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La agonía de un Egipto sin turistas

- JULIÁN DUEÑAS DIRECTOR DE GEO

Con las cosas de comer no se juega. Sé que a usted, como a mí, este dicho tan nuestro nos lo enseñaron en casa desde bien pequeñitos. Y no sé usted, pero yo, quizá porque soy periodista y he padecido en mis carnes la fragilidad del oficio, o quizá por ese puntito de cautela que siempre me acompaña, lo tengo muy presente. Sea por lo que sea, el caso es que nunca juego con la comida. Tampoco con las ideas ni los sentimient­os, y mucho menos con el periodismo, que es mi pan de cada día.

Soy consciente de que esta sabia actitud no es solo mía. Hubo un tiempo en que fue general en España. Pero entonces aquí había hambre, de la buena y de la otra. Hambre de ideas. Hambre de lecturas y conocimien­to. Hambre de libertad, de modernidad y de mundo. Las sociedades cambian y, últimament­e, parece que algunos se empeñan en olvidarlo. Por eso, para recordar que todos los olvidos tienen un precio, echemos un ojo al vecino.

En 2010, Egipto alcanzó su récord de visitantes con 14,8 millones de turistas, según datos del Ministerio de Turismo egipcio. Eso, traducido al pecunio, supuso unos ingresos de 13.633 millones de dólares. En 2011, tan solo un año después, la tensión política y la violencia interna que acompañaro­n a las revueltas sociales hicieron descender el número de visitantes hasta los 9,8 millones. Y con ellos los ingresos, que apenas rondaron los 9.300 millones, una caída del 31,54%. En 2015 ni siquiera llegaron a los 7 millones de dólares. Y lo peor está por llegar: las previsones para fin de 2017 auguran un desplome del 70% en el número de turistas (hasta agosto, los últimos datos disponible­s, solo habían viajado a Egipto 2,4 millones de turistas). La imagen no puede ser más dantesca. El auge del radicalism­o islamista y los ataques terrorista­s que segaron la vida de 224 personas a bordo de un avión ruso en el norte de la península del Sinaí han terminado por vaciar el país de visitantes. En Luxor, en la parte oriental del Nilo, los cruceros permanecen en los puertos y el valle de los Reyes es, hoy más que nunca, un gigantesco cementerio. Tras el atentado, Rusia prohibió a sus ciudadanos viajar a Egipto; Alemania y Reino Unido recomendar­on hacer lo propio. Según un estudio del BBVA Research, cerca de 11 millones de los turistas que solían viajar a Egipto, Túnez y Turquía cambiaron estos destinos por España. La razón: la seguridad y la confianza que ofrece nuestro país. Todo él. Porque no lo olvidemos, el turismo, como el dinero, es cobarde. Siempre lo ha sido y ahora mucho más.

Por suerte o por desgracia, las penalidade­s de nuestros vecinos son hoy la causa de nuestro éxito. Si todo sigue así –y algunos desnortado­s no terminan por fastidiarl­o–, España podría alcanzar la mítica cifra de los 80 millones de visitantes. Los problemas que de ello se deriven serán los que sean, pero benditos problemas.

En busca de soluciones, Egipto, tal como mostramos en el reportaje interior, reabre monumentos protegidos y tira de imaginació­n. Por su bien, y por el nuestro, que tengan éxito. Mientras, aquí, donde el turismo supone el 11,2% del PIB, algunos deberían dejarse de aventuras irresponsa­bles y recordar lo evidente: con las cosas de comer no se juega.

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