Enigmas

EL ENIGMA DICKENS

LA FIGURA DE CHARLES DICKENS REPRESENTA EL CULMEN DE LA NOVELA VICTORIANA. SUS HISTORIAS HAN FASCINADO A MILLONES DE LECTORES Y LLEVADO LA LITERATURA A LA MODERNIDAD. LO QUE POCOS SABEN ES QUE EN SUS ARGUMENTOS MUCHO TIENE QUE VER SU CAPACIDAD PARA CONTAC

- TEXTO Mariano Fernández Urresti

El 7 de mayo de 1837, Charles Dickens regresó a su casa del 48 de Doughty Street en compañía de su esposa Catherine y su cuñada, Mary Hogarth, tras asistir en Covent Garden a la representa­ción de la obra de teatro ¿Es ella su esposa? Los Dickens se habían instalado dos meses antes en aquella casa de tres plantas, sótano y desván, además de un jardín trasero; la misma que hoy podemos visitar tras haber si convertida en Museo dedicado a la memoria del inolvidabl­e autor de Oliver Twist –novela que escribió precisamen­te esa mansión– o Grandes esperanzas, entre otras novelas. Por aquel entonces, el escritor pagaba 20 libras anuales en concepto de alquiler.

El matrimonio se retiró a su habitación, y la joven Mary –tenía diecisiete años–, hizo lo propio. Apenas unos segundos después, se escuchó un grito procedente de la alcoba de Mary. Charles y Catherine se apresuraro­n a entrar en la misma y la encontraro­n desmayada en el suelo. Dickens avisó de inmediato a dos médicos y durante doce horas los galenos intentaron toda suerte de remedios, sin éxito.

Durante aquel medio día reinó en la casa una incertidum­bre que finalizó a las tres de la tarde, cuando Mary falleció. Charles Dickens enloqueció de dolor, pero lo que no sospechaba era que a partir de entonces el espíritu de Mary lo acompañarí­a durante toda su vida, y es que Charles tenía la facultad de ver

espíritus, y como eso es algo que no se puede contar a cualquiera, decidió contárselo a todos en sus novelas.

EL OTRO COPPERFIEL­D

En el primer capítulo de David Copperfiel­d encontramo­s un autorretra­to de Dickens, pero no una recreación de su físico. Para empezar, leemos: “nací un viernes a las doce de la noche”, algo que nos aproxima a la biografía real de Dickens. Tras ello informa de algo sorprenden­te. Leamos: “La matrona y algunas sabias mujeres de la vecindad (…) declararon (…) primero, que me aguardaba una vida desgraciad­a, y segundo, que poseería el privilegio de ver duendes y espíritus; porque, según creencia suya, tales dones van inevitable­mente adscritos a los infortunad­os niños de uno u otro sexo que nacen en las primeras horas de la madrugada del viernes”.

Y eso fue lo que sucedió: Dickens tuvo la facultad de ver espíritus, y su obra es la mayor prueba de su convicción de que tal cosa es algo consustanc­ial a muchas personas. De hecho, según aseguraba, su difunta cuñada Mary tenía facultades paranormal­es, y el escritor se encontró con el espectro de la muchacha con frecuencia.

Tras la muerte de Mary, Charles guardó sus vestidos durante dos años; conservó un mechón de su cabello, y se colocó en uno dedo un anillo de la joven que llevó toda la vida. Incluso la convirtió en modelo para su personaje Nell Trent de la novela La tienda de antigüedad­es.

En cierta ocasión, Dickens mantuvo con el fantasma de su cuñada una conversaci­ón. Sucedió entre 1844 y 1845, cuando la familia se había instalado en el Palacio Peschiere, en Génova. Cierta noche, según el novelista declaró, Mary se le apareció vestida con túnica blanca y él abrió sus brazos, lloroso, implorando su perdón por no haber podido salvarla. Mary guardó silencio. Entonces, Dickens le pidió una prueba que le demostrara que no era un sueño, y el espíritu le dijo que pidiera un deseo. Charles preguntó cuál era la religión verdadera, y el espectro respondió que la más adecuada para él era la católica.

FANTASMAS ENTRE LOS LIBROS

Su convicción de que es posible comunicars­e con los espíritus se trasladó a su obra. Son muchos los ejemplos en los que lo podemos advertir, y no sólo en el popular Cuento de Navidad. Por ejemplo, en Las campanas un anciano tiene visiones que le envían los espíritus de las campanas de una iglesia. O La casa encantada, cuyas primeras líneas alejan al lector del típico encuentro con una mansión fantasmagó­rica: “La casa que es el tema de esta obra de Navidad no la conocí bajo ninguna de las circunstan­cias fantasmale­s acreditada­s ni

rodeada por ninguno de los entornos fantasmagó­ricos convencion­ales. La vi a la luz del día, con el sol encima. No había viento, lluvia ni rayos, no había truenos ni circunstan­cia alguna, horrible o indeseable, que potenciara­n su efecto”.

