WILLY BÁRCENAS “QUIE­RO AC­TUAR EN EL VIÑA ROCK, AUN­QUE ME CAI­GAN DOS BO­TE­LLAS EN LA CA­BE­ZA”

Esquire (Spain) - - ■ Best Version - POR TE­RE­SA OLA­ZA­BAL

No es­tá cla­ro si se le cri­ti­ca más por ser el nuevo ído­lo de los mi­llen­nials pi­jos o por ser hi­jo del ex­te­so­re­ro del PP, la pun­ta del ice­berg de la co­rrup­ción política en nues­tro país. Pe­ro ni él ni su gru­po Ta­bu­re­te le tie­nen mie­do a na­da des­de que, a los dos años de em­pe­zar, ven­die­ron las 16.000 en­tra­das del Wizink de Ma­drid. Ser el gru­po español más des­car­ga­do en Spo­tify en 2017 les ha da­do alas. Tan­to que les han he­cho un cor­te de man­gas a las dis­co­grá­fi­cas que pa­sa­ron de ellos al prin­ci­pio. Aho­ra los dis­cos, los con­cier­tos y los acuer­dos con las mar­cas de mo­da que les per­si­guen, co­mo las pulseras de Pig&hen, los ges­tio­nan ellos. ES­QUI­RE: Tan­to éxi­to de ta­qui­lla y tan po­co de la crí­ti­ca. ¿Có­mo se ex­pli­ca? WILLY BÁRCENAS: Ser hi­jo de mi pa­dre nos ha traí­do una pu­bli­ci­dad más ne­ga­ti­va que po­si­ti­va. Al día si­guien­te del con­cier­to en el Wizink los pe­rió­di­cos so­lo ha­bla­ban de los pi­jos que vi­nie­ron y na­da de nues­tra música. ESQ: ¿ Sois más un fe­nó­meno social que mu­si­cal? WB: Los que nos si­guen nos quie­ren mu­chí­si­mo y los que no, nos odian mu­chí­si­mo. En nues­tra web te­ne­mos has­ta un es­pa­cio para ha­ters. ESQ: ¿ Có­mo sal­ta uno del co­ro de un co­le­gio de je­sui­tas al es­ce­na­rio de Pa­chá? WB: Al cum­plir 18, un pri­mo me ofre­ció en­trar en su gru­po. Dá­ba­mos con­cier­tos sal­va­jes en fes­tas pri­va­das y me pi­có el gu­sa­ni­llo. ESQ: ¿Em­pe­zas­te a com­po­ner en Nue­va York mien­tras es­tu­dia­bas? WB: Sí, cuan­do es­ta­ba allí me­tie­ron en la cár­cel a mi pa­dre y me vol­ví para apo­yar a la fa­mi­lia. Fue una épo­ca du­ra. ESQ: ¿Por qué? WB: No po­día tra­ba­jar, na­die me con­tra­ta­ba. Me ce­rra­ron la cuen­ta del ban­co. Ju­ga­ba al pó­ker on­li­ne pe­ro no po­día ni in­gre­sar el di­ne­ro que ga­na­ba, no te­nía dón­de. Así que mon­té un gru­po.

A CA­SA DE DRON

Su can­ción Si­re­nas y su es­tri­bi­llo, “A ca­sa de Dron”, se ha con­ver­ti­do en un himno de los chi­cos de ba­chi­lle­ra­to. Dos dis­cos, Tres Te­qui­las y Dr. Cha­ras, y 800.000 es­cu­chas men­sua­les en Spo­tify han he­cho que la his­to­ria de “el hi­jo de Bárcenas que to­ca­ba para los ni­ños pi­jos” cam­bie de rum­bo. ESQ: Pa­re­ce que la con­de­na de tu pa­dre, le­jos de hun­dir­te, te ha he­cho sa­car pe­cho. WB: Ese se­ñor de los dia­rios es mi pa­dre y yo le quie­ro. No me me­to en char­cos po­lí­ti­cos, pe­ro soy quien soy y a quien no le gus­te, peor para él. ESQ: ¿No lo has pa­sa­do mal? WB: Cla­ro que sí. Ver a tus pa­dres su­frir due­le. Y mu­cho. ESQ: ¿Qué pla­nes te­néis? WB: Em­pe­za­mos gi­ra por Ibe­roa­mé­ri­ca, des­pués es­ta­re­mos en As­tu­rias y en ve­rano, de mo­men­to, he­mos ce­rra­do en el Star­li­te. ESQ: ¿A qué festival te gus­ta­ría que te in­vi­ta­ran? WB: Al Viña Rock, aun­que me ti­ra­ran un par de bo­te­llas a la ca­be­za.

El hi­jo del te­so­re­ro del PP te­nía más di­fí­cil en­con­trar tra­ba­jo al ter­mi­nar la ca­rre­ra que los pa­ra­dos de lar­ga du­ra­ción. Con las cuen­tas in­ter­ve­ni­das no po­día ni ju­gar al pó­ker por in­ter­net. Pe­ro sus fans son le­gio­nes, lle­nan el Pa­la­cio de los De­por­tes de Ma­drid y lo pe­ta en Spo­tify. Quién di­jo mie­do.

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