NOS ADEN­TRA­MOS EN LA CÁR­CEL MÁS MOR­TÍ­FE­RA DEL MUN­DO

FHM - - HISTORIA REAL - PAUL KEANY: EN­CE­RRA­DO POR CON­TRA­BAN­DO DE DRO­GAS

Cuan­do la re­ce­sión gol­peó al mun­do en 2008, el ne­go­cio de fon­ta­ne­ría de Paul Keany se fue al ga­re­te. A sus 45 años, es­te ex fon­ta­ne­ro ir­lan­dés se en­con­tra­ba de­ses­pe­ra­do, con las deu­das amon­to­nán­do­se en su me­sa y te­nien­do que man­te­ner a una fa­mi­lia. Fue en­ton­ces cuan­do un ca­me­llo le ofre­ció ga­nar 10.000 ¤ a cam­bio de un tra­ba­jo, que Keany acep­tó a re­ga­ña­dien­tes. El en­car­go con­sis­tía en re­co­ger un ma­le­tín de co­caí­na en Ve­ne­zue­la e in­tro­du­cir­lo en el país. El que ha­bía si­do un hom­bre de ley du­ran­te to­da su vi­da se vio obli­ga­do a con­ver­tir­se en una “mu­la”, lo que le lle­vó di­rec­to a una de las cár­ce­les más pe­li­gro­sas del pla­ne­ta… "Te­nía en mi po­der unos 6 kg de co­caí­na, lo que equi­va­lía a me­dio mi­llón de eu­ros en la ca­lle. Lo es­con­dí en el re­ves­ti­mien­to del ma­le­tín. Era ca­si im­po­si­ble de­tec­tar lo que es­ta­ba trans­por­tan­do. Es­ta­ba cru­zan­do el ae­ro­puer­to di­rec­to al avión cuan­do una puer­ta se abrió a mi de­re­cha. Lo si­guien­te que re­cuer­do es es­tar en el re­gis­tro de equi­pa­je. Ha­bían ti­ra­do tres pe­que­ños dar­dos en mi ma­le­tín, y al fi­nal de los dar­dos sa­lía el pol­vo ban­co. No sa­bía qué ha­cer, lo úni­co que que­ría es que me tra­ga­se la tie­rra, pe­ro no ha­bía es­ca­pa­to­ria. Cuan­do fui arres­ta­do en el ae­ro­puer­to, me lle­va­ron al cuar­tel ge­ne­ral del es­cua­drón an­ti­dro­ga, en los mue­lles. En la no­che que pa­sé allí, los guar­das o ‘el es­cua­drón ca­brón’ vi­nie­ron, me lle­va­ron a las du­chas, me pe­ga­ron una pa­li­za y des­pués me vio­la­ron. Pen­sé: ‘Je­su­cris­to, si es­to es la Ley y el Or­den, ¿qué de­mo­nios me va a pa­sar en la cár­cel? La pri­sión de Los Te­ques fue cons­trui­da pa­ra 400 re­clu­sos. Cuan­do lle­gué allí, ha­bía unos 1.000. Cuan­do es­ta­ba a pun­to de sa­lir, 2.000. La gen­te so­lía dor­mir en el sue­lo, con­tra la pa­red. No po­días mo­ver­te a los la­dos ni gi­rar­te. Era co­mo si hu­bie­se una alfombra de per­so­nas de una pa­red a otra.

EL SE­ÑOR DE LAS MOS­CAS

Las du­chas eran co­mo una olla a pre­sión lle­na de agua con­ge­la­da. Y lue­go, por su­pues­to, es­ta­ba el ca­lor. Y las mos­cas. Las mos­cas se po­sa­ban en el sue­lo co­mo hor­mi­gas; ha­bía millones de ellas por to­da la cár­cel. Te­nía­mos un so­lo ba­ño (un agu­je­ro en el sue­lo) pa­ra 200 per­so­nas. Mu­chas ve­ces aca­ba­bas ca­gán­do­te en los pan­ta­lo­nes en una es­qui­na. El olor… so­lía ser in­aguan­ta­ble. Ha­bía ocho ban­das dis­tin­tas en la pri­sión. En la mi­tad de ellas, si eras de ori­gen eu­ro­peo, te ha­brían dis­pa­ra­do de in­me­dia­to. En­tré en una ban­da lla­ma­da 'Má­xi­ma' y me pre­sen­ta­ron a los je­fes. Era co­mo la ma­fia: tie­nes a los ca­pos, los con­se­je­ros y los sol­da­dos ra­sos. Me co­gie­ron a pun­ta de pis­to­la y me ex­pli­ca­ron to­das las re­glas. Los ca­pos lo con­tro­lan todo. Ha­bía co­mo una do­ce­na de po­li­cias, pe­ro so­lo la mi­tad de ellos ha­cían su tra­ba­jo mien­tras que los de­más se pa­se­ban con sus po­rras de ma­de­ra sin que na­die les di­je­se na­da. Al en­trar en una ban­da ves me­tra­lle­tas, gra­na­das de mano y todo el mun­do tie­ne un cu­chi­llo. Es co­mo una pe­que­ña ciu­dad den­tro de la pri­sión. Una ciu­dad muy pe­li­gro­sa en la que los ase­si­na­tos y los ti­ro­teos son ru­ti­na­rios. To­dos los días eran una pe­sa­di­lla. Te­nías que vi­gi­lar siem­pre tu es­pal­da, pe­lear­te con al­guien pa­ra con­se­guir

