Ano­ma­lía ju­rí­di­ca.

Enigmas - - HISTORIAS MALDITAS -

Al lle­gar a la ca­sa de los le­pro­sos que exis­tía a las afue­ras de Avig­no­net, un men­sa­je­ro de Rai­mun­do de Al­fa­ro sa­lió al en­cuen­tro de los oc­ci­ta­nos. Les pre­gun­tó si iban pro­vis­tos de ha­chas, y un gru­po de ellos ex­hi­bió sus ar­mas. Pie­rre Ro­ger de Mi­re­poix eli­gió a ocho hom­bres de Ga­ja y a cua­tro de Mon­tsé­gur. Ya en la ciu­dad, el pro­pio Al­fa­ro los re­ci­bió y con­du­jo con si­gi­lo has­ta la cel­da que ocu­pa­ban los in­qui­si­do­res. Los oc­ci­ta­nos de­rri­ba­ron la puer­ta y, sin pie­dad, ma­sa­cra­ron a los frai­les y le­gos a san­gre fría. Los cuer­pos de los in­qui­si­do­res fue­ron des­pe­da­za­dos en una or­gía de san­gre y vio­len­cia que ja­más se ol­vi­da­ría en el Lan­gue­doc.

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