En ese relato, escrito en primera persona, Dickens confiesa que ha vivido en dos casas encantadas, y menciona un palacio italiano que, sin duda, es el mencionado más arriba y en el que tuvo un encuentro con el fantasma de su cuñada: “había vivido ya en dos casas encantadas, ambas en el extranjero. En una de ellas, un antiguo palacio italiano que tenía fama de haber sido abandonado dos veces por esa causa, viví solo meses con la mayor tranquilid­ad y agrado”.

Otro excelente ejemplo de las obras que Dickens dedicó al mundo paranormal es el relato El guardavías. Su narrador, al pasar por un túnel que parece ser el de Clayton, en West Sussex (Inglaterra) ve al guardavía y reclama su atención. Ambos charlan y el viajero promete regresar en otra ocasión, y es durante esa segunda conversaci­ón cuando el guardavías asegura que ha tenido la visita de un espectro que le anuncia un inminente desastre ferroviari­o, pero el viajero no le concede crédito alguno al relato. Sin embargo, la profecía se cumple.

Curiosamen­te, Dickens sufrió un aparatoso accidente ferroviari­o que le marcó de por vida. Todo sucedió el 9 de junio de 1865 en Staplehurt, en Kent, cuando Dickens regresaba de Francia en compañía de quien fue su amante, su otra mujer, durante mucho tiempo: Ellen Ternan. Milagrosam­ente, el vagón en el que viajaban quedó suspendido sobre un precipicio, mientras muchos otros viajeros no tuvieron la misma suerte y falleciero­n. En ese momento Dickens llevaba consigo el manuscrito de la que sería su última novela publicada en vida: Nuestro común amigo.

La afirmación más contundent­e sobre la creencia de Dickens en la comunicaci­ón con el más allá nos la proporcion­a su íntimo amigo y biógrafo John Forster al afirmar: “Era tal su interés por las cuestiones sobrenatur­ales, que de no haber sido por la fortaleza de su sentido común habría sucumbido a la locura del espiritism­o”. Y es sabido que durante sus años de juventud fue un asiduo lector de las revistas The Portfolio y The Terrific Register, especializ­adas en relatos de terror y ejecucione­s. Además, durante su época de periodista mostró interés sobre los casos de ladrones de cadáveres.

MESMERISMO

La vinculació­n de Dickens con el mundo del misterio no se limitó únicamente a su convicción de que era posible la comunicaci­ón entre vivos y muertos, sino que también mostró un especial interés por el mesmerismo, y lo practicó con asiduidad.

El médico alemán Franz Mesmer (1713-1815) había propuesto una teo-

Dice haber vivido en dos casas encantadas y menciona un palacio en el que tuvo un encuentro con el espectro de su cuñada

ría según la cual los fluidos y humores de los cuerpos sólidos provocan en el sistema nervioso movimiento­s de atracción y repulsión. Según creía, existe un equilibrio que se establece en los canales eléctricos del cuerpo, que es el estado saludable. Un desequilib­rio en ese sistema provoca la enfermedad, pero se puede restablece­r induciendo al paciente a un estado alterado de conciencia similar a la hipnosis para reequilibr­ar su magnetismo mediante pases o gestos, sin llegar a tocar el cuerpo del enfermo, siempre que quien lo practique sea una persona con poder magnético.

Esa técnica sedujo a Charles Dickens tras asistir en 1838 a una demostraci­ón a cargo del doctor John Elliotson, uno de los fundadores del University College Hospital de Londres. El novelista entabló una sólida amistad con él y sería uno de sus grandes defensores cuando el galeno fue acusado de fraude. Mientras tanto, Dickens comenzó a estudiar el mesmerismo y a practicarl­o.

Según él mismo afirmó, trató de ese modo a Agusta de la Rue, esposa del banquero Emile de la Rue, durante la estancia de ambos en Ginebra.

En aquellas sesiones, Dickens sumía a la dama en un estado hipnótico durante el cual sostenía con ella conversaci­ones cuyos detalles anotaba para discernir la causa del estado de nerviosism­o permanente que padecía la paciente. Y pronto descubrió que era debido a la presencia de un ser que identificó como el fantasma del hermano de la señora De la Rue.

Dickens intentó averiguar durante las charlas que mantenía con la paciente qué aspecto tenía el espectro y cuál era el motivo por el cual le provocaba tanto terror. En una carta escrita por Dickens al marido de la enferma un mes después de haber iniciado las sesiones, se puede leer: “es esencial que ese fantasma no recobre su poder ni por un instante”. Y añadía: “Esperemos que sea capaz de combatirlo exitosamen­te ella sola”.

El mesmerismo juega un papel muy importante en la trama de mi novela El enigma Dickens, dada la firme creencia que el novelista le concedió a esa práctica, que, por otra parte, provocó el comienzo de una serie de tensiones en su matrimonio. Su esposa Catherine recelaba de las sesiones en las que su marido permanecía a solas con la señora de la Rue, así como de los pases que debía hacer Dickens sobre el cuerpo de la paciente. Posiblemen­te, aquél fue el inicio del fin de un matrimonio que concluyó con escándalo en 1858 tras haber tenido once hijos. Para entonces, hacía ya dos años que Charles mantenía una relación con Ellen Ternan que conoía medio Londres.

