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Pue­de que sea por la pri­ma­ve­ra, o se­gu­ra­men­te por es­tas fo­tos de Jorgie Por­ter: dio­sa de cu­le­bro­nes, rei­na de hie­lo y chi­ca de tus sue­ños

FHM - - P&R - RE­DAC­CIÓN FHM AN­TO­NE­LLA ARIS­MEN­DI

El menú ha­bi­tual de una se­sión de fo­tos de FHM se com­po­ne ha­bi­tual­men­te de ensalada, za­naho­rias, ro­lli­tos ma­ki, más ensalada, al­gún ba­ti­do y fru­ta va­ria­da de pos­tre. Po­cos car­bohi­dra­tos, po­ca di­ver­sión.

Es­ta oca­sión es di­fe­ren­te. Jorgie Por­ter se es­tá pre­pa­ran­do su pro­pio sánd­wich. Y uno cual­quie­ra, sino un sánd­wich bri­tá­ni­co mons­truo­so de pa­ta­tas fri­tas, con dos ti­pos dis­tin­tos de pa­ta­tas acom­pa­ñan­do una ra­ción ge­ne­ro­sa de po­llo y lon­chas de ter­ne­ra. “Ha­go mu­chos sánd­wi­ches de pa­ta­tas –di­ce es­ta na­ti­va de Man­ches­ter de 26 años y 1,57 m de al­tu­ra, mien­tras se sien­ta pa­ra co­mer vis­tien­do un jer­sey de ca­che­mi­ra y po­co más–. No ten­go ni idea de co­ci­nar. Es­tos sánd­wi­ches con pa­ta­tas y man­te­qui­lla son bá­si­ca­men­te lo úni­co que sé ha­cer”.

Jorgie pue­de ser una inú­til en la cocina, pe­ro más allá de los fo­go­nes le so­bran ta­len­tos. Ac­triz, bai­la­ri­na, can­tan­te, pa­ti­na­do­ra so­bre hie­lo. Y una de las mu­je­res más atrac­ti­vas del mun­do. Es una pe­na que esa vi­bra­ción sexy de chi­ca na­tu­ral va­ya a des­apa­re­cer de la te­le mun­dial una tem­po­ra­da, por­que Jorgie re­cien­te­men­te de­jó el cu­le­brón de cul­to Holl­yoaks y a prin­ci­pios de año la eli­mi­na­ron de Dan­cing on Ice, la ver­sión del Reino Uni­do de ¡Mira quién bai­la

so­bre hie­lo!, a las pri­me­ras de cam­bio. “No voy a men­tir, fue un gol­pe –confiesa a FHM mien­tras pre­pa­ra el se­gun­do sánd­wich–. Es un po­co ra­ro, por­que es­ta­ba ofre­cién­do­les en­tra­das a mis ami­gos pa­ra to­das las ga­las. Pe­ro to­dos los par­ti­ci­pan­tes son in­creí­bles, y al­guien te­nía que mar­char­se en pri­mer lu­gar, ¿no?

FHM: ¿Es­pe­ra­bas mar­char­te tan pron­to del pro­gra­ma?

Jorgie: No, en ab­so­lu­to. Me ha­bría gus­ta­do pa­ti­nar más pa­ra tra­ba­jar mi cu­lo... Aho­ra que te has que­da­do con más tiem­po li­bre, ¿qué pla­nes tie­nes? Pien­so que es una bue­na opor­tu­ni­dad pa­ra mí pa­ra apun­tar­me a unos cuan­tos hob­bies nue­vos. ¿De qué ti­po? ¿Apren­der ja­po­nés? ¿Em­pe­zar a ju­gar al pó­ker? Creo que po­dría adop­tar al­gu­nos mo­nos. O qui­zás mon­tar mi pro­pio san­tua­rio de ani­ma­les en mi jar­dín pa­ra eri­zos con pro­ble­mas. ¿Qué tal de mo­de­lo pa­ra di­bu­jan­tes de Be­llas Ar­tes? ¿Có­mo? ¿Sen­tar­se des­nu­da du­ran­te ho­ras sin mo­ver­se? No­pe, lo hi­ce una vez cuan­do era más jo­ven ¡y se po­nen ner­vio­sos de ver­dad si te mue­ves! Po­dría po­ner­me del la­do del que di­bu­ja, sin em­bar­go. No me im­por­ta pin­tar a gen­te des­nu­da. Su­po­ne­mos que lo de “sen­tar­se quie­ta” es lo que más te cos­ta­ría, da­do lo hi­per­ac­ti­va que eres.

¡De­fi­ni­ti­va­men­te! Ten­go al­gu­nos pro­ble­mi­llas con mi can­ti­dad de ener­gía.

¿Siem­pre has si­do así? Siem­pre. La gen­te pien­sa que voy de speed o al­go. No pue­do to­mar be­bi­das con azú­car o ener­gé­ti­cas. Si las be­bo me vuel­vo ab­so­lu­ta­men­te in­con­tro­la­ble. No pue­do pa­rar de ha­blar, pa­rar de ha­blar, pa­rar de ha­blar... A ve­ces la adre­na­li­na ha­ce efec­to y mi co­ra­zón se po­ne a la­tir con fuer­za, y eso sim­ple­men­te en un día nor­mal.

Te has des­pe­di­do de Holl­yoaks des­pués de cin­co años en la se­rie. ¿Có­mo fue? Bueno, mi per­so­na­je, The­re­sa McQueen, es una asesina. Ma­tó a Cal­vin ha­ce cua­tro años y se ha li­bra­do de las con­se­cuen­cias du­ran­te to­do ese tiem­po. Creo que lle­gó un pun­to en el que la se­rie se vol­vió tan gran­de, con unas lí­neas ar­gu­men­ta­les alu­ci­nan­tes, que más o me­nos de­ci­di­mos que The­re­sa ne­ce­si­ta re­ci­bir su me­re­ci­do. Es un per­so­na­je bueno; no que­ría ha­cer­lo. Só­lo se es­ta­ba ven­gan­do de có­mo la tra­ta­ba él.

¿Es lo que los tíos se me­re­cen por po­ner los cuer­nos?

No, pe­ro creo que se me­re­cen cier­ta hu­mi­lla­ción.

¿Qué te lle­vo a to­mar la de­ci­sión de de­jar el show?

Bueno, sa­bía que es­ta­ría otra vez en Dan­cing on Ice y me ha­bía re­sul­ta­do muy di­fí­cil ha­cer am­bas co­sas. Fue una es­pe­cie de mu­tuo acuer­do en­tre los pro­duc­to­res y yo por­que aca­bé muy can­sa­da la úl­ti­ma vez. Ha­cer Holl­yoaks,

Holl­yoaks La­ter [un spi­noff de la se­rie ori­gi­nal] y Dan­cing On Ice to­do a la vez se­ría de­ma­sia­do. Ade­más, he es­ta­do en

Holl­yoaks du­ran­te cin­co años y pensé que es­ta­ría bien ha­cer al­go di­fe­ren­te.

¿Có­mo qué? No quie­ro pre­sio­nar­me a mí mis­ma pen­san­do que ten­go que ha­cer es­to o aque­llo. Pa­ra ser sin­ce­ra, ni si­quie­ra ha­bía con­si­de­ra­do ser una ac­triz. Sim­ple­men­te su­ce­dió y yo se­guí la co­rrien­te.

¿Qué es lo que más echas de me­nos de

Holl­yoaks? A to­dos. Echo mu­cho de me­nos al equi­po. Siem­pre es­ta­ban de gua­sa, di­cien­do las cho­rra­das más gra­cio­sas. Hay uno, Alan, que es

“APREN­DÍ A BAI­LAR DE MIS COM­PA­ÑE­RAS DE PI­SO DE LONDRES. TO­DAS SON GO­GÓS DE DIS­CO­TE­CA”

un tío ma­yor­ce­te que tra­ba­ja en el ro­da­je. Un día se me acer­có y me di­jo: “¿Qué di­fe­ren­cia hay en­tre un Lamborghin­i y una erec­ción?” y yo: “No lo sé, Alan. ¿Qué di­fe­ren­cia hay?”. Y suel­ta: “Que no ten­go un Lamborghin­i”. ¡Me en­can­ta! ¿Te im­pre­sio­na­ría un Lamborghin­i? No, de­fi­ni­ti­va­men­te no. ¿Y qué tal una erec­ción per­ma­nen­te? ¡No! Eso me vol­ve­ría lo­ca. Ten­dría­mos pro­ble­mas pa­ra sen­tar­nos en los res­tau­ran­tes, ¿no? Se­ría con­ve­nien­te pa­ra ser­vir el desa­yuno en la ca­ma, en cam­bio. Sí, por­que se­ría en plan “¡sin ma­nos!”. ¡Ma­nos li­bres to­do el ra­to! Po­drías ir de com­pras y usar­la pa­ra lle­var las bol­sas. ¿Es­tás di­cien­do que los hom­bres de­be­rían ser ca­pa­ces de sos­te­ner una bol­sa de com­pras con su apa­ra­to? Un par de bol­sas, fá­cil­men­te. Apar­te de que ten­ga un chisme ul­tra­lar­go, ¿qué bus­cas en un chi­co? No com­pren­do a los tíos que usan ma­qui­lla­je a saco. Es de­cir, OK, es­ta­mos en otra épo­ca aho­ra. Pe­ro me han di­cho que hay chi­cos que se po­nen ex­ten­sio­nes de pe­lo. ¿De qué va es­to? ¡Y no me ha­gas ha­blar de lo de afei­tar­se ahí aba­jo! No pin­ta bien. Pe­ro un po­co de re­cor­te te pa­re­ce­rá bien… ¿no que­rrás una sel­va, no? ¡Sí, quie­ro! Quie­ro un hom­bre, un hom­bre ca­za­dor-re­co­lec­tor que no ten­ga tiem­po pa­ra re­cor­tar­se. ¿Pa­ra qué tie­nes unas ti­je­ras en tu cuar­to de ba­ño? ¿Hay al­gún cui­da­do mas­cu­lino acep­ta­ble? Qui­tar­se los pe­los de la na­riz y ya. Has tra­ba­ja­do con tíos bas­tan­te ca­chas en Holl­yoaks. ¿Te va ese ti­po de cuer­pos? Bueno, cuan­do vas a tra­ba­jar ves a es­tos tíos por pri­me­ra vez y pien­sas, guau, es­tán buenos. Pe­ro en­ton­ces pa­sas tiem­po con ellos y pien­sas “oh, pues no son tan gra­cio­sos” o “la ver­dad es que aho­ra lo veo co­mo un co­le­ga” o “oh, aho­ra lle­va un mo­reno de ca­bi­na... y se ha de­pi­la­do las cejas”, así que... no. ¿Qué tal era tra­ba­jar en Holl­yoaks La­ter? Me en­can­ta­ba. Po­días ha­cer co­sas que nor­mal­men­te no es­tán per­mi­ti­das. ¡Co­mo usar pa­la­bro­tas! Me de­ja­ron de­cir “gi­li­po­llas”. Ca­da vez que lo de­cía, me en­can­ta­ba. ¿Tie­nes una bo­ca de las que hay que la­var con ja­bón? Sí, co­mo un ca­rre­te­ro. Po­lla, ca­brón, co­ño. Des­pués de una de tus se­sio­nes fo­tos, Diz­zee Ras­cal di­jo que que­ría ver­te ha­cer el dutty wine [un bai­le de tías ja­mai­cano con mo­vi­mien­tos pa­re­ci­dos al reg­gae­ton]. ¿Lo ha­rías en uno de sus ví­deos? ¡Sí, jo­der! Lla­ma a Diz­zee y di­le que le ha­ré el dutty wine tan­to co­mo quie­ra, y ha­ré un mon­tón de mo­vi­mien­tos de bai­le mo­lo­nes en uno de sus ví­deos. ¿El dutty wine es me­jor que el twer­king? Re­quie­re más ha­bi­li­dad. Aun­que tam­bién sé ha­cer twer­king. Soy una bai­la­ri­na

bas­tan­te bue­na. Apren­dí un mon­tón de mis com­pa­ñe­ras de pi­so de Londres, que son to­das go­gós de dis­co­te­ca. No es­toy de bro­ma, es co­mo en Lo­ve Ac­tually. Es­ta­mos apre­ta­das en el pi­so y so­lo te­ne­mos una ca­ma y no lle­va­mos pi­ja­ma. Tam­bién soy muy gua­pas.

¿Eres de las que van des­nu­das por ca­sa? Y tan­to. A ve­ces me ol­vi­do de lo gran­des que son mis ven­ta­nas y cuan­do vie­ne el lim­pia­ven­ta­nas –que no es el mis­mo día de ca­da mes– le ha­go un show in­vo­lun­ta­rio. Es ra­ro por­que siem­pre de­ja man­chu­rro­nes blan­cos en las ven­ta­nas, pe­ro se­rán del ja­bón, ¿ver­dad? Um, sí, ja­bón. Fijo. ¿Qué otras ac­ti­vi­da­des me­jo­ran gra­cias al nu­dis­mo? El strip po­ker. Aca­bo de apren­der a ju­gar, pe­ro se me dan bien los jue­gos de azar. Me gus­ta la ru­le­ta. Siem­pre gano, con tal de que es­té bo­rra­cha. Me vie­nen bue­nas co­ra­zo­na­das y las si­go.

Ade­más de apos­tar, ¿qué afi­cio­nes tie­nes? Ver la lu­cha en jau­las. Me en­can­ta. Fui a ver la UFC el otro día y ha­bía dos chi­cas dán­do­se unas le­ches se­rias.

¿Qué tal te desen­vol­ve­rías en una pe­lea? Pro­ba­ble­men­te le pa­tea­ría muy fuer­te las pe­lo­tas y sal­dría por pier­nas.

¿Quién ga­na­ría es­ta pe­lea: tú con­tra un oso con una pa­ta? Yo. Co­rre­ría muy rá­pi­do pa­ra con­fun­dir­le, des­pués me es­cu­rri­ría por su es­pal­da y le gol­pea­ría con una ro­ca. En­ton­ces, co­mo so­lo tie­ne una pa­ta es­ta­ría des­equi­li­bra­do. Le re­tor­ce­ría el hom­bro y lo ti­ra­ría.

¿Y tú con­tra diez ta­rán­tu­las y un co­ne­jo enfadado? Otra vez yo. Co­ge­ría al co­ne­jo por las ore­jas y lo usa­ría pa­ra gol­pear a las ta­rán­tu­las.

¿Y un hi­po­pó­ta­mo bo­rra­cho? Esa es di­fí­cil. Pe­ro pro­ba­ble­men­te cu­bri­ría sus enor­mes na­ri­nas con las ma­nos pa­ra que no pue­da res­pi­rar y en­ton­ces le cantaría la mú­si­ca de Fan­ta­sía pa­ra dor­mir­lo.

¿Cuál es tu can­ción fa­vo­ri­ta?

No Wo­man No Cry de Bob Mar­ley. Quie­ro que sue­ne en

mi fu­ne­ral.

¿Qué más quie­res en tu fu­ne­ral? Mu­chas lentejuela­s. Y un ataúd con lentejuela­s. Po­drían dis­pa­rar mis ce­ni­zas mez­cla­das con pur­pu­ri­na des­de un cañón.

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