HU­MOR A MO­GO­LLÓN

FHM - - SUMARIO -

El ma­ri­do que le di­ce a su mu­jer que no lle­ga­rá tar­de. Se va de co­pas des­pués del cu­rro y se en­cuen­tra con un co­le­ga de la mi­li. Se lían a be­ber y aca­ban en un pu­ti­club ca­da uno con dos zo­rras has­ta las sie­te de la ma­ña­na. Cuan­do el co­le­ga lo de­ja con el co­che en la puer­ta de su ca­sa,es­te le di­ce: – Oye, prés­ta­me un bo­li. Es­te se lo de­ja y se despiden. An­tes de en­trar en ca­sa se co­lo­ca el bo­lí­gra­fo en la ore­ja. La mu­jer, con un mos­queo de tres pa­res, le re­cri­mi­na que dón­de ha es­ta­do. Y va el ti­po y le cuen­ta to­da la his­to­ria tal como es: lo del co­le­ga, las co­pas, las pu­tas... Lo mi­ra la mu­jer muy se­ria de arri­ba a abajo y le gri­ta a dos pal­mos de la ca­ra: – A mí no me mien­tas ca­bro­na­zo, ¡tú vie­nes del bin­go! Xa­vier,e–mail – Doc­tor, por fa­vor, dí­ga­me la ver­dad. ¿Có­mo es­tá mi hi­ja? - Se­ño­ra, le se­ré sin­ce­ro: yo me la fo­lla­ba.

To­má­sRe­vuel­ta,e–mail Es­to es que se en­cuen­tran dos co­le­gas y le di­ce uno al otro: – Oye, ¿tú si­gues con la chi­ca cul­tu­ris­ta aque­lla? – Qué va tío, aho­ra es­toy con una de Za­ra­go­za. – Te en­tien­do, más va­le ma­ña que fuer­za.

Fe­rFer­nán­dez,Valencia – ¿Paco, qué ha­ces? – Pues aquí, pes­can­do. – ¡¿Pe­ro qué es­tás usan­do de ce­bo?! – Pi­mien­tos de Pa­drón. – ¿Y eso les gus­ta a los pe­ces? – Bueno... unos pi­can y otros non. Ni­co­lá­sPe­ral,e–mail – ¿Sa­bes? Creo que en­tre no­so­tros hay quí­mi­ca. – ¿En se­rio? – Sí, ni­tra­to de to­car­te... Willy,Va­lla­do­lid Una pa­re­ja va al mé­di­co y el ma­ri­do em­pie­za a con­tar su pro­ble­ma: – Mi­re dos­tor, te­ne­mos un po­ble­ma: mi mu­jer y yo que­re­mos te­ner con­des­cen­den­cia, pe­ro no po­de­mos y no sa­be­mos si es por­que yo soy om­ni­po­ten­te o por­que ella es his­té­ri­ca. An­tes he­mos ido a otro dos­tor y nos di­jo que mi mu­jer te­nía la va­ji­lla ro­ta y la em­pe­ra­triz subida y como ade­más la ope­ra­ron de la ba­sí­li­ca ba­lear, no sa­be­mos si eso pue­de in­fluir. Tam­bién a mí ha­ce años me ope­ra­ron de la pro­tes­ta y a lo me­jor me han de­ja­do es­cue­las en el cuer­po. Nos re­co­men­da­ron ir a un mé­di­co de Bos­ton que era muy bueno y, mi­re, en cuan­to en­tra­mos a la con­sul­ta ha­bía allí dos or­de­na­do­res co­nes­ta­dos a una an­te­na pa­ra­noi­ca. A mi mu­jer le hi­cie­ron una co­reo­gra­fía, y el mé­di­co nos di­jo que no veía na­da ra­ro. En­ton­ces nos re­co­men­dó que hi­cié­ra­mos el co­ji­to: quin­ce días ella y quin­ce días yo ha­cien­do el co­ji­to, pe­ro na­da. Nos vol­vi­mos pa­ra aquí y otro dos­tor nos re­co­men­dó ha­cer vida ma­rí­ti­ma: en to­das las pla­yas ha­cía­mos vida ma­rí­ti­ma, pe­ro na­da. Ade­más, mi mu­jer ha­ce tiem­po tu­vo un al­bo­ro­to y le na­ció el fé­re­tro muer­to y a lo me­jor eso ha in­flui­do, pe­ro yo creo que mi mu­jer es fri­go­rí­fi­ca, por­que nun­ca lle­ga al oré­gano. Y el mé­di­co, alu­ci­na­do, di­ce: – Me pa­re­ce que us­ted lo que tie­ne es un pro­ble­ma de es­pe­cu­la­ción atroz. Al­ber­toZa­pi­co,Avi­lés

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