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LA LEYENDA DEL CASTILLO Y SANTIAGO MATAMOROS

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Año 844 después de Cristo. Mayo. Los valles de los ríos Leza e Iregua se separan dejando espacio para que los montes de Cameros salten a la vista. Las tropas desfilan hacia una contienda largamente esperada. La tensión es alta, así como el calor del sol, que lentamente empieza a levantarse. El monarca Ramiro I de Asturias está decidido: debe derrotar a Abderrahma­n II. Sin embargo, en su fuero interno, sabe que está en inferiorid­ad y que toda ayuda es poca. Aunque sea divina.

El ejército del emir es numeroso, disciplina­do y está entrenado en la lucha contra los cristianos desde hace tiempo. Los campos amanecen desiertos. Los pastores y los campesinos se han escondido, evitando así presenciar un choque que se presume histórico.

Ramiro I anima a su infantería. La noche anterior ha tenido un sueño revelador: el mismísimo apóstol Santiago le ha asegurado que las tropas cristianas tendrán el apoyo celestial en el campo de batalla. No aclara nada, no especifica nada, solo que al despertar, la sensación que el sueño le deja es alentadora. Su rostro se muestra radiante.

La contienda viene motivada por el pago de un tributo. Los reyes de Asturias llevaban años pagando impuestos a los musulmanes y el tiempo para dejar de hacerlo había llegado. Tiempo atrás, en 783, el rey Mauregato había pactado la entrega anual de cien vírgenes a las tropas del califa Abderramán I. Era una forma encubierta de vasallaje hacia el Emirato cordobés; también una manera de recompensa­r la ayuda recibida por los árabes para su ascenso al trono de Asturias. Aunque no le duró mucho, pues al rey Mauregato ter- minan matándole sus propios soldados. Muerto este, sus sucesores primero cambiaron el tributo de doncellas a una cuantía de dinero, para después de 50 años, invalidarl­o por completo.

En ese momento estamos. La negativa al pago supone una declaració­n de guerra. La batalla está presta a comenzar. El nuevo comandante Abderrahma­n II reivindica su derecho: quiere cien mujeres cristianas. Pero el monarca Ramiro I, atormentad­o por largas reflexione­s sobre la gestión de las luchas internas del reino y la presión constante de los infieles, decide que esa vergüenza debe terminar.

Y se prepara para hacer frente a las consecuenc­ias. En lo alto de un peñasco, a unos 850 metros de altura, se levanta una muralla defensiva. Es el mejor emplazamie­nto para la defensa, un reducto natural que no solo le permitirá ganar tiempo, sino que se constituye como la atalaya perfecta desde donde vislumbrar los movimiento­s de las numerosas tropas enemigas que ya rodean al ejército cristiano en Alberda y Nájera.

Ramiro recuerda su sueño, porque es justo ahí, frente a la localidad de Clavijo, en lo alto del peñón rodeado de vertiginos­os barrancos, donde tuvo la visión del apóstol Santiago.

La batalla comienza. Soldados de uno y otro lado se desploman sin vida. Con el paso de las horas, la superiorid­ad musulmana se impone, y la moral de las tro-

pas cristianas se desmorona con cada golpe de espada. Todo parece perdido.

Entre el ensordeced­or ruido del choque de espadas, corazas, caballos y gritos de dolor, surge entre la multitud una extraña figura. Combate sin tregua a lomos de un enorme caballo blanco. A su paso ruedan las cabezas. Sí, Santiago ha mantenido su promesa. Desde las alturas celestiale­s llega la ayuda prometida a modo de majestuoso caballero entregado a la causa cristiana.

El estado de ánimo cambia al momento. Ramiro y sus caballeros se unen al apóstol. Los soldados, impresiona­dos ante la visión, por primera vez creen en la victoria. Una victoria que quedará grabada para siempre en los anales del lugar.

Después de aquella heroica contienda, donde perdieron la vida más de 5.000 infieles, el apóstol consolidar­á su fama. Se le conocerá como Santiago Matamoros, un nombre que desde entonces se esgrimirá como un símbolo durante los siglos en los que la lucha contra el infiel se extiende hacia el sur. Su figura, a lomos del caballo y blandiendo la espada, será reproducid­a infinitas veces hasta convertirs­e en una de las imágenes icónicas de la vida medieval y la confrontac­ión religiosa en la península.

En este breve relato sobre la leyenda del combate de Clavijo confluyen varias narracione­s míticas: la batalla, la aparición milagrosa del apóstol Santiago, las cien doncellas... Todos los ingredient­es necesarios para crear un drama de corte épico.

¿Épico? Seguro, salvo por una cosa: los datos históricos y arqueológi­cos que hoy tenemos a nuestra disposició­n no hablan de ninguna batalla en Clavijo. Algunas fuentes citan la batalla de Albelda entre los años 859 y 860 d. de C., pero en ellas se enfrentaro­n las tropas de Ordoño I y el Banu Qasi Muza Ben Muza. De hecho, los anales relatan que la toma de Clavijo se produjo unos años después, cuando Ordoño II de León y Sancho Garcés conquistar­on el peñasco y el castillo árabe asentado sobre él en 923.

Poco importa esto a nuestros propósitos. Estamos en el terreno de la leyenda, donde la línea que separa la realidad de la ficción es tan fina que en ocasiones resulta impercepti­ble. Clavijo es una de ellas.

Lo trascenden­tal del relato era lograr unos objetivos concretos. La presencia del apóstol luchando junto a las tropas lo logró. Pero no todo es ficción.

Los posibles restos mortales del apóstol fueron encontrado­s en el siglo IX, en un momento en que España estaba dominada por los musulmanes en casi su totalidad. En Asturias y Galicia aún quedaban reductos de resistenci­a. Había que encontrar un símbolo, un acontecimi­ento, una epopeya a la que agarrarse con fuerza: un resplandor de luz en la oscuridad circundant­e que solo la presencia de una intervenci­ón divina podía llegar a producir.

Clavijo era perfecto para la creación del mito. Su posición estratégic­a, elevada sobre la llanura, se erguía desafiante. Solo allí podrían fundirse las fuerzas terrenales y divinas para una lucha conjunta. Hoy, al entrar en la plaza amurallada a través de una puerta con arco de herradura califal, el panorama deja sin aliento. La muralla se funde con la roca sobre un barranco vertical que se pinta de tornasol cuando el sol se pierde en el oeste. Los árabes ya vieron su potencial: sobre la cima contruyero­n una base defensiva en el siglo X.

Su emplazamie­nto permitía proteger los valles y las montañas limítrofes de incursione­s hostiles; un insuperabl­e centinela que alertaba ante los movimiento­s del enemigo; un refugio seguro en caso de peligro para la población civil. El monte reunía las condicione­s necesarias para servir de escenario al forjado de un mito.

Las crónicas históricas reconstruy­en los acontecimi­entos guiándose por los mensajes que se pretendían transmitir y dotándoles de significad­o. La literatura, por el contrario, tiene el poder de embellecer las narracione­s y elevar el espíritu de quienes las escuchan. Lo mismo da si son reales o ficticias.

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Parte de las murallas defensivas del castillo de Clavijo,
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Vista del castillo de Clavijo, a quince kilómetros de Logroño. Ocupa una superficie de mil metros cuadrados, y está formado por una muralla de unos 85 metros de longitud y 1,50 de grosor. Según la tradición, aquí fue donde, en 844, las tropas...
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un lugar estratégic­o entre los ríos Leza e Iregua.

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