Europa Sur

MANDELSTAM

- IGNACIO F. GARMENDIA

POCO sabíamos de Mandelstam cuando a finales del siglo pasado llegaron a nuestras manos los tres libros que tradujo Aquilino Duque para el Centro del 27 de Málaga, los dos que publicó en vida y el último, completado después de su muerte, con el que el inmenso poeta ruso cerraba su doliente itinerario, consignado para siempre en las impresiona­ntes memorias de su viuda Nadiezhda. Estas las leímos después, en la edición de Acantilado, y es imposible no recordarla­s a la vista del magistral retrato con el que Silvia Cosío ha ganado el prestigios­o Premio BMW de Pintura. Tomando como base, del mismo modo que en su memorable serie de El altar de los muertos, una fotografía de Mandelstam hacia 1914, cuando Ósip era un joven de veinticinc­o años que ya había publicado un avance de su primer libro, Piedra o La piedra, y no podía imaginar el negro futuro que le esperaba, Cosío lo retrata atravesado por una luz perdurable que se sobrepone a las tinieblas venideras. Es la época del acmeísmo, que reaccionab­a contra la vaguedad de los simbolista­s, a los que opuso una poesía solar, transparen­te y a la vez hermética, apegada a la tierra, pero discurría al margen del futurismo, pues se apoyaba en la tradición para defender otra idea de la modernidad. Soñador de un helenismo eslavo, Mandelstam comprendió desde el principio que la barbarie soviética se proponía convertir el país en una cárcel y que su sitio nunca estaría entre los victimario­s. A la errante y valerosa Nadiezdha le habría gustado saber que muchos años después de la muerte del poeta indómito, una pintora española, montañesa como el monstruo georgiano, lo retrataría en este cuadro extraordin­ario con el que se ha consagrado como una de las grandes artistas de su generación. En el lienzo están los oscuros presagios, la melancolía temprana e imperturba­ble, la dignidad a prueba de asedios, la despreocup­ada nobleza del héroe. Tuvimos el privilegio de verlo una tarde del verano último, en la hermosa casa serrana que ella y el hermano Rosal han levantado casi de la nada, donde Cosío trabaja sin descanso en una obra que propone, también, una modernidad vinculada a la tradición, en la que la pintora encuentra sus referentes. Claridad, transparen­cia y hermetismo –en forma de figuración no expresa– son conceptos que pueden aplicarse a su propio arte de retratista, que recrea no sólo los rasgos físicos, sino también las almas. La palabra es altar porque implica devoción e incluso sugiere el milagro: con mayor propiedad que en el soneto de Quevedo, escuchamos con los ojos a los muertos. Como el de su íntima Ajmátova, el inmortal desafío de Osia enfrenta y vence a todos los tristes cuervos.

El retrato del poeta ruso ha consagrado a Silvia Cosío como una de las grandes artistas de su generación

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