RU­LE­TA RU­SA

Enigmas - - SUMARIO - Ma­riano F. Urres­ti

De ni­ño, de­vo­ré te­beos. A pu­ña­dos. Los co­lec­cio­na­ba, los en­cua­der­na­ba. Y tam­bién clá­si­cos adap­ta­dos a los lec­to­res de mi edad: Ro­bert Louis Ste­ven­son, Ju­lio Ver­ne, Mark Twain, Art­hur Conan Doyle, Char­les Dic­kens… Li­bros que me hi­cie­ron via­jar por el mun­do sin mo­ver­me de mi ca­sa y sem­bra­ron en mi in­te­rior la pa­sión por las aven­tu­ras, por la his­to­ria.

Y, con po­co más de do­ce años, lle­ga­ron los pri­me­ros li­bros so­bre mis­te­rio: ar­queo­lo­gía im­po­si­ble, ob­je­tos vo­la­do­res no iden­ti­fi­ca­dos, con­ti­nen­tes per­di­dos… Y así fue co­mo el ni­ño de los có­mics se apa­sio­nó por los enig­mas.

Más tar­de, lle­ga­ron los via­jes, ex­pe­rien­cias per­so­na­les que de­ja­ron una hue­lla in­de­le­ble en mi al­ma y en mi me­mo­ria, en­cuen­tros con per­so­nas de las que apren­dí que creer no es­tá re­ñi­do con sa­ber.

El ni­ño de los có­mics, de los li­bros, de los via­jes y de las ex­pe­rien­cias per­so­na­les nun­ca se hu­bie­ra de­di­ca­do a la ci­ru­gía si le asus­ta­ra la san­gre, ni hu­bie­ra de­di­ca­do su tiem­po a es­tu­diar cuan­to ha­bía leí­do en aque­llos li­bros si in­tu­ye­ra que su con­te­ni­do no te­nía sen­ti­do ni fun­da­men­to. El ni­ño de los có­mics ha vi­vi­do lo su­fi­cien­te co­mo pa­ra son­reír a me­dio ca­mino en­tre la in­dig­na­ción y la tris­te­za cuan­do es­cu­cha o cuan­do lee a quie­nes se de­di­ca­ron a la ci­ru­gía te­nien­do aver­sión a la san­gre.

Me pre­gun­to cuán­tos “ni­ños de los có­mics” hay. Cuán­tos se­re­mos en el mun­do. Cuán­tos man­te­ne­mos in­tac­ta la mis­ma pa­sión y con­vic­ción de aque­llos vie­jos tiem­pos, sin que nos ha­ya de­rro­ta­do la vi­da im­preg­nán­do­nos con ese ci­nis­mo es­cép­ti­co que no pro­ce­de de la du­da, sino de la po­se o del mie­do al qué di­rá la or­to­do­xia.

Me pre­gun­to por qué hay –quie­ro creer que si­gue ha­bién­do­los– “ni­ños de los có­mics” y por qué otros ja­más re­pa­ra­ron en que la or­to­do­xia pue­de que lo sea no por os­ten­tar la ver­dad, sino por ser más fuer­te.

Me pre­gun­to cuán­tos «ni­ños de los có­mics» hay. Cuán­tos se­re­mos en el mun­do

Ma­riano F. Urres­ti

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