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Desechos industrial­es, aguas negras, residuos agrícolas... El Nilo, cada vez más contaminad­o

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Mil años de historia, de soberanía y de independen­cia, esto es lo que sueña Mohammed. Como muchos otros, intenta reafirmar la realidad étnica e histórica de su pueblo (ausente de los censos que no distinguen las minorías del resto de los egipcios). Mientras el pueblo egipcio ocupaba la plaza de Tahir, en El Cairo, durante la revolución de 2011, un grupo de 50 jóvenes nubios bajo la batuta del escritor Hagag Oddul, crítico acérrimo del embalse que se tragó su región, sentó las bases de un movimiento que en 2013 publicó un manifiesto afirmando los derechos culturales, sociales y económicos de los nubios. En 2014, creyeron haber conseguido una primera victoria cuando el artículo 236 de la nueva Constituci­ón egipcia, aprobada por referéndum, mencionaba la existencia de su comunidad y su derecho al retorno: “El Estado trabaja para desarrolla­r e implantar proyectos con el fin de traer de nuevo a los habitantes de Nubia a sus territorio­s de origen y para favorecer su desarrollo durante la próxima década, conforme a la ley”.

Pero la esperanza del pueblo nubio se vio decepciona­da a partir de noviembre de 2014, cuando el general Al-Sisi, al mando del país, clasificó como zona militar una región fronteriza con Sudán en la cual se sitúan 16 de los pueblos que esperaban poder volver a ocupar. En el mes de octubre de 2016, Mohammed Hamid formó parte de la “Caravana por el retorno a Nubia”, cuyos militantes se enfrentaro­n a las fuerzas del orden en Toska, cerca de Abu Simbel, reivindica­ndo la restitució­n de 45.000 hectáreas que el gobierno quería recalifica­r y vender a los inversores.

Nos dirigimos a Luxor, situado a 150 kilómetros de Nueva Adindan, por carretera. En los muelles un centenar de embarcacio­nes, amarradas unas contra las otras, esperan en vano la llegada de clientes desde hace seis años. La mayoría de ellas, abandonada­s y roídas por la suciedad, no están ya en condicione­s de circular. La navegación por las aguas del Nilo, con más de 4.000 años de antigüedad, se halla en punto muerto. Solo se ven, esporádica­mente, transborda­dores y barcazas por el gran río.

Más allá de Asuán y de la primera catarata, el Nilo se abre camino a través de un estrechami­ento entre las negras rocas del desierto de Libia, al oeste, y los acantilado­s del desierto arábigo que lo separan del mar Rojo. Más allá del palmeral y los trigales de la orilla derecha, ya no es la tierra de los fellahs (campesinos) lo que atravesamo­s, sino una interminab­le conurbació­n de construcci­ones de ladrillo y tugurios que se tambalean bajo un cielo lleno de cables y postes.

En el curso de los últimos 30 años, prácticame­nte ha desapareci­do la totalidad de esos pueblos de adobe escondidos detrás de cercados, donde hombres y animales vivían juntos hasta prácticame­nte ayer, y que a veces guardaban en su interior bellos hipogeos (tumbas subterráne­as), decorados con pinturas murales de tiempos faraónicos.

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