EL MISTERIO DE EDWIN DROOD

Durante el verano de 1869, el que sería el último de su vida, Dickens anunció a sus allegados su deseo de escribir una nueva novela.

Iba a ser una novela diferente a las anteriores. Una novela gótica, oscura, detectives­ca… Pero, Dickens, por primera vez, estableció una cláusula en su contrato con la editorial Chapman & Hall en Inglaterra y con la editorial Harper en los Estados Unidos en la que se especifica­ba qué sucedería si falleciera durante la redacción de la misma y no pudiera acabarla. ¿Acaso era una premonició­n?

Todo en El misterio de Edwin Drood fue singular. Dickens cambió diecisiete veces el título hasta llegar al definitivo, y como no se sentía con fuerzas para realizar veinte entregas – entonces las novelas se publicaban por fascículos para, después, aparecer en el mercado en forma de libros–, pactó escribir sólo doce. La primera de las entregas apareció en marzo de 1870, con una cubierta de color verde y una tirada de 25.000 ejemplares. Pero

Dickens falleció cuando había escrito únicamente seis entregas, y la conmoción que provocó su fallecimie­nto se multiplicó por la incertidum­bre de saber cómo iba a concluir aquella historia, puesto que el protagonis­ta, Drood, había desapareci­do y no se sabía si había sido asesinado.

La novela incluía escenarios insólitos –fumaderos de opio en East End londinense–, referencia­s a la secta thug, cementerio­s y criptas de la catedral de una ciudad ficticia llamada Cloisterha­m semejante a Rochester, donde Dickens pasaba temporadas en su casa de Gad’s Hill, alusiones a fantasmas y espíritus…

Dickens trabajó en aquella obra el miércoles 8 de junio de 1870. Escribió el final del capítulo sexto –“y hecho esto, se sentó a desayunar con apetito”– y trazó la acostumbra­da espiral que señalaba el fin de un capítulo durante su jornada laboral en el chalet suizo de madera que tenía en la finca de Gad’s Hill, y, al día siguiente, en extrañas circunstan­cias, falleció en su casa. Lo acompañaba­n en ese momento sus hijas Katey y Mammie, y su cuñada Georgina.

Tras su muerte, los editores buscaron desesperad­amente satisfacer la curiosidad de los lectores de todo el mundo, que se preguntaba­n qué había sido de Drood. Ofrecieron incluso al aclamado novelista Wilkie Collins, amigo personal de Dickens y hermano de un yerno suyo, que finalizara aquella obra, pero el autor de La piedra lunar declinó la propuesta.

Ante aquella incertidum­bre, comenzaron a aparecer propuestas descabella­das, tanto en los EEUU como en Inglaterra firmadas por

autores de segunda fila con finales más o menos estrambóti­cos y que fueron escarnecid­os por la crítica. A ellos les siguieron los ensayistas que intentaban desenmarañ­ar el misterio, y también los detectives aficionado­s, que ofrecían el nombre del supuesto asesino de Edwin Drood.

En la época de Dickens se recurrió al espiritism­o en aquella trama literaria sin igual. Sólo tres años después del fallecimie­nto del novelista, un joven médium nacido en Vermont y llamado Thomas P. James, acabó la novela asegurando que se la había dictado el mismísimo espíritu de Dickens. James aseguró que el escritor le había revelado el final de la novela desde el más allá y él lo había canalizado mediante escritura automática, un sistema de comunicaci­ón con los muertos que estaba muy de moda entonces.

Sin embargo, el misterio sigue sin resolverse.

A finales del pasado siglo, Leon Gardfield publicó la continuaci­ón de la novela con un final más o menos aceptable, e incluso en 1993 Timothy Forder dirigió una película sobre el caso tomando como argumento un rumor según el cual Dickens le había revelado a un familiar el final que tenía previsto.

Su familia no respetó su deseo de ser enterrado con sencillez en el condado de Kent, y finalmente recibió sepultura el 14 de junio en Poet’s Corner, el Rincón de los Poetas, de la abadía de Westminste­r.

Ni él ni el puñado de familiares y amigos que lo acompañaro­n imaginaron que un día el final inconcluso de El misterio de Edwin Drood sería el argumento sobre el que yo construirí­a mucho tiempo después mi novela.

“Es esencial que ese fantasma no recobre su poder ni por un instante”, escribía Charles Dickens en una carta

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> PARA SABER MÁS La novela El enigma Dickens, que acaba de publicar Almuzara, del autor de este reportaje, Mariano Fernández Urresti.
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A la derecha, retrato de Charles Dickens, en cuya vida y obra influyó la muerte de su joven cuñada y su convencimi­ento de ser acompañado por elespectro de la misma.
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En la otra página, el escritor británico se sintió muy interesado en la hipnosis, el mesmerismo y la comunicaci­ón entre vivos y muertos. Sobre estas líneas, la antigua vivienda de Dickens en Doughty Street.

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