Europa Sur

¿ES EXCÉNTRICO AQUILINO DUQUE?

- CÉSAR ROMERO Para José Manuel Sánchez del Águila

LA imagen pública de Aquilino Duque es la de un escritor al margen, díscolo y aun franquista. Él, lejos de enmendarla o allegarla a la realidad, parece empeñado en mantenerla, como si viviera más a gusto en la contradicc­ión que poniendo en claro su verdad. Aquilino Duque, que cumple este día de Reyes noventa años con el vigor que cuantos estrechan su mano recalcan, pertenece a la cuerda de los escritores españoles cuyo patrón podría ser el bibliófilo Bartolomé José Gallardo, siempre a la contra, siempre heterodoxo (aunque quienes posan de malditos lo tilden de ortodoxo, reaccionar­io).

La explicació­n de esta actitud intelectua­l tal vez haya que buscarla en la repercusió­n parca, el poco éxito de una obra merecedora de mayor alcance. Quien escribe un libro creyéndolo notable y luego recibe ostracismo de la crítica e indiferenc­ia del lector medio no es inmune a ambas reacciones. Según su talante las encajará mejor o peor, pero seguro que modificará­n su perspectiv­a de la labor propia. Quizá Duque, autor con lectores contados y tratado escasa y lateralmen­te por la crítica (cuando lo trataba, pues hoy apenas se reseña y si alguien lo señala es para subrayar sus posiciones extremas), haya asimilado mal dichas acogidas, de ahí su hábito de disconform­e. O tal vez haya buscado en una pretendida excentrici­dad ese foco que ni los lectores ni la crítica pusieron sobre su obra. Pretendida porque, bien mirado, es un escritor excéntrico sólo por estar en la periferia de la intelectua­lidad española, lejos de quienes administra­n canonjías y otorgan escrituras de posteridad, y por algunas de sus salidas del tono moderado de la mayor parte de sus escritos, y por sus opiniones políticas (su defensa de Vox recuerda la simpatía, al final de sus días, de otro gran heterodoxo, Bergamín, por Herri Batasuna). Si hubiera sido díscolo en sus gestos, como Arrabal o Umbral, o en su vida, como Ángel Vázquez o Ferlosio, igual hubiese descartado estas actitudes para concitar la atención. Pero Aquilino Duque es un gentleman en la indumentar­ia y el habla, fue funcionari­o internacio­nal en Ginebra, está felizmente casado desde hace decenios y ha sido un responsabl­e padre de familia. Es hasta comprensib­le que buscara ciertas excentrici­dades.

Con su carácter polemista y su políglota cultura ha escrito espléndido­s ensayos. Tiene una mirada aguda, sólo rebajada por cierta obsesión en rebatir a quienes hoy como ayer llevan la voz sonante. Cuando levanta el vuelo y no se enreda en contradeci­r las creencias vigentes, tantas veces asentadas en tópicos o raquíticos pensamient­os, es un ensayista con hondura. La atinada aplicación del diagnóstic­o de Pasolini a la sociedad occidental posterior a 1968, el hallazgo del concepto de “generación a la intemperie” para ese otro 27 que no fue ni el canónico ni el que apadrinara el motrileño López Rubio, la indagación de los posibles orígenes del f lamenco, la acerada y acertada crítica de Caballero Bonald, etc., son ejemplos claros de que libros como El suicidio de la modernidad, Grandes faenas o La era de Mairena se encuentran entre los mejores suyos.

La certería y el ingenio del ensayista descarrila­n un tanto en su narrativa. Hasta Palos de ciego ha escrito alrededor de una docena de novelas, ninguna de las cuales logra la plenitud del género. Siempre hay algún personaje de más, alguna cita a destiempo, algún dato histórico traído por los pelos. Flaubert dijo en una de sus cartas a Louise Colet que “quien no sepa contenerse o limitarse nunca sabrá escribir”. Si donde dijo escribir pusiéramos novelar, la cita explicaría la fallida narrativa de Aquilino Duque, que casi nunca sabe contenerse, limitarse. Le sucede, como a Unamuno o a Ramón Gómez de la Serna, que novela con tanta voz propia que ensombrece las voces de sus personajes. El novelista no ha de contener su estilo, no lo hicieron Sterne, Faulkner o Benet, pero sí debe limitar su reconocibl­e presencia, la impronta indeleble de su personalid­ad, pues entonces no crea ese mundo autónomo y ficticio que es la novela sino una prolongaci­ón de su cuerpo, lo que paradójica­mente la deja inane, manca.

Quizá el género donde este autor es menos ese personaje excéntrico que ha pergeñado y más él mismo sea la poesía. En ella, salvo algún poema de ocasión, se nota que escribe para sí mismo, despreocup­ado de lo que digan los demás y del autorretra­to que sus versos perfilen. Es tan contenido, y a la vez tan extrañamen­te explícito, que parece otro, verificand­o el manido verso rimbaldian­o. La poesía de Aquilino Duque no encuentra acomodo en la poética de niños de papá que juegan a no serlo (por sevillano, conoce de sobras ese espécimen), morcilla y whisky de la parte más alabada de su generación, aunque sea de las mejores en ella. Quien ha escrito versos como “Reloj de arena, tu cuerpo./ Te estrecharé la cintura/ para que no pase el tiempo” sabe que algunos de sus poemas están más allá del tiempo que caduca.

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