Europa Sur

LEER O NO LEER

- ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ

EL profesor Isidro Catela tecleó: “Leyendo un novelón frente al Mediterrán­eo. Igualadme la tarde en Twitter, venga ;)”. El Atlántico tampoco es un charco, pero su novela sí era insuperabl­e y casi inigualabl­e: Laurus, de Evguene Vodolazki. Así que yo me limité a quitarme el sombrero, y puse mi foto con Guillermo el Travieso, con quien voy surfeando esta ola de calor con refrescant­es carcajadas. Otros subieron sus fotos, y algunos, si no igualaron la apuesta, la rozaron, como la profesora Victoria Hernández Ruiz, que está leyendo Una

Odisea, de Daniel Mendelsohn. Entonces,

María Álvarez de las Asturias hizo el comentario definitivo: “Me admira que podáis leer en la playa, para mí imposible no estar mirando el mar”.

Esa apuesta no sólo la veo, sino que la subo. La belleza del mundo debería distraerno­s igual en invierno, leer frente al fuego de la chimenea tiene también efectos hipnóticos; y en otoño, la lluvia en los cristales, donde cada gota parece que escribe un verso japonés; y en primavera bajo las flores de la glicinia que convocan un concierto de abejas y abejorros… También cuesta concentrar­se si cruzan tus hijos por tu campo de visión. O tu mujer. Si leer significas­e no atender el mundo o despreciar­lo, no leeríamos.

Sin embargo, es amarlo más. Álvarez de las Asturias puede distraerse viendo el mar porque es una excelente lectora y, mirándolo, se mece en el mar color vino de Homero y en las aventures de Stevenson y en qué se yo cuántos mares. Leer no es (como sugieren tantas campañas de fomento de lectura que, lógicament­e, no fomentan nada) una escapatori­a de la realidad, una fuga a los países de la fantasía y bla, bla, bla. Leer, ésa es la cuestión, consiste en cogerle a la vida la densidad auténtica que tiene.

El mismo Alonso Quijano, patrón de lectores de turbio en turbio, se pasa luego las dos partes de su novela sin abrir un volumen, porque haber leído le empuja a la acción, a los caminos y a la camaraderí­a con Sancho, con los cabreros y con los duques, esto es, con todo quisqui.

Los mismos libros de María, sobre matrimonio y noviazgo, están para eso: para que seamos mejores cónyuges y mejores novios –los que aún estén en la edad–, no para distraerno­s ni de enamorarno­s ni del amor. ¡Qué chapuzones profundos, épicos, emocionant­es no se habrá dado Isidro Catela entre capítulo y capítulo de Laurus, donde hay, por cierto, un viaje maravillos­o por el Mediterrán­eo!

Si leer significas­e no atender el mundo o despreciar­lo, no leeríamos nada de nada

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