Jazz town.

Tre­mé, el co­ra­zón mu­si­cal de Nue­va Or­leáns, ce­le­bra 300 años. Sus ve­ci­nos nos cuen­tan su ex­cep­cio­nal his­to­ria y có­mo vi­ven hoy la prin­ci­pal amenaza: el tu­ris­mo

Esquire (Spain) - - Sumario - POR DA­VID LÓ­PEZ CA­NA­LES

Tre­mé, el ba­rrio más mí­ti­co de Nue­va Or­leans, cumple 300 años de exis­ten­cia.

“FUE UNO DE LOS PRI­ME­ROS BA­RRIOS AFRO­AME­RI­CA­NOS DE VER­DAD DEL PAÍS”

En los años no­ven­ta, cuan­do ya ha­bía cum­pli­do los 60, Er­nie K-doe de­ci­dió co­lo­car­se una co­ro­na so­bre su me­le­na aza­ba­che, echar­se una ca­pa so­bre los hom­bros y pro­cla­mar­se a sí mis­mo “el em­pe­ra­dor del Uni­ver­so”. Du­ran­te aque­lla épo­ca se con­vir­tió en uno de los per­so­na­jes más ex­cén­tri­cos y po­pu­la­res de Nue­va Or­leáns. En aquel mo­men­to abrió su bar en el nú­me­ro 1500 de la ave­ni­da Clai­bor­ne, una de las ar­te­rias que atra­vie­san la ciu­dad, en Tre­mé. Lo bau­ti­zó Mot­her in Law, en re­cuer­do de su te­ma ho­mó­ni­mo, con el que ha­bía lo­gra­do en 1961 su ma­yor éxi­to (nú­me­ro uno de la lis­ta Bill­board in­clui­do). Allí or­ga­ni­za­ba con­cier­tos de jazz y so­lía sa­lir a la puer­ta a re­ci­bir a sus clien­tes, co­mo un buen an­ftrión que ce­le­bra una fes­ta en su ca­sa. De he­cho, eso era en reali­dad lo que ha­cía. K-doe fa­lle­ció en 2001, cuan­do sus ri­ño­nes y su hí­ga­do ane­ga­dos de tan­to al­cohol se rin­die­ron. Hoy es­tá en­te­rra­do en el ce­men­te­rio de Saint Louis, tam­bién en Tre­mé, uno de los más an­ti­guos del país y uno de los lu­ga­res más sim­bó­li­cos del ba­rrio.

Cua­tro años más tar­de su lo­cal se inun­dó, pe­ro de agua y lodo, tras el pa­so del hu­ra­cán Ka­tri­na por Lui­sia­na. Cer­ca de dos mil per­so­nas fa­lle­cie­ron y ca­si la mi­tad del me­dio mi­llón de ha­bi­tan­tes de la ciu­dad la aban­do­na­ron. Aquel de­bía ha­ber si­do el pun­to y fnal del ga­ri­to, pe­ro An­toi­net­te, la viu­da de Er­nie, se em­pe­ñó en con­tra­de­cir a la ló­gi­ca. Tras el desas­tre se pa­só se­ma­nas co­ci­nan­do gran­des ollas de so­pa gum­bo pa­ra dar de co­mer a los vo­lun­ta­rios que acu­dían al ba­rrio a ayu­dar. Pron­to lo hi­cie­ron tam­bién con el bar y un año des­pués lo­gró re­abrir­lo. Y con­ti­núo al fren­te de él has­ta el 24 de fe­bre­ro de 2009, cuan­do en pleno Mar­di Gras y tras ha­ber des­pe­di­do a los úl­ti­mos clien­tes a las tres de la mañana, murió de un in­far­to mien­tras re­co­gía. Y aquel, de nue­vo, de­bía ha­ber si­do, aho­ra ya sí, el fnal de Mot­her in Law.

