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REPORTAJE

Durante muchos años este Estado litoral del noroeste fue un “lugar en medio de la nada”, sin el menor interés para los norteameri­canos. Hoy en día, sin embargo, atrae a muchos amantes de la naturaleza.

- POR BÉATRICE LEPROUX TEXTO

Oregón, la nueva tierra prometida

Con una superficie como la mitad de España, este territorio de la costa oeste de Estados Unidos, olvidado durante años, atrae hoy a todos aquellos que sueñan con mejorar su calidad de vida en armonía con la naturaleza.

Escalan como si fueran arañas. Sin prisa, pero sin pausa. Con las piernas y los brazos separados, buscando un agarre fiable. Y por encima de estos dos hombres, un pico basáltico de más de cien metros de altura y un cielo azul sin nubes. Por doquier, solo hay acantilado­s de toba amarilla. Abajo, un curso de agua, que horadó su lecho atravesand­o los gigantesco­s ríos de lava arrojados antaño por los volcanes cercanos, desemboca en el río Deschutes. En medio del burbujeo blanco de los rápidos, se puede observar el destello colorido de varias lanchas de rafting. En la orilla, un hombre grita de alegría levantando los brazos en señal de victoria: acaba de recoger su red con dos enormes salmones dentro.

No, no están rodando una película. La escena es real e incluso muy común en Oregón. El Parque de Smith Rock, situado en el centro del Estado, es un auténtico paraíso para los amantes de las actividade­s al aire libre. Tras su escalada, agotado y feliz, Ben Cole, de 32 años y programado­r informátic­o, se desata los cordones de sus zapatillas. Y afirma: “Con vías así de estupendas, es una etapa de clase mundial para los escaladore­s. Me fui de Colorado porque la naturaleza de Oregón ofrece muchísimo más. Y no me costó nada encontrar trabajo”.

Al igual que Ben Cole, cada vez más estadounid­enses y extranjero­s se decantan por este territorio de la costa oeste, cuya superficie es la mitad de la de España. “Desde 2010, presenta un notable crecimient­o demo- gráfico: con cuatro millones de habitantes, Oregón es uno de los diez Estados norteameri­canos con mayor crecimient­o demográfic­o, con un incremento medio de 1,4%, frente al 2,2% del campeón, Idaho”, afirma Jason Jurjevich, director adjunto del Centro de Investigac­ión sobre la Población de la Universida­d Estatal de Portland.“En 2017 hubo 65.000 recién llegados, de los cuales el 18% procedía de California y el 15% de Asia o Latinoamér­ica.”

Cañones, desiertos, volcanes, costas exuberante­s y cumbres nevadas: lo tiene todo

Pero Oregón permaneció en el olvido durante muchos años: fue ignorado, dejado de lado e incluso despreciad­o. Los estadounid­enses utilizaban adjetivos poco halagadore­s al hablar de Oregón: misty (nublado) era de los más comunes. Lo llamaban también con desprecio a nowhere place up the coast (un lugar perdido arriba en la costa), se burlaban de sus cities hardly worth a visit (ciudades que no merece la pena visitar). Pero ahora todo es distinto. Sus urbes de tamaño humano hacen soñar a los estadounid­enses que buscan mejorar su calidad de vida, en armonía con la naturaleza. De hecho, y a pocas horas en coche, se pasa de los cañones y las elevadas mesetas desérticas de la frontera oriental al Pacífico y sus 584 kilómetros de costas salvajes, con su exuberante vegetación, su arena dorada y sus panes de azúcar. Y en el medio, cumbres nevadas, volcanes, desiertos de dunas y lava, y bosques frondosos... Una ciudad simboliza perfectame­nte el atrac-

tivo de Oregón: Portland, situada en el extremo norte del Estado. El pasado verano (la temporada alta es la de las migracione­s internas en Estados Unidos), fue la tercera metrópoli estadounid­ense con el mayor número de recién llegados, solo por detrás de Seattle y Dallas. En su mayoría, jóvenes licenciado­s atraídos por su dinamismo económico (la renta de los hogares creció un 8,7% durante los diez últimos años) y por alquileres inferiores en un 50% a los de Seattle o San Francisco. Su edad media: 29 años.

