo­dus ope­ran­di de cor­tes en la gar­gan­ta, ex­tir­pa­ción de ór­ga­nos y mu­ti­la­cio­nes ge­ni­ta­les de las víc­ti­mas en­tre otras abe­rra­cio­nes, fas­ci­nó a los pe­rió­di­cos in­gle­ses de la épo­ca, que se hi­cie­ron eco con de­ta­lle de ca­da uno de los crí­me­nes y del avan­ce de las in­ves­ti­ga­cio­nes. To­do se vi­vía co­mo un mis­te­rio irre­so­lu­ble con to­das las ca­rac­te­rís­ti­cas ne­ce­sa­rias

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