Enigmas

MUN­DOS PER­DI­DOS

ES UNA DE LAS CÁP­SU­LAS DEL TIEM­PO MÁS IM­POR­TAN­TES DEL PLA­NE­TA. Y EN SUS SA­LAS DE EX­PO­SI­CIÓN, UN OB­JE­TO PA­RE­CE PA­SAR DES­APER­CI­BI­DO. PE­RO ALLÍ ES­TÁ…

- Juan Jo­sé Re­ven­ga Social Sciences · Arts · London · Egypt · MDMA · Indiana Jones · Belize · British Museum · Marcus Licinius Crassus

Ca­da vez que cai­go por la ca­pi­tal bri­tá­ni­ca siem­pre re­cuer­do mi pri­mer via­je. Fue a fi­na­les de los años 70 del si­glo pa­sa­do. En aquel tiem­po era co­mo caer en un pla­ne­ta di­fe­ren­te. Aún no se ha­bla­ba de la glo­ba­li­za­ción y no­so­tros es­tá­ba­mos sa­lien­do del ré­gi­men de Fran­co y se abría un mun­do de li­ber­ta­des an­te nues­tros ojos. Lon­dres era eso, un mun­do de li­ber­ta­des que ya exis­tía. Las tien­das de ro­pa de Car­naby Street con sus ex­tra­va­gan­tes di­se­ños, hoy te ha­cen sus­pi­rar de me­lan­co­lía cuan­do ves que don­de es­ta­ban di­chos es­ta­ble­ci­mien­tos

un­der­gound, hoy han si­do sus­ti­tui­das por las mis­mas fran­qui­cias tex­ti­les que tie­nes a la vuel­ta de la es­qui­na en tu cen­tro co­mer­cial más cer­cano. Es­tos só­lo son al­gu­nos de los “avan­ces” de la glo­ba­li­za­ción. To­do el mun­do via­ja, te­ne­mos ac­ce­so a ca­si cual­quier par­te del mun­do, y eso sin con­tar con el ben­di­to In­ter­net, que te po­ne cual­quier ar­tícu­lo en la puer­ta de tu ca­sa en po­cos días.

Pe­ro no de­be­mos ol­vi­dar que eso no siem­pre fue así. Si que­rías ver al­go no le da­bas a un bo­tón de un te­cla­do de or­de­na­dor; te­nías que via­jar allí.

Uno de las lu­ga­res que no ha po­di­do cam­biar es­te mun­do glo­ba­li­za­do que ca­da día se ha­ce más pe­que­ño, don­de las fron­te­ras pa­re­cen no exis­tir, es el fa­mo­so Mu­seo Bri­tá­ni­co. Allí ve­mos la his­to­ria de ma­ne­ra di­fe­ren­te. Pa­re­ce que el tiem­po se ha de­te­ni­do; na­da im­pi­de la sen­sa­ción de es­tu­por cuan­do con­tem­pla­mos los mi­les de años que duer­men ba­jo sus te­ja­dos.

Fue inau­gu­ra­do un día ya le­jano: el 7 de enero de 1753. Des­de en­ton­ces

es­te mu­seo es uno de los más im­por­tan­tes del mun­do, con co­lec­cio­nes de ar­te grie­go, egip­cio o ro­mano úni­cas, tan­to que no en­con­tra­rás al­go igual en nin­gu­na otra par­te del mun­do. Hoy en día se pue­de es­cu­char por sus pa­si­llos a los vi­si­tan­tes cu­chi­chean­do “es­to son co­pias, los ori­gi­na­les es­tán en Egip­to”. Cra­so error. To­do lo que allí ves es ori­gi­nal. No ol­vi­de­mos que es­ta­mos en la ca­sa de uno de los go­bier­nos que más sa­queos hi­zo en to­do el pla­ne­ta. Y gra­cias a esos ro­bos se han con­ser­va­do mu­chas pie­zas que, de otro mo­do, ha­brían des­apa­re­ci­do.

Sin em­bar­go la pie­za que hoy nos ocu­pa es es­pe­cial: la fa­mo­sa ca­la­ve­ra de cris­tal que hi­zo fa­mo­sa la úl­ti­ma en­tre­ga de In­dia­na Jo­nes. Hoy la po­de­mos ver en un rin­cón del mu­seo, en una vi­tri­na apa­ga­da y lle­na de pol­vo.

Es­ta ca­la­ve­ra la en­con­tró un ex­plo­ra­dor bri­tá­ni­co, Fre­de­rick Al­bert Mit­chell-Hed­ges. El mu­seo la com­pró y fue un ob­je­to es­tre­lla, del que de­cían que los ma­yas los fa­bri­ca­ron en Be­li­ce al­re­de­dor del año 1300 a.C.

