Europa Sur

AMOR Y AMISTAD

- ENRIQUE GARCÍA-MAÍQUEZ

BORJA Díez de Rivera me ha avisado con tiempo. Quiere que yo dé, en una cena dentro de veinte días, un breve brindis sobre la amistad. Mis dotes de improvisad­or se ve que las conoce. Intentaré escabullir­me, pero, por si acaso, me he puesto compulsiva­mente a hacer cuadros sinópticos.

Desde adolescent­e barrunté que entre la amistad y el amor hay una rivalidad tácita, que a veces aflora. Ahora he descubiert­o que el sabio Claudio Guillén usó esa tensión como guía para aproximars­e a la literatura occidental.

Los clásicos eran partidario­s acérrimos de los amigos, y minusvalor­aban el amor. A la cabeza, Aristótele­s, que dijo que una vida sin amistad no merece ser vivida. Los medievales, siempre tan caros a mi corazón, apostaron por el amor. Dante lo hace vía de la salvación del alma, culminando la estela abierta por los poetas provenzale­s y por los relatos del ciclo artúrico, donde el amor ennoblece. Con Petrarca nos pasamos de frenada y caemos en el paroxismo. Montaigne vuelve a la amistad, mientras que Shakespear­e duda. Como siempre, todo comenzó en Homero: Aquiles, tan amigo de Patroclo, se enfrenta a muerte a Héctor, tan esposo de Andrómaca.

La rivalidad tiene su lógica, porque contamos sólo con un corazón y el tiempo vuela y, como los amores verdaderos y las amistades no tienen fondo, no damos

Desde adolescent­e barrunté que entre la amistad y el amor hay una rivalidad tácita, que a veces aflora

abasto. Igual que hay toristas y toreristas en la fiesta nacional, en la fiesta que es la vida hay amiguistas y amadores. A menudo en un mismo matrimonio, cada cónyuge tiende a una cosa, y no son las peores parejas, si esa tensión se equilibra. Yo siempre estuve prendado de este presentimi­ento, pero ahora, con el apoyo de Guillén, me he venido arriba. Incluso aventuro que en el trato con Dios se podría distinguir entre quienes le ven como Amigo y quienes como Amado; unos, ascéticos, los otros, místicos, o más fray Luis de León o más san Juan de la Cruz.

Espero que este boceto disuada a Borja de abocarme al brindis. Por si acaso, dejo escrito mi deseo final. Como la cena será de matrimonio­s amigos, yo, tras una meticulosa clase teórica, levantaría la copa a lo Ortega y Gasset, recordando que “la vida cobra sentido cuando se hace de ella una aspiración a no renunciar a nada”, como intentó idealmente don Quijote, tan de Sancho como de Dulcinea. Que la amistad y el amor (vino blanco y vino tinto) rebosen en nuestras copas, y que nosotros las apuremos ambas hasta el fondo. Chin, chin.

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