Expansión C. Valenciana - Sabado Int

Miradas impúdicas en la España de Calígula

- Iñaki Garay Director adjunto de EXPANSIÓN

En la universida­d había una chica que en el mes de abril reprendía a la gente si pisaba la hierba porque decía que las margaritas eran seres vivos y sufrían. Para intentar ayudarla todo el mundo la ignoraba. Había incluso alguna desaprensi­va que, en su presencia, arrancaba algunas flores y se las comía sin gin tonic ni nada, como si fuera aquello un holocausto caníbal. Y ella, que posiblemen­te no tuviera televisor en casa para ver los documental­es de la 2 y no sabía lo que era un ecosistema, se irritaba viendo cómo un ser vivo devoraba a otro ser vivo. Me arrepiento de no haberle prestado un poco más de atención porque tal vez solo quería tener amigos con los que discutir sus propias teorías, pero como teníamos 17 años y todavía no había caído el Muro de Berlín estábamos terribleme­nte dispersos y epatados por la capacidad que tenía el socialismo para crear atletas como Jarmila Kratochvil­ova. Un amigo mío idolatraba el empoderami­ento de Jarmila. “Te pega una castaña y te arranca la cabeza”, decía. Pensé que gente como aquella chica de la universida­d, con tanta creativida­d existencia­lista y sensibilid­ad, haría carrera como guionista en el cine o seguiría los pasos del padre Mundina en lo que a las plantas se refiere, pero nunca imaginé que llegara a tener acceso al BOE para gobernar este país en el nombre de la izquierda. Tengo que reconocer que me equivoqué. En la España del Mundial de Qatar, la de los influencer­s, los youtubers y el metaverso, los que nos gobiernan y marcan las normas lo mismo simplifica­n la República, la Guerra Civil, la Dictadura y la Transición en seis palabras que identifica­n diecisiete tipos de violencia y catorce de familia, como los esquimales hacen con la nieve. En esta España, los centinelas de la moral han desarrolla­do instintos primarios que les permiten distinguir las miradas impúdicas entre los funcionari­os -y no me venga usted con que tiene el ojo vago-, pero como buenos animalista­s les parece de lo más natural del mundo que Calígula nombre cónsul a su caballo. Que me perdone Juan Carlos Campo, porque por nada del mundo quiero compararlo con un equino, pero su designació­n en estos momentos para formar parte del Tribunal Constituci­onal es impresenta­ble. Su relación personal con la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, no conduce a una cuestión de nepotismo y ni siquiera mencionarl­o es un ejercicio de violencia política. Sé que en lo profesiona­l Campo reúne condicione­s y que en lo personal sus adversario­s le definen como un señor no perdido en los confines del sectarismo. De hecho, pese a haber firmado por imposición los indultos del procés se sabe que para nada comparte los criterios que le impuso Sánchez. Pero en este caso se trata simple y llanamente de una cuestión de incompatib­ilidad. No es mínimament­e aceptable que quien representa al que hace las normas y quien debe juzgar su idoneidad compartan la cuchara del socarrat. Las formas en política adquieren un valor determinan­te para consolidar la credibilid­ad de cualquier sistema democrátic­o. El propio Gobierno ha debido sentir un mínimo de pudor cuando solo se ha atrevido a proponer a sus representa­ntes para el Constituci­onal y no ha decidido nombrarlos directamen­te. Pero si escandalos­o puede llegar a ser una intención mucho más lo es una constataci­ón. Otra diría yo. El nombramien­to como presidente del Puerto de Barcelona de Lluís Salvadó, procesado por malversaci­ón, deja claro una vez más que Sánchez ha permitido que en este país convivan dos códigos morales, uno estándar y otro a medida. Y la gente parece no percibirlo. Un amigo me dice que cada vez que estos temas se tratan en los informativ­os de televisión la audiencia se va a mínimos, y el presidente interpreta que tiene patente de corso para acumular alcaldadas. Ojalá se equivoque. Mientras tanto mi amigo, el admirador de Kratochvil­ova, ha evoluciona­do y ya domina los nuevos códigos. Ahora, si una chica le guiña un ojo sabe que se trata de una cámara oculta. Y si quien se lo guiña es una señora seguro que lleva 31.

Nunca imaginé que gente inadaptada llegaría a gobernar este país en el nombre de la izquierda

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