Mit­chell-Hed­ges te­nía va­rias de­nun­cias por es­ta­fa en la ven­ta de obras de ar­te, y a pe­sar de ello el Mu­seo Bri­tá­ni­co ad­qui­rió la ca­la­ve­ra que el ex­plo­ra­dor les ofre­ció a tra­vés de una com­pa­ñía neo­yor­ki­na. És­ta es­ta­ba he­cha en dos pie­zas de cuar­zo de más de 5 ki­los de pe­so, y a sim­ple vis­ta y con los mé­to­dos que te­nían en los años 40 del si­glo pa­sa­do, lle­ga­ron a la con­clu­sión de que se ha­bía fa­bri­ca­do con he­rra­mien­tas que no exis­tían en el tiem­po en el que se da­ta­ba.

No fue has­ta fi­na­les de los años 90 que se hi­cie­ron nue­vas prue­bas, dan­do co­mo re­sul­ta­do que se ha­bía fa­bri­ca­do con tor­nos y pu­li­do­ras que no se in­ven­ta­ron has­ta prin­ci­pios del si­glo XX. Con lo que el car­tel de la ca­la­ve­ra cam­bió en su vi­tri­na, aña­dien­do: “Po­si­ble­men­te fa­bri­ca­da a fi­na­les del si­glo 19 de nues­tra era”, y se apar­tó de su lu­gar es­te­lar de ex­po­si­ción.

Lo que no es­tá cla­ro es por qué si vie­ron que era fal­sa no la apar­ta­ron de­fi­ni­ti­va­men­te de la sa­la de ex­po­si­ción. Po­si­ble­men­te la ex­pli­ca­ción ra­di­que en la can­ti­dad de vi­si­tan­tes que vie­nen a ver­la co­mo el ob­je­to es­te­lar y de cul­to que creen que es. Y es que hay co­la pa­ra ver­la, co­sa que no ocu­rre con ma­ra­vi­llas del ar­te egip­cio que mues­tran en plan­tas su­pe­rio­res.

Pen­se­mos por un mo­men­to: la ca­la­ve­ra se fa­bri­có con ma­qui­na­ria de la que no tu­vo co­no­ci­mien­to el ser hu­mano has­ta prin­ci­pios del si­glo XX. Pe­ro, ¿y si se fa­bri­có en el 1300 a.C., pri­me­ra fe­cha de su da­ta­ción, por al­gu­na cul­tu­ra que ya co­no­cía he­rra­mien­tas que no­so­tros tar­da­ría­mos más de un mi­le­nio en in­ven­tar?

No po­de­mos lle­gar a una con­clu­sión fir­me so­bre el mis­te­rio de es­ta “ca­la­ve­ra del des­tino”, co­mo la lla­man. El aba­ni­co es am­plio: exis­te la pro­ba­bi­li­dad de que sea fal­sa, dada la fa­ma del pro­pio Fre­de­rick, pe­ro tam­bién hay po­si­bi­li­dad de que sea au­tén­ti­ca. De he­cho no se­ría la pri­me­ra vez que un la­drón o un es­ta­fa­dor se en­cuen­tra con el ha­llaz­go de su vi­da, y pa­ra evi­tar que se le echen en­ci­ma los miem­bros del De­par­ta­men­to de An­ti­güe­da­des re­cu­rre a la ex­cu­sa del frau­de pa­ra evi­tar la acu­sa­ción de ex­po­lio. Sea o no así, lo que nun­ca nos po­drán prohi­bir es so­ñar. Por­que, qué tris­te se­ría un mun­do que tu­vie­se ex­pli­ca­cio­nes ló­gi­cas pa­ra to­do, ¿ver­dad? Pues eso es en lo que pa­re­ce que se em­pe­ña la so­cie­dad ac­tual… la ma­yo­ría de las ve­ces sin, co­mo ha­go yo, ir pa­ra opi­nar.

 ??  ??
 ??  ?? El au­tor de es­te re­por­ta­je Juan Jo­sé Re­ven­ga, en el Mu­seo Bri­tá­ni­co, jun­to a la “ca­la­ve­ra del des­tino”.
El au­tor de es­te re­por­ta­je Juan Jo­sé Re­ven­ga, en el Mu­seo Bri­tá­ni­co, jun­to a la “ca­la­ve­ra del des­tino”.
 ??  ??
 ??  ??

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain