Car­los Ver­mut.

Esquire (Spain) - - Sumario - POR ANA TRASOBARES

Cua­tro años de si­len­cio eran mu­chos. Ha­bla­mos con el di­rec­tor ma­dri­le­ño de su úl­ti­ma pe­lí­cu­la: Quién te can­ta­rá.

Con su pri­me­ra pe­lí­cu­la, Dia­mond Flash (2011), au­to­fi­nan­cia­da y dis­tri­bui­da on­li­ne, pro­vo­có un bri­llan­te des­con­cier­to. Con su se­gun­da cin­ta, Ma­gi­cal Girl (2014), nos hip­no­ti­zó. Su nue­vo tra­ba­jo, Quién te can­ta­rá (es­treno 26 de oc­tu­bre), le con­fir­ma co­mo uno de los im­pres­cin­di­bles del ci­ne es­pa­ñol. Car­los Ver­mut ( Ma­drid, 1980) nos cuen­ta có­mo y dón­de le na­cen las ideas.

ES­QUI­RE: Quién te can­ta­rá es un retrato de la pér­di­da de la iden­ti­dad, una re­fle­xión so­bre la fa­ma, un cho­que de cla­ses so­cia­les... ¿Qué más? CAR­LOS VER­MUT: Que­ría ha­blar de có­mo te ven los de­más sin que tú pue­das con­tro­lar esa ima­gen, de la cul­tu­ra del éxi­to, de su la­do hu­mano... Por­que, fa­mo­sos o no, to­dos te­ne­mos dia­rrea, an­sie­dad, pá­ni­co a vo­lar, mo­vi­das con los pa­dres... Aho­ra, con las re­des so­cia­les ya no hay tan­to mis­te­rio, pe­ro siem­pre qui­se ha­cer una pe­lí­cu­la so­bre una di­va. ESQ: ¡Va­ya cóc­tel de ideas! ¿Ha­blas de la fa­ma por­que Ma­gi­cal Girl te so­bre­pa­só? CV: Sí, un po­co. Yo no soy fa­mo­so, pe­ro mi pe­que­ña ra­ción de fa­ma me ago­bió. Ten­go la ma­nía de te­ner cier­to con­trol so­bre las co­sas, y aque­llo no sa­bía có­mo ma­ne­jar­lo. Sen­tí que me aho­ga­ba en un va­so de agua y hui. ESQ: ... y lle­gas­te a Ja­pón. CV: Sí. Ne­ce­si­ta­ba sen­tir­me ais­la­do co­mo el per­so­na­je so­bre el que iba a es­cri­bir. ESQ: ¿Qué ti­po de vi­da ha­cías allí? CV: Abu­rri­da. Ba­ja­ba a una ca­fe­te­ría con mi or­de­na­dor y me pe­día un té he­la­do. Es­cri­bía, di­bu­ja­ba y da­ba una vuel­ta por el ba­rrio en bus­ca de có­mics. Y el fin de se­ma­na que­da­ba con ami­gos en el ba­rrio de Gol­den Gai, en To­kio. ESQ: Di­cen que eres un tío ra­ro con ta­len­to. ¿Te re­co­no­ces? CV: Eso es­cri­bió Bo­ye­ro [ri­sas], pe­ro no es­toy de acuer­do. Soy nor­mal, vul­gar en el sen­ti­do mun­dano. Y si tu­vie­ra más ta­len­to, no curraría tan­to... ESQ: ¿Tan­to tra­ba­jas? CV: Sí, por­que par­to de ce­ro crean­do mis pro­pias his­to­rias. El otro día, re­le­yen­do mi nue­vo guion, me pa­re­ció una mier­da. Mi tra­ba­jo con­sis­te en no frus­trar­me. Es me­jor em­pe­zar a es­cri­bir una mier­da que va­ya me­jo­ran­do, que vol­ver a em­pe­zar. Asu­mo que soy ob­se­si­vo, pe­ro in­ten­to con­tro­lar­lo pa­ra que no me vuel­va lo­co: no pen­sar en si ten­go o no ta­qui­car­dias, si me en­fa­do de más o tra­ba­jo de me­nos... Tam­po­co as­pi­ro al cam­bio ra­di­cal, por­que sal­dría mi la­do es­qui­zo [ri­sas]. ESQ: Al­go ha­brá que te re­la­je... CV: Sí, el Te­tris. Pue­do ju­gar cua­tro ho­ras al día. Me ayu­da a or­de­nar las ideas.

