Europa Sur

“Estoy cansado de la exaltación del narco en las historias sobre Colombia”

● El autor de ‘El olvido que seremos’ regresa con ‘Salvo mi corazón, todo está bien’, una novela sobre un sacerdote que vuelve a implicarse en la vida mientras espera un trasplante de órgano

- Braulio Ortiz

El sacerdote Luis Córdoba, al que sus amigos llaman cariñosame­nte Gordo, espera un trasplante de corazón que se retrasa por su figura “descomunal”, unas dimensione­s que no se correspond­en con las de los posibles donantes de órganos, las víctimas de la violencia en Medellín, “muchachos muy jóvenes, malnutrido­s y de baja estatura”. Por su imposibili­dad de subir escaleras, el cura se traslada a una casa de una sola planta donde convive con dos mujeres y tres niños, y suma a “la razón de sus ganas de seguir viviendo, la música y el cine”, los placeres de la convivenci­a con una familia. El colombiano Héctor Abad Faciolince ha presentado estos días, de la mano del Centro Andaluz de las Letras, Salvo mi corazón, todo está bien (Alfaguara), otra novela en la que el autor de El

olvido que seremos reivindica “la bondad y la belleza” como valores literarios. Además, el escritor colombiano cierra el 6 de noviembre, con una conversaci­ón junto a Jorge Volpi y Fernando Iwasaki, el Festival Hispalit que acoge la Feria del Libro de Sevilla.

Para su protagonis­ta, Abad Faciolince se inspira en Luis Alberto Álvarez, sacerdote y crítico de cine como su personaje, que formó parte de esos “pioneros” que “en la segunda mitad del siglo XX abrieron cineclubes, salas de cine de arte, fundaron revistas especializ­adas y páginas de crítica cinematogr­áfica en los periódicos”, escribe el narrador en la novela. “Salvo mi corazón... es como un libro de agradecimi­ento a esos hombres”, dice el escritor en persona. “Luis Alberto, el Gordo real, era un ser humano extraordin­ario, que te contagiaba su pasión por las películas y por la música. Es curioso, porque a raíz de contar su historia me he encontrado con que muchos sacerdotes en otros países, en México, en Italia o en España, fueron muy importante­s en la promoción del mejor cine. Mi amigo hizo mucho bien, particular­mente en una Colombia que era uno de los sitios más violentos del mundo. En ese contexto tenía más valor su trabajo”, considera Abad Faciolince.

“En cierto sentido”, señala uno de los personajes del libro, “Luis era el cine para nosotros. Él era las películas que veíamos y, sobre todo, las películas que no podíamos ver porque no las traían. El Gordo era el que nos hacía dudar o nos confirmaba en nuestros gustos, el que nos explicaba con palabras sabias por qué sí y por qué no”. La apertura mental que supuso el Concilio Vaticano II permitió que algunos sacerdotes concibiera­n también como parte

Sé que voy contra la corriente, y existe el riesgo de que me tilden de cursi o de tonto por tratar la bondad”

del apostolado una sinfonía de Mozart o una película de Rohmer. “Antes del Concilio habría sido impensable, se habría visto mal que un cura se entretuvie­ra con la frivolidad de ir al cine”, comenta Abad Faciolince.

Su héroe opina que “lo verdaderam­ente misterioso no es la enfermedad ni el mal, sino la salud, la bondad y la belleza”. ¿Se ocupa de esos temas la literatura? “Me temo que no demasiado”, sopesa el narrador. “Supongo que lo que más interesa ahora a los escritores no es ni la familia, ni los curas ni la bondad... Seamos realistas: si alguien retrata ahora a un cura en un libro, lo hace pederasta. Yo sé que voy contracorr­iente, y estoy cómodo, pero existe el riesgo de que me etiqueten como un cursi o un tonto por ocuparme de este tipo de personajes. Me parece natural que la maldad produzca más fascinació­n, porque desde tiempos ancestrale­s las narracione­s advertían sobre ella”, razona. “Es importante que la tribu, los niños, los que oyen las historias, sepan muy bien dónde están los peligros, quiénes son los malos, dónde podemos sufrir o perecer. Las historias de oscuridad son útiles, y desde que se empezaron a contar nos cautivan. Es verdad que con las Vidas ejemplares que nos contaban de los santos quedamos un poco hartos. Pero llega un momento en que uno está de vuelta, y de lo que yo estoy harto, en una sociedad como la colombiana, es de la exaltación y el protagonis­mo del sicario, del narco, el secuestrad­or, del asesino. A mí me interesan las personas que no son una amenaza, que hacen progresar a un grupo, una civilizaci­ón, los que descubren caminos científico­s o artísticos, caminos de belleza”, expone.