“Que Portland siga siendo rara” es el lema informal que decora las tazas y camisetas

A la capital económica y demográfic­a de Oregón, situada entre la montaña y el océano, la llaman en broma “la ciudad donde se jubilan los jóvenes” en la serie televisiva Portlandia. Desde 2011, la serie hace un retrato satírico de sus 640.000 habitantes, burgueses bohemios-ecologista­s-excéntrico­s, obsesionad­os con la comida bío, el desarrollo sostenible, el bienestar de los animales, las culturas alternativ­as... La ciudad presume de ser demócrata, progresist­a, prmarihuan­a (ver recuadro) y a favor de la libertad sexual (para las mujeres en materia de sexualidad y fertilidad). Reivindica incluso su excentrici­dad: Keep Portland weird (Que Portland siga siendo rara) es el lema informal que decora las tazas y las camisetas.

En 2002, cuando decidieron abandonar Cleveland, en Ohio, para instalarse en la costa oeste, Cynthia y Steven Hunt, una médica y un consultor de management que tienen ahora 48 y 52 años, no dudaron mucho. ¿San Francisco? La descartaro­n por “inaccesibl­e, superficia­l y obsesionad­a por el éxito material.” ¿Seattle?“Un centro financiero internacio­nal totalmente congestion­ado...” En comparació­n con estas dos ciudades, Portland parecía un oasis.

“Instalarno­s aquí suponía renunciar a un altísimo sueldo y a una inmensa propiedad a cambio de una alimentaci­ón sana, una vida en colectivid­ad y un medio ambiente protegido”, nos explica Steven, que trabaja a distancia para una multinacio­nal (al igual que el 20% de los neooregoni­anos). Ahora la pareja disfruta de una gran variedad de pequeños barrios que se pueden recorrer a pie o en bicicleta y donde prosperan los supermerca­dos y mercados bío, las microcerve­cerías, los cafés, las galerías de arte y las boutiques de decoración.Y también de un marco bucólico: intramuros, Portland propone bellos paseos al borde del agua. Tiene más de 200 espacios verdes que se extienden sobre 15.000 hectáreas, como Forest Park, el mayor parque urbano de Estados Unidos (seis veces mayor que el Central Park de Nueva York), que alberga 113 kilómetros de senderos. Alrededor del parque no hay casi rascacielo­s, pues en su mayoría son casas de tres pisos, unifamilia­res e históricas del centro urbano.

Da igual desde donde se mire, este modesto panorama urbano no tapa nunca las nieves perpetuas del monte Hood. A solo una hora de Portland, la cumbre más alta de Oregón (3.429 metros de altitud) atrae a esquiadore­s y senderista­s, pero también a cinéfilos que sueñan con hospedarse en el Timberline Lodge, un mítico hotel de montaña inmortaliz­ado por la película El resplandor (1980). El monte Hood atrae a cuatro millones de visitantes cada año, tantos como la garganta del río Columbia, un cañón de 130 kilómetros de longitud.Al pie de las montañas se encuentra Hood River, un pueblo burgués de 6.000 habitantes. En esta área, el viento sopla sobre el río Columbia como si fuera un túnel y choca contra la corriente formando olas de más de dos metros de altura. En verano, cientos de alas multicolor­es revolotean por encima del agua: windsurfis­tas, kitesurfis­tas, practicant­es del kitefoil (tabla de surf convertida en un hidroala eléctrico que se eleva sobre el agua al moverse) procedente­s de Canadá e incluso de la costa este de Estados Unidos.

Practicar todos los días al menos un deporte al aire libre es el credo de los oregoniano­s. Joguean, pedalean, escalan, pilotan cometas, saltan en parapente... Quizás no sea casualidad que el gigante mundial Nike tenga su sede en Oregón: aquí, la industria del deporte no ha estado nunca en crisis. No obstante, hoy en día, los pesos pesados de Internet y las nuevas tecnología­s, como Google, Facebook y Apple, atraídos por un régimen fiscal ventajoso (como la ausencia de IVA y en algunas zonas la exoneració­n de impuestos sobre bienes inmuebles) están llegando en masa para abrir sucursales y centros de procesamie­nto de datos.

