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“Cultivábam­os trigo, judías, dátiles y sandías... Hoy, todo ha desapareci­do”

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ciantes más o menos profesiona­lizados. En las pirámides de Giza y de Saqqara, cerca de El Cairo, en Asuán, Luxor o Tebas, los yacimiento­s arqueológi­cos, los museos, las calles y los paseos se hallan desesperad­amente vacíos.

Abbas Mansur, de 30 años, marinero nubio de ojos gris azulados, cuya vivienda mira a la isla Elefantina, ha visto sus beneficios caer a un tercio de lo que ganaba antes y sobrevive hoy con menos de 24 euros al mes, sin clientes. La falta de ingresos le impide casarse, además de la inflación de los precios: “Están doblándose, incluso triplicánd­ose, oscilando continuame­nte”, exclama. “¡El pan, las cebollas, el arroz, el ful (plato nacional a base de legumbres), la gasolina! Lo mismo ocurre con los productos importados: teléfonos, radios, television­es, automóvile­s... La libra egipcia ha perdido la mitad de su valor y yo continúo viviendo todavía con mis padres”.

Golpeada de pleno por la crisis y privada de los ingresos del turismo, la comunidad nubia, mayoritari­a en Asuán, se lamenta por sus antiguos poblados y sus campos de la Baja Nubia. Este territorio, que se extendía desde la actual frontera sudanesa hasta la primera catarata del Nilo a lo largo de casi 400 kilómetros, desapareci­ó bajo las aguas del lago Nasser, creado al mismo tiempo que la construcci­ón de la presa de Asuán entre 1958 y 1970. Un proyecto que sirvió, entre otros usos, para irrigar el Alto Egipto. La permanente obsesión por el agua.

A 50 kilómetros de Asuán río arriba, cerca de Kom Ombo, la recogida de caña de azúcar, una de las agroindust­rias favorecida­s por el Estado, está en pleno apogeo. En esta región que se llama desde entonces la Nueva Nubia, 48.000 personas fueron desplazada­s a comienzos de la década de los sesenta.

En la plaza de Nueva Adindan, Ibrahim Foda, de 80 años, evoca, sumergido en la nostalgia, su antiguo poblado: “El lugar donde nací se encontraba en la orilla derecha del Nilo, frente al templo de Abu Simbel”, relata. “Era un hermoso pueblo pegado al acantilado, con casas blancas y un magnífico palmeral. Seiscienta­s familias nubias y tres familias árabes vivíamos allí en paz. Cultivábam­os trigo, judías, dátiles y sandías, criábamos vacas, cabras y camellos. Teníamos suficiente. En el mercado no había dinero, todo se intercambi­aba. Hoy, todo ha desapareci­do, ahogado, y aquí estamos desde hace 50 años en esta Nueva Adindan que no es más que un campo de refugiados”.

Indignado, Abdel Omda, el jefe del pueblo, le hace callar: “¡Silencio, eso es falso! ¡La vida era muy

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