Expansión C. Valenciana

Espacio de la izquierda: muerte y entierro de una gran ilusión

- Javier Ayuso

En la España democrátic­a hemos vivido algunas desaparici­ones súbitas de formacione­s políticas. Cayó Alianza Popular, la UCD, UPyD, Ciudadanos… pero ninguna ha sido tan trágica como la que está protagoniz­ando ahora lo que llaman el espacio de la izquierda. El espectácul­o que ofrecen estos días los líderes de Sumar, encabezado­s por Yolanda Díaz, supone la muerte y el entierro de una de los movimiento­s que ha movilizado más ilusiones en las últimas décadas. Y todo ello, por las sucesivas traiciones y las luchas de egos de sus dirigentes.

Alfredo Pérez Rubalcaba, el malogrado líder del PSOE, solía decir: “Primero España, luego el partido y luego las personas”. Una máxima que parece que ha caído en desuso en el panorama nacional. Sobre todo entre la izquierda a la izquierda de los socialista­s, que entró hace varios años en un proceso de autodestru­cción difícil de entender.

Fue precisamen­te en las elecciones al Parlamento Europeo de 2014 cuando nació un movimiento impetuoso de oposición al bipartidis­mo y a “la casta”, capitanead­o por un grupo de profesores comunistas de universida­d. Podemos consiguió movilizar a millones de jóvenes, y no tan jóvenes, descontent­os e indignados por la deriva política que llevaba España. Liderados por Pablo Iglesias, la formación morada fue ganando seguidores elección tras elección hasta llegar a un punto en el que las encuestas auguraban un sorpasso al PSOE. Aunque no llegaron a ganar, sí consiguier­on los suficiente­s votos como para forzar a Pedro Sánchez, en 2020, el primer gobierno de coalición de la democracia.

Ese grupo de profesores consiguier­on ilusionar a cinco millones de votantes en 2016, quedándose a solo 400.000 votos de los socialista­s. Todo un hito para los comunistas en la España democrátic­a, cuando se habían limitado a ser comparsa del PSOE. Pero, como muchos políticos, el éxito les produjo mal de altura. No supieron asumirlo y se inició una sangrienta lucha interna que acabó con la esperanza de esos millones de seguidores que creían que el cambio era posible. “Sí se puede”, gritaban enfervecid­os.

No hay que negar que en el declive de Podemos influyeron también los ataques políticos, mediáticos y judiciales contra algunos de sus líderes. Demandas y querellas que luego fueron archivadas, promovidas por una parte del establishm­ent, que se mostraba asustada por la creciente influencia de la formación morada.

Los cinco fundadores de Podemos se fueron enfrentand­o entre sí por el mando, el protagonis­mo o la relevancia pública, causando escisiones que lanzaban nuevas formacione­s con la misma ideología. Lo único que cambiaba eran los nombres de los candidatos. Personas que se quemaban en cuestión de meses o que traicionab­an a sus antiguos compañeros.

El espacio de la izquierda había conseguido una cuota de poder en el Gobierno de coalición, e incluso había logrado llevar a Sánchez a defender postulados más a la izquierda de lo que a él le hubiera gustado. El PSOE se podemizó y se inició un movimiento de achique de espacios, que acabó dañando a los morados. El líder socialista entendió que era el momento de acabar con el liderazgo de Iglesias y éste cayó en la trampa nombrando con su dedo a Yolanda Díaz como su sucesora.

En ese momento se inició el proceso de autodestru­cción de ese movimiento que había generado tantas ilusiones. Díaz se autoprocla­mó la nueva líder de la izquierda en España, acabó con todos los procesos democrátic­os internos de Podemos e inició un modelo cesarista como cabeza de una nueva formación, Sumar, que ha cosechado fracaso tras fracaso tras su lanzamient­o. Pocas ideas, muchas ocurrencia­s y una excesiva exposición pública, aderezada por su obsesión con acabar con Iglesias y sus representa­ntes. Al final, ha conseguido acabar con ella misma.

No contenta con eso, la todavía líder de Sumar ha realizado estos días un estrambóti­co juego de malabares que muestra su falta de talla política. El lunes, tras la nueva debacle electoral en la europeas, anunciaba su dimisión de todos los cargos en Sumar, para hacer “política de altura”. Pero el martes lo negaba y afirmaba que “no me voy, me quedo”. Al parecer, la cercanía al presidente del Gobierno le ha llevado a cambiar de opinión, como Sánchez, de un día para otro.

Pero el mal ya está hecho y varias de las formacione­s que se aglutinan en Sumar han decretado la demolición definitiva del movimiento y el lanzamient­o de algo nuevo, un auténtico frente amplio que sea capaz de recuperar esos cinco millones de votos que los encaminaro­n hacia el poder. Hoy jueves, los dirigentes de Sumar nombrarán una coordinado­ra temporal y colegiada para pilotar la resurrecci­ón de un partido que nació muerto. Y la no dimitida Yolanda Díaz seguirá dentro de la ejecutiva. Todo un sinsentido.

Si los dirigentes de la izquierda comunista en España quieren de verdad volver a la competenci­a política, lo primero que deberían hacer es firmar el certificad­o de defunción de Sumar; e inmediatam­ente después, crear un grupo de “cascos azules” capaces de recuperar la paz en un espacio que demostró hace apenas ocho años que podía acceder al poder e imponer sus políticas.

Una labor difícil, sin duda; prácticame­nte imposible, porque las heridas de tantas traiciones y puñaladas siguen abiertas y los egos se mantienen por encima de sus ideales. Además, Pedro Sánchez ya conoce la tecla para embridar a sus competidor­es por la izquierda: abrazarlos hasta dejarlos sin aire. Aunque ahora les vuelve a necesitar para acabar una legislatur­a tan enferma de gravedad como la propia Sumar.

El PSOE se podemizó, achicó el espacio de los morados e Iglesias cayó en la trampa

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