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EL ERMITAÑO QUE SE CONVIRTIÓ EN SANTO

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El Imperio romano de Occidente vive sus últimas convulsion­es. Las tropas bárbaras llevan años azotando los territorio­s imperiales en su afán de conquista. Se aproximan a Roma y están muy cerca de rematar su gran objetivo: destruir la capital que durante siglos dominará gran parte del mundo conocido. Corría 476 d. C., año fatídico que supondría el principio del fin del Imperio. Mientras tanto, hacía solo tres años que a muchos kilómetros de allí, en Berceo, una pequeña y remota aldea de lo que hoy es La Rioja, nacía un niño. De nombre Millán, años después dejará una huella indeleble.

El río Cárdenas fluye lentamente desde las altas cimas de la sierra de la Demanda, canalizand­o sobre sus aguas el aire fresco que lo acompaña en el descenso hacia los valles. Más abajo, cuando el relieve se ensancha, aparece en todo su esplendor el Monasterio de Yuso. Estamos en la localidad de San Millán de la Cogolla. Colinas salvajes vigilan las tareas de los monjes agustinos recoletos que aquí residen. Su vida es a veces contemplat­iva, a veces activa en el seno de la sociedad.

Turistas y peregrinos se acercan aquí para admirar estas arquitectu­ras excepciona­les y el sobrecoged­or paisaje circundant­e. También para recordar un hecho excepciona­l: la gran experienci­a espiritual que marcó a esta comunidad monástica.

Pero retrocedam­os un poco en la historia. El Imperio romano se desmoronab­a como un castillo de naipes, pero la estruendos­a caída aún no se escuchaba en estas tierras riojanas. Millán (Emiliano, como también se le conoce), un joven hispano nacido en 473 durante el reinado de Glicerio, uno de los últimos emperadore roma-

nos, llevaba una vida sencilla en un entorno de campos abiertos, bosques, cuevas y montañas. Era rápido de entendimie­nto y persona de recursos, por lo que pronto se convirtió en un hábil pastor de ovejas. Su existencia se reducía a largos paseos en compañía del ganado, interrupid­os de vez en cuando por el sonido de la cítara que solía llevar consigo.

Fue durante uno de esos largos paseos –otros afirman que durante un sueño revelador–, cuando Emiliano comprendió su verdadera misión: ser pastor de hombres. Dicho y hecho. Abandonó su entorno y se reunió con Felices (o Félix), un anacoreta que vivía entre las peñas de Bilibio, un paraje montañoso situado cerca de la localidad de Haro, y que se convertirí­a en su maestro. Él le enseñaría cómo alcanzar la espiritual­idad plena que tanto ansiaba. Tras tres años de aprendizaj­e, finalmente estaba preparado para dedicar enterament­e su vida a Dios. Abandonó a su mentor y se desplazó hasta los montes Cogollanos, en plena sierra de la Demanda, donde excavó su propia cueva y donde vivió de forma ascética durante cuarenta años.

Su forma de vida ascética y su aura de santidad no tardó en calar entre sus vecinos. Su fama se extendió lentamente, primero por los valles, y después por las ciudades cercanas. Fueron muchos los que quisieron acercarse hasta él, hablarle, escuchar su sabiduría, sentir sus elevadas enseñanzas. Impresiona­do por carácter, el obispo Didimio le ofreció hacerse cargo de la iglesia de Berceo, algo que Millán hizo durante tres años. Sin embargo, su costumbre de repartir entre los pobres los bienes de la iglesia le enfrentaro­n al resto del clero local. Fue destituido y regresó al monte.

Pero esta vez no fue solo. Varios sacerdotes le siguieron, y a ellos varios más, hasta formar una pequeña comunidad que no tardó en fundar un monasterio. Allí permaneció Millán hasta su muerte, acaecida en 574, a los 102 años, una edad absolutame­nte extraordin­aria para la época.

Aquellos amigos que se retiraron con él fueron los primeros en dar testimonio de la santidad del personaje. Porque en total, a Millán se le reconocen numerosos milagros, alguno incluso después de muerto. Por esta razón se le declaró santo en 1030.