UN BA­RRIO CON SIE­TE VI­DAS

Es sá­ba­do, me­dio­día y Mot­her in Law es­tá va­cío. Aco­da­do en la barra y pe­gan­do lin­go­ta­zos a una bo­te­lla de cer­ve­za Mi­ller Light me re­ci­be Ker­mit Ruffns. Ker­mit es uno de los me­jo­res trom­pe­tis­tas de Nue­va Or­leáns, aun­que, si se le pregunta, pre­su­mi­rá an­tes de su ha­bi­li­dad en la co­ci­na, de có­mo apren­dió de su abue­la a ha­cer to­das esas re­ce­tas que di­cen más de esta ciu­dad que to­dos los li­bros de his­to­ria. Tan­to le gus­ta co­ci­nar que su grupo, un quin­te­to tra­di­cio­nal de jazz que fun­dó en 1992, fue bau­ti­za­do co­mo los Bar­be­cue Swin­gers. Y mien­tras to­ca­ban pre­pa­ra­ban una bar­ba­coa. De he­cho, así apa­re­cían en la se­rie de la HBO Tre­mé ha­ce una déca­da.

Ruffns ac­tuó ano­che en el Blue Ni­le, en French­men Street, en el co­ra­zón his­tó­ri­co de la ciu­dad. “He de­ja­do de be­ber y de fu­mar hier­ba, pe­ro es­toy ha­cien­do una ex­cep­ción pa­ra no de­frau­da­ros y que no pen­séis que es­toy so­brio”, ex­pli­có al re­ci­bir a su au­dien­cia. Y sí, era cier­to. No ha­bía bar­ba­coa, pe­ro sí po­rro y más Mi­ller Light. Ruf­fins me sa­lu­da di­ver­ti­do, ba­jo su boi­na y mos­tran­do el mi­cró­fono que lle­va ta­tua­do en el cue­llo. Él, Tre­mé pu­ro, com­pró en 2014 el ga­ri­to de K-doe y lo re­abrió. El des­tino vol­vía a equi­vo­car­se. Des­pués me cuen­ta la his­to­ria del lo­cal y de su nom­bre, da dos pal­ma­das al ai­re y di­ce: “Sandy, pon Mot­her in Law”, e in­me­dia­ta­men­te empieza a so­nar por los al­ta­vo­ces el te­ma del vie­jo Er­nie. Mien­tras, Ker­mit se des­co­jo­na li­te­ral­men­te, por­que Sandy no es una ca­ma­re­ra ni na­die de car­ne y hue­so, sino la compu­tado­ra con la que, a tra­vés de Ama­zon, con­tro­la por voz la mú­si­ca que sue­na.

Des­pués me cuen­ta que él em­pe­zó a to­car en la ca­lle, “por las pro­pi­nas en el Ba­rrio Fran­cés. Y sa­cá­ba­mos has­ta 800 dó­la­res los días bue­nos”. Pe­ro no ha­bría si­do así, ni si­quie­ra ha­bría si­do mú­si­co, si cuan­do era ni­ño no hu­bie­ra lle­ga­do a Tre­mé. “Con 14 años em­pe­cé a ve­nir a la es­cue­la a es­te ba­rrio. Aquí ha­bía mú­si­ca en la ca­lle a to­das ho­ras y pa­ra mí fue co­mo ver la luz. Lue­go, con 19 años, des­cu­brí a Louis Arms­trong. ¡Dios! ¿Có­mo no ha­bía es­cu­cha­do yo eso an­tes? Des­de aquel mo­men­to so­lo que­ría to­car co­mo él y ser có­mo él. Me com­pré to­dos sus dis­cos y con­se­guí to­dos los ví­deos que pu­de. Me pa­sa­ba ho­ras vién­do­los, be­bien­do cer­ve­za y fu­man­do po­rros”, re­cuer­da con nos­tal­gia. Al­gu­nas co­sas no han cam­bia­do de­ma­sia­do... Arms­trong, co­mo me re­cuer­da el his­to­ria­dor Eric Sei­ferth, de la His­to­ric New Or­leans Collection, no era de Tre­mé. “Ni si­quie­ra te­nía re­la­ción con es­te ba­rrio, más allá de que die­ra al­gu­nos con­cier­tos. Era un afro­ame­ri­cano pro­tes­tan­te de la zo­na al­ta de la ciu­dad, y no for­ma­ba par- te de la co­mu­ni­dad crio­lla de tra­di­ción mu­si­cal de esta área”, lo ex­pli­ca. Pe­ro Arms­trong se ha con­ver­ti­do, por su in­fuen­cia, en un sím­bo­lo. In­clu­so tie­ne un par­que de­di­ca­do a él. El que se­pa­ra el Ba­rrio Fran­cés de Tre­mé, el par­que que ro­dea la Con­go Squa­re, la pla­za don­de em­pe­zó to­do.

Tre­mé fue des­de sus orí­ge­nes un ba­rrio residencial, uno de los pri­me­ros que se crea­ron fue­ra del cen­tro his­tó­ri­co, de esa zo­na de edif­cios co­lo­nia­les de la épo­ca en la que la ciu­dad per­te­ne­cía a Es­pa­ña y que des­pués se in­te­gra­ría en EEUU. El pri­mer tra­za­do del ba­rrio lo hi­zo Clau­de Tre­mé, un in­mi­gran­te que se con­vir­tió en te­rra­te­nien­te por ma­tri­mo­nio, por­que su es­po­sa ha­bía he­re­da­do. Tro­ceó las tie­rras y em­pe­zó a ven­der­las en par­ce­las. En 1810, la ciu­dad le com­pró la ma­yo­ría de ellas y ahí co­men­za­ron a ins­ta­lar­se los in­mi­gran­tes que lle­ga­ban en bar­cos de va­por des­de el Ca­ri­be a tra­ba­jar en las plan­ta­cio­nes de azú­car y al­go­dón que bro­ta­ban en­ton­ces co­mo una gran in­dus­tria. Y así em­pe­za­ron a con­vi­vir allí aque­llos in­mi­gran­tes con al­gu­nos to­da­vía es­cla­vos ne­gros y con otros que ha­bían po­di­do com­prar su li­ber­tad. Fue uno de los pri­me­ros ba­rrios afro­ame­ri­ca­nos de ver­dad del país. Y es aún hoy, pro­ba­ble­men­te, el ba­rrio ne­gro que más ha da­do a EEUU. Y eso fue por Con­go Squa­re. En aque­lla pla­za, ca­da do­min­go, y so­lo ese día de la se­ma­na, los sir­vien­tes ne­gros de los se­ño­ri­tos blan­cos del Ba­rrio Fran­cés te­nían per­mi­so pa­ra re­unir­se. Allí se mez­cla­ban aque­llos es­cla­vos y los li­be­ra­dos con nue­vos in-

migrantes. Y allí se mez­cla­ban so­bre to­dos sus cul­tu­ras y sus tra­di­cio­nes mu­si­ca­les, sus rit­mos y sus can­tos. De allí sa­lie­ron los com­pa­ses que des­pués, en­tre el hu­mo y la hu­me­dad de los bur­de­les, se con­ver­ti­rían en el jazz, en esa mú­si­ca que es sin du­da lo me­jor que Nue­va Or­leáns, que cumple es­te año 300 de vi­da, le ha re­ga­la­do a la his­to­ria. “¿Qué ciu­dad le ha da­do más cul­tu­ra ame­ri­ca­na al mun­do que Nue­va Or­leáns?”, se pre­gun­ta­ba Da­vid Si­mons, crea­dor de la se­rie de HBO, cuan­do la es­tre­nó. “Nin­gu­na”, res­pon­día, “ni Nue­va York, ni Los Án­ge­les... La mú­si­ca afro­ame­ri­ca­na ha da­do la vuel­ta al mun­do una vein­te­na de ve­ces y si­gue evo­lu­cio­nan­do. Y esa es nues­tra ma­yor ex­por­ta­ción cul­tu­ral”.

Sin em­bar­go hoy, cuan­do se re­co­rren sus ca­lles a la luz del día, pa­re­ce un ba­rrio dor­mi­do. O peor, un ba­rrio más de esa Amé­ri­ca que re­sul­ta ca­da vez más profunda. Vi­vien­das de ma­de­ra, al­gu­nas to­da­vía la­dea­das des­de el pa­so del hu­ra­cán ha­ce do­ce años, por­ches des­ven­ci­ja­dos, so­la­res va­cíos... Pe­ro Tre­mé con­ser­va esa al­ma de mú­si­ca y co­mi­da en sus ba­res y res­tau­ran­tes. Y de lu­cha, pues aquí fue don­de a me­dia­dos del si­glo XIX sur­gie­ron los pri­me­ros lí­de­res de la cam­pa­ña por los de­re­chos ci­vi­les que aún hoy exis­te en el país.

Al­gu­nas ve­ces en es­te res­tau­ran­te he­mos cam­bia­do el cur­so de Aw­mé­ri­ca con un pla­to de po­llo fri­to”. Leah Cha­se ha­bla con una voz afa­ble pe­ro se­ca. Tie­ne 95 años, una cha­que­ti­lla ro­sa de co­ci­ne­ra, dos pier­nas que se que­ja de que ya no le res­pon­den y un ca­rác­ter de cui­da­do. Se no­ta cuan­do, en la co­ci­na de Docky Cha­se, su res­tau­ran­te, una de sus em­plea­das la­va los ca­cha­rros y ella le chi­lla que pa­re, que la es­tá de­jan­do sor­da. Se­gu­ra­men­te, sin ese ca­rác­ter Leah no hu­bie­se si­do la mis­ma. Ni tam­po­co su lo­cal. Docky Cha­se es una ins­ti­tu­ción en Tre­mé. Fa­mo­so por ofre­cer el me­jor po­llo fri­to, pe­ro tam­bién por­que en su co­me­dor se reunían clan­des­ti­na­men­te du­ran­te los se­sen­ta los ac­ti­vis­tas blan­cos y ne­gros. “Mi de­ber era ali­men­tar­los an­tes de aque­llos mí­ti­nes y de aque­llas ac­cio­nes. Era mi mo­do de con­tri­buir a la causa. En ese mo­men­to no pien­sas lo que es­tás ha­cien­do, sim­ple­men­te lo ha­ces”, re­cuer­da hoy.

Cuan­do el Ka­tri­na de­vas­tó la ciu­dad ella per­dió to­do, sal­vo el le­tre­ro del res­tau­ran­te. Por den­tro, el agua su­bía a más de un me­tro de al­tu­ra. En­ton­ces, me cuen­ta or­gu­llo­sa, acu­dió gen­te de to­das par­tes a ayu­dar­la pa­ra vol­ver a abrir­lo. Te­nía ya 83 años y ha­bía pen­sa­do en re­ti­rar­se. Ese de­bía ha­ber si­do el pun­to y fnal, “pe­ro cuan­do re­ci­bes esa ayuda no pue­des ir­te. Tie­nes que de­vol­ver­lo, se lo de­bes a la gen­te. Y eso es lo que yo ha­go”. Por eso si­gue hoy, to­dos los días, en su co­ci­na, gui­san­do las mis­mas re­ce­tas que apren­dió de su ma­dre y far­fu­llán­do­le a sus ro­di­llas, mal­tre­chas de tan­to tra­ba­jo.

Tre­mé ha so­bre­vi­vi­do a to­do. Co­mo el Mot­her in Law de K-doe. Co­mo Docky Cha­se. A si­glos de his­to­ria, a des­pro­pó­si­tos ur­ba­nís­ti­cos y a hu­ra­ca­nes. Y lo ha he­cho por esa pa­ra­do­ja úni­ca de esta ciu­dad en la que la vi­da y la muer­te es­tán tan ín­ti­ma­men­te uni­das. Se ve así en los fu­ne­ra­les de jazz que de tan­to en cuan­to atra­vie­san el ba­rrio. Mú­si­ca lú­gu­bre pa­ra acom­pa­ñar al cor­te­jo has­ta el ce­men­te­rio y des­pe­dir al muer­to, y jazz es­truen­do­so y vi­bran­te de re­gre­so pa­ra ce­le­brar la vi­da. Y si­gue ha­cién­do­lo, aun­que las ame­na­zas son nue­vas.