SA­QUÉ MI BO­LÍ­GRA­FO Y SE LO CLA­VÉ EN EL OJO. SE CA­YÓ AL SUE­LO CO­MO UN SA­CO DE MIER­DA

co­mi­da y te­nías que ga­nar di­ne­ro u ob­te­ner­lo del ex­te­rior pa­ra pa­gar a es­tos tíos por pro­tec­ción. Y si no pa­ga­bas, te rom­pían las pier­nas. To­dos los días te apun­ta­ba el ca­ñon de un ar­ma. Cual­quie­ra día po­día ser el úl­ti­mo.

DO­LO­RES PUN­ZAN­TES

Ha­bía una li­bre­ría. Me de­bí leer todo lo que ha­bía en in­glés. Si es­ta­ba allí la ma­yor par­te del día era por­que con­se­guía un po­co de tran­qui­li­dad. Era mi for­ma de es­ca­par de Los Te­ques. Pe­ro si te pa­sa­bas todo el día en la bi­blio­te­ca, te echa­ban de la ban­da y es­ta­bas ex­pues­to: de­bía ele­gir. En una oca­sión, es­ta­ba en la bi­blio­te­ca con Luigi (un ita­liano que era nues­tro pro­fe­sor de es­pa­ñol) y al ir­se al ba­ño vio a dos tíos que an­da­ban bus­cán­do­me. El pri­me­ro lle­va­ba un cu­chi­llo. Que­ría ro­bar­me el bo­li pa­ra po­der ven­der­lo y com­prar­se un ci­ga­rri­llo. Que­ría ma­tar­me por un ci­ga­rro. Así iba la vi­da allí. Cuan­do sa­có su cu­chi­llo di­jo: 'Que te jo­dan, ma­ma­güe­vo'. Me apu­ña­ló en­tre las cos­ti­llas de­ba­jo del bra­zo iz­quier­do. Yo siem­pre lle­va­ba un bo­li en­ci­ma y si no ha­bía na­die por allí cer­ca no ten­dría más re­me­dio que cla­vár­se­lo en el ojo. Y eso fue lo que pa­só. Lo sa­qué y fue di­rec­ta­men­te a su ojo. Se ca­yó al sue­lo co­mo un sa­co de mier­da mien­tras gri­ta­ba co­mo un cer­do. Sa­lí por pa­tas de la bi­blio­te­ca, bus­can­do la pro­tec­ción de la ban­da y fui di­rec­to a con­tar­le al je­fe lo que ha­bía pa­sa­do. El je­fe me di­jo: 'Te­nía que ha­ber­te apu­ña­la­do y ha­ber­te ma­ta­do. Te pue­do pro­te­ger mien­tras es­tés en la ban­da, pe­ro tan pron­to co­mo sal­gas de ella, no pue­do ha­cer na­da por ti'. Así que no de­jé la ban­da du­ran­te seis me­ses, has­ta que el tío fue tras­la­da­do.

PE­SA­DI­LLAS

Cuan­do vol­ví con la ban­da vie­ron mi he­ri­da (te­nían un mon­tón de re­me­dios ca­se­ros, por­que no ha­bía me­di­ci­nas). Al­guien me dio un po­co de miel y me man­da­ron de vuel­ta. Era co­mo es­tar en

El Li­bro de la Sel­va o al­go por el es­ti­lo. Vi co­mo ma­ta­ban a mu­cha gen­te to­dos los días. Nun­ca ha­bía vis­to mo­rir a na­die, pe­ro eso cam­bió des­de mi pri­mer allí. Jus­to an­tes de que fue­se la ho­ra del al­muer­zo, uno de los sol­da­dos ra­sos del co­rre­dor se pu­so una gra­na­da en su bol­si­llo y se in­mo­ló. Cuan­do vol­vía de co­mer tu­ve que pa­sar a tra­vés los res­tos que ha­bían que­da­do del sui­ci­da. Es­tu­ve allí du­ran­te dos años, dos me­ses, 14 días, 22 mi­nu­tos y 14 se­gun­dos. Cuan­do vol­ví a casa tu­ve que ir al mé­di­co y pe­dir pas­ti­llas por­que no po­día dor­mir. Si­gue con­ti­go, el mis­mo sue­ño, las mis­mas pe­sa­di­llas. No hay ni un día en el que no vuel­va a Los Te­ques".

OCU­PA­CIÓN: FON­TA­NE­RO/MU­LA PRI­SIO­NE­ROS ASE­SI­NA­DOS EN LOS TE­QUES EN 2011: 500 Imá­ge­nes de detro de la pri­sión de Los Te­ques en las afue­ras de Ca­ra­cas, don­de el con­tra­ban­do de co­caí­na hi­zo pa­sar dos años in­fer­na­les a Paul Keany an­tes de que se le...

En 2012 los pre­sos hi­cie­ron rehe­nes a 700 vi­si­tan­tes

En 2011 hu­bo en Ve­ne­zue­la 19.000 ase­si­na­tos

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