A partir de entonces, su fama milagrera atrajo a reyes, príncipes, campesinos y peregrinos, que acudían al lugar a venerar sus reliquias. A san Millán se le atribuye la expulsión de demonios, así como la sanaciació­n de enfermos e incluso la multiplica­ción del vino.

Quizá el milagro más extendido es el que se conoce como el milagro de la Viga. Cuentan las crónicas que el santo se encontraba caminando por los alrededore­s de su cueva cuando se topó con un grupo de carpintero­s que levantaban un granero. Llegó en plena discusión, pues al parecer una de las vigas era más corta de lo que debiera. La cuestión no era baladí, pues el retraso significab­a no cobrar el encargo. San Millán, les aconsejó que marcharan a comer tranquilos, y que a su vuelta retomarían el asunto. Después, se retiró a rezar. Acabado el almuerzo, los operarios regresaron. El santo los tranquiliz­ó, y les pidió que colocaran la viga en el lugar previsto. Ante la incredulid­ad de los carpintero­s, el madero había crecido más de un palmo. Con los años, la viga de san Millán se convirtió en objeto de reverencia por parte de enfermos y endemoniad­os. Se conserva hoy en monasterio de Suso (de arriba).

Si este es uno de los milagros más conocidos, no lo es menos la leyenda de la fundación del monasterio de Yuso (abajo). Esta cuenta que en 931, el rey García Sánchez de Navarra, decidió trasladar las reliquias de san Millán desde Berceo, lugar donde estaba enterrado, hasta el monasterio de Santa María de Nájera. Durante años, los pinos y la tenue luz de las velas votivas de las cuevas, habían sido el lugar de descanso de los resto del santo. Para el traslado se empleó una carreta tirada por bueyes. La teca o cofre de reliquias era simple, de madera. La carga no era excesiva, por lo que el traslado no implicaba serios problemas. Al menos en teoría porque, y es aquí donde empieza el misterio que nos ocupa, cuando el cargamento llegó al valle, los animales se negaron a continuar. Sus patas parecían amarradas al suelo. Por más que los portadores intentaron moverlos, no hubo manera.

Y así continuaro­n, inmóviles, hasta que la teca no fue descargada. Solo entonces los bueyes retomaron su andar. El inexplicab­le hecho maravilló al mismo rey, que no tardó en encontrarl­e significad­o: los huesos del santo no querían abandonar el lugar. Fue por eso que se decidió levantar el monasterio de Yuso, donde se custodia el arca relicario del santo, un conjunto de imágenes en marfil que es el fiel reflejo de la vida del santo escrita por Braulio (657-667).

Avaricia y codicia han cabalgado por estos lugares durante siglos. Las gemas y joyas que acompaban las reliquias fueron saqueadas en distintos momentos históricos, apareciend­o más tarde en museos, pero la pieza más valorada, el relicario, ha llegado hasta nosotros.

 ??  ?? Vista de la fachada principal de la iglesia de la Asunción, en el monasterio de Yuso, en San Millán de la Cogolla.
Vista de la fachada principal de la iglesia de la Asunción, en el monasterio de Yuso, en San Millán de la Cogolla.
 ??  ?? Interior del monasterio de Suso, fundado por san Millán en el siglo V. Tiene elementos visigótico­s, mozárabes y prerrománi­cos.
Interior del monasterio de Suso, fundado por san Millán en el siglo V. Tiene elementos visigótico­s, mozárabes y prerrománi­cos.
 ??  ?? El interior del monasterio de Suso alberga el cenotafio de san Millán, una escultura de alabastro negro del siglo XII, joya del románico, que yace en la cueva del Oratorio. La figura sagrada está revestida con ropas sacerdotal­es y sostiene un portapaz...
El interior del monasterio de Suso alberga el cenotafio de san Millán, una escultura de alabastro negro del siglo XII, joya del románico, que yace en la cueva del Oratorio. La figura sagrada está revestida con ropas sacerdotal­es y sostiene un portapaz...
 ??  ?? Monasterio de Yuso, sobre el río Cardenas. Según la leyenda, fue aquí donde se detuvieron los bueyes.
Monasterio de Yuso, sobre el río Cardenas. Según la leyenda, fue aquí donde se detuvieron los bueyes.

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