SI­GUE

Europa Sur - - PROVINCIA - Pe­dro M. Es­pi­no­sa

La mag­ni­tud de la tra­ge­dia pro­vo­ca­da por el nau­fra­gio de la pa­te­ra cre­ce ca­da día Los ve­ci­nos no re­cuer­dan un dra­ma así en su his­to­ria

avan­za con an­dar so­se­ga­do. Bue­nos días, sa­lu­da. Bue­nos días. ¿Han re­cu­pe­ra­do más cuer­pos? Dos más. Es vier­nes por la ma­ña­na y el tem­po­ral de es­tos úl­ti­mos días ha de­ja­do pa­so a una ma­ña­na so­lea­da. El mar es­tá me­nos bra­vo, aun­que al­gu­nas olas le­van­tan sus cres­tas pi­dien­do pe­lea to­da­vía. El hom­bre de­ja atrás al gru­po en­tre el que nos en­con­tra­mos, se des­po­ja del chán­dal y se aden­tra en el agua. Un sil­ba­to enér­gi­co de un guar­dia ci­vil le de­tie­ne. ¿Qué ha­ce, dón­de va? A ba­ñar­me. ¿A ba­ñar­se? Es­ta pla­ya es­tá ce­rra­da al ba­ño. ¿Por qué? Por­que es­ta­mos re­cu­pe­ran­do ca­dá­ve­res, ¿le pa­re­ce un mo­ti­vo su­fi­cien­te?, le es­pe­ta un guar­dia con ca­ra de in­cre­du­li­dad.

Más allá, en la es­qui­na de La La­ja, un sur­fis­ta con su ta­bla ca­bal­ga a lo su­yo, ajeno a la neu­má­ti­ca del Ser­vi­cio Ma­rí­ti­mo de la Guar­dia Ci­vil que re­co­rre la pla­ya de un ex­tre­mo a otro en bus­ca de más víc­ti­mas. La nor­ma­li­dad con la que al­gu­nos se to­man la tra­ge­dia de la in­mi­gra­ción con­tras­ta con las lá­gri­mas de una chica ma­dri­le­ña que vi­si­ta los Ca­ños jun­to a su no­vio y se to­pa con el ras­tro del nau­fra­gio de la pa­te­ra. “Es­to es un cri­men con­tra la hu­ma­ni­dad. Cuan­do los ves ahí, en la are­na ti­ra­dos, tan cer­ca, es cuan­do to­mas ver­da­de­ra con­cien­cia de un pro­ble­ma que es de to­dos, no de Es­pa­ña, Ma­rrue­cos o la Unión Eu­ro­pea”, nos di­ce mien­tras in­ten­ta di­ge­rir lo que ven sus ojos.

Son dis­tin­tas reac­cio­nes tras un su­ce­so an­te el que no se pue­de vol­ver la mi­ra­da y que rom­pe el cuer­po a los tes­ti­gos. Uno de ellos, Paco Ji­mé­nez, fue el pri­me­ro en dar la voz de alar­ma la ma­dru­ga­da del lu­nes. Es­te vier­nes, en el des­pa­cho de vi­nos de la ave­ni­da Tra­fal­gar, re­la­ta a es­te dia­rio la se­cuen­cia de los he­chos. “Se­rían las tres y me­dia de la ma­ña­na cuan­do unos gol­pes en la puer­ta de mi ca­sa me aler­ta­ron. Me dio mie­do y no abrí. Oía vo­ces y tra­sie­go de per­so­nas, pe­ro no

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