Hue­llas del mal

Enigmas - - EDITORIAL -

No es la pri­me­ra vez que ocu­rre. La tra­di­ción cuen­ta que Fe­li­pe II hi­zo lo mis­mo al ver chis­pas sa­lien­do de una cue­va en el bos­que de la He­rre­ría (Madrid). Él la ta­pó con el mo­nas­te­rio del Escorial en­ci­ma. El con­cep­to «hue­llas del mal» pier­de su ca­rác­ter me­ta­fó­ri­co en lu­ga­res co­mo la ca­te­dral de Mú­nich, don­de na­da más en­trar nos en­con­tra­mos con una hue­lla, real, que di­cen que de­jó el dia­blo. En Es­lo­va­quia hay otro cas­ti­llo que fue le­van­ta­do con la ayu­da que el de­mo­nio pres­tó a su cons­truc­tor, un tal Ma­rek… y en ape­nas sie­te días. Es Orovsky Hrad, el cas­ti­llo de Nos­fe­ra­tu.

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