RE­CREOS DE LLU­VIA Y DI­BU­JO

Ver­mut tam­bién des­co­nec­ta di­bu­jan­do, y lo ha­ce a me­nu­do y muy bien. De he­cho, an­tes que di­rec­tor fue ilus­tra­dor de có­mic e his­to­rie­tis­ta de éxi­to. Su tran­si­ción al ci­ne la pa­só, co­mo to­dos, ha­cien­do cor­tos y, có­mo no, tam­bién bri­lló. ESQ: Car­los, ¿qué ti­po de ni­ño eras? CV: Uno que di­bu­ja­ba mu­cho. Re­cuer­do que me ale­gra­ba cuan­do llo­vía. Mis com­pa­ñe­ros se que­ja­ban por­que no po­día­mos sa­lir al re­creo. Yo fin­gía que tam­bién me fas­ti­dia­ba, pe­ro de­cía: “¡De pu­ta ma­dre, me que­do di­bu­jan­do!”. Tam­bién lo ha­cía por las no­ches. Si­go sien­do un búho y eso me aco­jo­na. He leí­do que la gen­te así vi­ve me­nos. ESQ: ¿Te da mie­do la muer­te? CV: La muer­te no me da mie­do, pe­ro sí me ge­ne­ra cu­rio­si­dad. No soy cre­yen­te, pe­ro no creo que exis­ta la muer­te. Me ex­pli­co: si la na­da no exis­te, tie­ne que ha­ber al­go, ¿no? Ten­go más cu­rio­si­dad que cer­te­zas, la ver­dad. ESQ: ¿De qué va tu nue­vo guion? CV: No va de la muer­te, pe­ro sí es­tá más pre­sen­te que nun­ca. ESQ: Es­ta vez no has hui­do... CV: Es que me cues­ta mu­cho en­con­trar un lu­gar de si­len­cio ab­so­lu­to don­de tra­ba­jar y es­ta vez lo he en­con­tra­do en ca­sa de mi no­via. Me he mu­da­do ocho ve­ces de ca­sa en ocho años. Se­gu­ro que es una psi­co­pa­tía, pe­ro es que me mo­les­ta mu­cho el rui­do de los ve­ci­nos. ESQ: ¿Qué otras co­sas no so­por­tas? CV: Que la gen­te ha­ble en el ci­ne. Voy mu­cho al ci­ne. Es el úni­co si­tio don­de uno no pue­de ejer­cer el con­trol. ESQ: ¿Y qué ves? CV: Lo que sea: con es­tar ahí ya dis­fru­to. ESQ: ¿Re­cuer­das tu pri­me­ra pe­lí­cu­la? CV: La ma­tan­za de Te­xas, con cua­tro o cin­co años. La vi con mi ma­dre. A ella le en­can­ta el ci­ne go­re y el de te­rror. El otro día fli­pó con Funny Ga­mes, de Ha­ne­ke. ESQ: Es­ta­rá or­gu­llo­sa de ti... CV: Mu­cho, y mi padre tam­bién. Él far­da con los ami­gos, aun­que sa­be que no me gus­ta. Pe­ro he te­ni­do mu­cha suer­te. Soy un chi­co de ba­rrio, de Ca­ra­ban­chel, que ha po­di­do ha­cer pe­lí­cu­las gra­cias a sus sa­cri­fi­cios.

Tí­mi­do y ob­se­si­vo. Char­la­mos con Car­los Ver­mut, ci­neas­ta de cul­to, apar­te de ilus­tra­dor de éxi­to, pa­ra ave­ri­guar qué hay den­tro de esa ca­be­za de la que sa­len pe­lí­cu­las tan sen­si­bles co­mo com­ple­jas

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