“Es una pe­na, pe­ro creo que el ba­rrio ya no es igual. Ha­ce 15 años los ba­res estaban lle­nos des­de por la mañana. El al­co- hol era más ba­ra­to. Además creo que esa ge­ne­ra­ción que iba a los lo­ca­les a be­ber y es­cu­char mú­si­ca se ha he­cho vie­ja o ha muer­to”, me di­ce Ruffns. Al me­nos, co­mo se con­sue­la, las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes de mú­si­cos son in­creí­bles. Según con­fe­sa: “Hay chi­cos en las es­cue­las que me di­cen que me ad­mi­ran, pe­ro lue­go los es­cu­cho to­car y veo que me dan cien vuel­tas”.

“Las ca­lles de es­te ba­rrio san­gran de una his­to­ria que a mí me so­bre­pa­sa. Pe­ro lo me­jor es ese mag­ne­tis­mo de ener­gía mu­si­cal que exis­te. Por­que la gen­te es­tá dis­pues­ta a com­par­tir. Quie­ren ex­pre­sar­se jun­tos. Quie­ren llo­rar. Quie­ren fo­llar. Quie­ren bai­lar. Quie­ren con­tar his­to­rias jun­tos”, afrma Sam Joy Fo­ti, una jo­ven mú­si­ca de Nue­va York que lle­va cin­co años vi­vien­do en la ciu­dad.

“A mí me preo­cu­pa lo que pa­sa hoy en Tre­mé”, me di­ce Danny Abel, su co­le­ga, que lle­gó al ba­rrio ha­ce ya diez años. “Si­gue sien­do un ba­rrio im­por­tan­te del que sa­len gran­des mú­si­cos. Y es sin du­da uno de los po­cos si­tios del mun­do y a buen se­gu­ro el úni­co en EEUU don­de un día cual­quie­ra pue­de pa­sar por de­lan­te de tu ca­sa un des­fle con mú­si­ca, ya sea un fu­ne­ral, una ban­da en­sa­yan­do o un pre­pa­ra­ti­vo del Mar­di Gras. Pe­ro la ciu­dad ha cam­bia­do es­tos úl­ti­mos años”. Abel la­men­ta el efec­to que tam­bién pro­du­cen aquí fe­nó­me­nos co­mo Airbnb. So­bre to­do por­que mu­cha gen­te tu­vo que ven­der sus ca­sas tras el Ka­tri­na, por no po­der pa­gar la re­pa­ra­ción ni vi­vir en ellas, y esas vi­vien­das fue­ron compradas por in­ver­so­res que las reha­bi­li­ta­ron y ven­die­ron a per­so­nas de otras zo­nas que se las al­qui­lan a los tu­ris­tas. “Y por eso par­te de lo que hi­zo siem­pre a Tre­mé una fuer­za tan po­de­ro­sa ha des­apa­re­ci­do”, aña­de. “No me ma­lin­ter­pre­tes: si­gue sien­do un si­tio vi­bran­te, pe­ro aquí hay ca­da vez más blan­cos y so­bre to­do tu­ris­tas. Cuan­do yo lle­gué al ba­rrio en los ho­te­les te de­cían que no cru­za­ras de la ca­lle Ram­part por­que po­día ser pe­li­gro­so, y aho­ra to­do pa­re­ce una ex­ten­sión del Ba­rrio Fran­cés”.

Tre­mé ce­le­bra así los 300 años de la ciu­dad en­tre un pa­sa­do aplas­tan­te y un fu­tu­ro in­cier­to. Con la úni­ca cer­te­za de que to­do lo que fue y es po­dría de­jar­lo de ser­lo y so­bre­vi­vir só­lo ya en los li­bros de his­to­ria. Co­mo si fue­ra un fu­ne­ral de jazz en el que los mú­si­cos no su­pie­ran en qué di­rec­ción mar­char y qué to­car, si es­tán de ca­mino al ce­men­te­rio o si ya es­tán de vuel­ta.

CON EL TU­RIS­MO, PAR­TE DE LO QUE HI­ZO A TRE­MÉ UNA FUER­ZA TAN PO­DE­RO­SA, HA DES­APA­RE­CI­DO

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