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Las cuotas de reses les obligan a sacrificar animales

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Solo el 40-45% de los sami habla aún este idioma. Tras obtener el título de Bachillera­to, muchos estudiante­s de Kautokeino cursan estudios que duran dos años para convertirs­e en criadores. Algunos prefieren seguir estudiando y se inscriben en las universida­des del sur del país. La profesora de conoci- mientos tradiciona­les, Karin Inga Kemi, nos precisa: “Eligen planes de estudio que les permiten mantener el contacto con el mundo de la ganadería, ya sea para ser veterinari­os, juristas o contables.”

En la provincia de Finnmark, Anna Catharina Lango, de 24 años, observa con interés a esta nueva generación de pastores, mucho más flexibles que sus mayores. Es la jefa del distrito 22 que reúne a unos 140 criadores. Y no baja la guardia. A su juicio, la gestión del número de renos es el mayor reto al que se enfrentan los ganaderos. Y añade: “Cada vez hay menos renos porque así lo quieren las autoridade­s al estimar que hay demasiados animales para los pastos disponible­s”. En Noruega, y según la Agencia Nacional de Gestión de Renos, el exceso supone un tercio de la cabaña.

Aparte de Anna Catharina Lango, el número de criadores sometidos a las cuotas introducid­as hace quince años y que les obligan a sacrificar animales, está en constante aumento. Son muchas las heridas invisibles provocadas por dichos sacrificio­s. En 2013, un estudio del centro de investigac­iones científica­s francés (CNRS) afirmaba: “Aumentan el estrés de los criadores jóvenes, que suelen estar muy endeudados y son receptores de una cultura en peligro de extinción”. Y Anna Catharina insiste: “La cría de ganado consolida a las familias. De ahí que la pérdida de renos sea una tragedia.”

Marie Roué, etnóloga especialis­ta en el mundo ártico y subártico, observa desde los años 1970 la transforma­ción de la ganadería lapona. Y nos cuenta: “Conozco a muchos que quisieron cambiar de vida yéndose a estudiar fuera, pero regresaron y ahora se dedican, al menos parcialmen­te, a la cría para seguir formando parte del grupo de ganaderos. Porque dicha pertenenci­a es lo único que les da derecho a seguir cazando, pescando y construyen­do cabañas en las montañas. Renunciar a dichas prácticas supondría renunciar también a la naturaleza y a su espacio de libertad.”

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