Europa Sur

PARTIDOS DESORDENAD­OS

- MARÍA ANTONIA PEÑA

DICE el partido A que el partido B ha hecho muy mal en no votar a favor de sus presupuest­os porque este es un momento crítico para el país y se necesitan unos nuevos que nos ayuden a salir de la crisis. Lo más gracioso es que el partido A también ha votado en contra de los presupuest­os del partido B en cuanto tuvo la primera ocasión. Dice el partido B que ese rechazo va, en realidad, en contra del interés de la ciudadanía. El partido A y el partido B critican que se haya buscado, con más o menos éxito, el voto de otros partidos: se ve que no les gustan ni el partido C, ni el D, ni el E, ni el F, ni ninguno que venga a continuaci­ón, salvo que voten con ellos y no contra ellos. Es evidente que pactos y coalicione­s no forman parte de nuestra cultura política. No obstante, si el partido C y el partido D, por distintos que sean, votan contra el partido E, este les acusa de estar aliados. Esto explica que el partido F haya afirmado que reconocerá la capacidad de gobernar al partido más votado: claro, siempre que sea él y no el partido G. Para evitar el espectácul­o, se prefieren las mayorías absolutas, que ahorran mucho desgaste y facilitan el “yo me lo guiso y yo me lo como”. Probableme­nte, en mitad de la noche, los partidos de la A a la Z ruegan a los dioses (cada uno a los suyos) que eliminen al resto de partidos con los polvitos de la madre Celestina.

Y, quizás por eso, el partido H dice poco menos que ellos son la última frontera de la democracia (esto suena, lo siento, a título de la quinta entrega de Star Trek) y que, más allá de ellos, no hay ninguna esperanza para la misma.

Sin embargo, pregonar que el partido propio es el único partido válido en una democracia es, en sí mismo, un gran oximoron, puesto que no hay democracia que pueda preciarse de serlo si no se admiten el pluriparti­dismo, la tolerancia ideológica y el debate contrastad­o de las ideas. Lo contrario se llama totalitari­smo.

El partido I critica la politizaci­ón de los medios de comunicaci­ón, pero solo pone como ejemplo a los que le atacan furibundam­ente, nunca a los que lo defienden a capa y espada, hágase lo que se haga, mientras se despelleja a los contrarios.

Haciendo gala de extraordin­arias capacidade­s premonitor­ias, dice el partido J que nunca votará las enmiendas del partido K, aunque estas todavía no hayan sido presentada­s: llora el ciudadano honrado pensando que pudiera haber entre ellas algunas oportunas que nunca serán aprobadas. Del partido A al partido Z, todos van de educados por la vida, pero entre sus filas están quienes afilan sus lenguas en una piedra de amolar antes de entrar a la contienda. Los peores, además, son los que insultan mientras exhiben una sonrisa burlona. Esos, además, son malas personas.

Nada es en vano. Nada es capricho o mera veleidad. Mientras la coherencia huye despavorid­a, cada pose, cada gesto, cada palabra es susceptibl­e de atrapar el voto de algún distraído ciudadano.

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