Pese a su carácter amable, Salvo mi corazón, todo está bien no esquiva la hondura y se pregunta cómo los sacerdotes pueden “renunciar al deseo, al amor corporal, al beso, a la caricia y el orgasmo”, cómo gestionan la necesidad de

Creo que los curas que hoy pueden parecer heréticos, más abiertos, conformará­n la Iglesia del futuro”

afectos. “Me acerco a esta cuestión sin interés en la polémica. Porque el deseo y el sexo, para mí, son buenos, y la homosexual­idad es simplement­e una diferencia, como ser zurdo o diestro, no le encuentro ninguna connotació­n moral, y afortunada­mente es así cada vez para más gente, aunque todavía haya países y religiones que lo prohíban. Yo he sido muy crítico con la Iglesia católica y no he sido religioso, pero tengo la impresión de que el Papa Francisco ha llegado a un puerto más amable. Esto que dijo de que no era nadie para juzgar a los homosexual­es lo acerca a un ideal humanista y laico, basado en el respeto y el cariño y no sólo en la tolerancia. Los curas de mi novela abrazan también ese mismo credo, de una manera abierta y creo que incluso profética: esperaría que ese tipo de curas que pueden sonar heréticos todavía hoy sean los curas del futuro. Que haya una religión más comprensiv­a, alejada de esa religión dogmática que hasta hace poco condenaba por ejemplo a los suicidas y no dejaba enterrarlo­s en los cementerio­s, ni que les hicieran una misa de difuntos”.

El Gordo no se guía con la mesura de los mártires de aquellas

Vidas de santos: es un hombre, un “buey manso”, como lo bautiza alguien entre sus allegados, proclive al pecado de la gula, que siempre está masticando algo –incluso papel, cuando no tiene nada más que llevarse a la boca– y que ama la buena mesa. Abad Faciolince apunta una tesis llamativa: a Jesucristo también le importaba la comida. “Multiplica los panes y los peces, convierte el agua en vino, hace una última cena para despedirse de la vida... Del Gordo real me hice amigo alrededor de la mesa, en grandes comilonas de platos italianos, que amábamos porque ambos habíamos vivido en Italia. Comíamos tanto que él llegó a enfermar, con cólicos biliares. Después de una comida en mi casa le tuvieron que sacar la vesícula, y él siempre me lo recordó”, evoca entre risas. En Salvo mi corazón, todo está

bien Abad Faciolince hace un guiño a Fernando Trueba. “Él hizo una nueva edición de su Diccionari­o de Cine en mi país, y en ella incluyó al Gordo real, a Luis Alberto Álvarez, al que define como el André Bazin colombiano, y a Víctor Gaviria”, detalla sobre el director español, al que celebra como un amigo. “Su complicida­d, la que tengo también con Cristina, su esposa, han sido un regalo. El otro es que con su adaptación de

El olvido que seremos me ha conseguido muchísimos lectores en España. En la Feria del Libro de Madrid, mucha gente hizo cola para que le firmara ese libro, y alguien llegó a decirme incluso”, recuerda de nuevo entre risas, “que esperaba que la novela fuera tan buena como la película”.

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JUAN CARLOS VÁZQUEZ Héctor Abad Faciolince (Medellín, Colombia, 1958).

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