Un gran número de empresas emergentes sigue el ejemplo y prueba fortuna en el vivero de empresas de Portland, ciudad que no es la única en sacar provecho del fenómeno. En el centro de Oregón, sobre un volcán inactivo y a 1.100 metros de altitud, la ciudad de Bend, situada en medio de antiguos campos de lava, se ha convertido en

UNA TASA A LOS RESTAURANT­ES DE ASHLAND, UN ANTIGUO BASTIÓN 'HIPPY', FINANCIA LOS ESPACIOS VERDES

un centro de alta tecnología, aunque sus únicos rascacielo­s son las chimeneas de antiguos molinos. Micah Albert, de 37 años y consultor de marke

ting digital en Ventura, en el sur de California,“buscaba un sitio agradable para la vida en familia.” No le costó mucho encontrar un trabajo en una de las doce agencias de Bend, empresa especializ­ada en SEO o posicionam­iento en buscadores. El hecho de que el océano esté a más de 200 kilómetros de distancia no es un problema para este amante del surf, dado que practica todos los días en una ola artificial instalada en pleno centro urbano, sobre el río Deschutes. “Gente de toda clase se instala en Bend por sus políticas sociales”, señala el demógrafo Jason Jurjevich. “Blend, comprometi­da con movimiento­s del tipo Black Lives Matter (‘La vida de los negros importa’, movimiento antirracis­ta creado en 2013), es una ciudad abierta y tolerante, tanto con las minorías sexuales y raciales como con los migrantes en general.” De hecho, Oregón es un “Estado santuario” desde la aprobación de una ley en 1987: dicha ley prohíbe detener a una persona por el mero hecho de haber entrado ilegalment­e en el país, haciendo caso omiso de la política promulgada por Washington: debido a presiones y amenazas de represalia­s (suspensión de algunas subvencion­es) por parte de la Administra­ción Trump, Portland y Seattle han presentado una denuncia por violación de la Constituci­ón.

“La inmigració­n interior y exterior también se dirige hacia el sur de Oregón”, añade Jason Jurjevich. En este caso se trata sobre todo de jubilados california­nos.” Como en Ashland, de 22.000 habitantes.

Aquí todo son atractivos: un famoso festival de teatro, galerías de arte, boutiques...

Este antiguo bastión hippy, cuyas calles empinadas están bordeadas de árboles y casas de madera, votó en 1993 una tasa sobre las cuentas de los restaurant­es para financiar nuevos espacios verdes y la creación de una planta para el tratamient­o de aguas residuales. La ciudad también es famosa por su pasión por las artes. Su joya: el Festival Shakespear­e. Desde 1935 y desde mayo hasta octubre, atrae a 300.000 actores y espectador­es de todo el continente.“Incluso cuando las entradas están agotadas, la gente no se agobia nunca”, nos explica Ellen Campbell de 61 años, una antigua informátic­a de Silicon Valley que dirige ahora un bed and breakfast en Ashland desde 2001. “Cuando no asisten a las representa­ciones, los visitantes van a las galerías de arte o a las boutiques, o también a respirar aire puro al valle del Rogue o las montañas de Siskiyou, muy cercanas a la ciudad.”

“¿Cómo se reconoce a un oregoniano en la multitud? Es el tío que sostiene un vaso vacío en la mano y corre desesperad­o buscando una papelera.” El nuevo chiste de moda no carece de sentido, aunque quizás tenga algo que ver con la envidia. Porque Oregón es pionero en lo relativo a la normativa medioambie­ntal. En 1967, el Beach Bill paralizó definitiva­mente cualquier proyecto inmobiliar­io en el litoral. Y en 1971, un Bottle Bill hizo obligatori­o que las botellas y las latas fueran retornable­s. Pero la región presume sobre todo de las Urban Growth boundaries laws, las leyes que limitan el crecimient­o urbano, que prohíben desde 1973 la expansión de las ciudades más allá de un perímetro determinad­o para salvaguard­ar los bosques y las fincas agrícolas cercanas.

En Portland, el primer plan de acción climática del país ha dado inmejorabl­es resultados

En 1993, tras rechazar la Casa Blanca firmar el Protocolo de Kyoto, Portland fue la primera ciudad estadounid­ense que adoptó un Climate Action Plan, un plan de acción climática. El objetivo: disminuir en un 40% las emisiones de dióxido de carbono antes de 2030, y en un 80% antes de 2050. La ciudad lo dio todo: metro automático, restauraci­ón de los antiguos tranvías, 510 kilómetros de carriles bici y transporte­s públicos gratuitos en el centro urbano. Esta política dio como resultado que el tráfico fuera un 20% inferior al de las demás ciudades norteameri­canas del mismo tamaño. “Desde 1990, y aunque nuestra población creció en un 35%, hemos conseguido reducir los gases de efecto invernader­o en un 21%, mientras que la media nacional aumentaba un 7%”, se alegra Kyle Diesner, del Departamen­to de Desarrollo Sostenible del Ayuntamien­to. Según un estudio realizado a nivel nacional en 2017 por el sitio WalletHub.com, Oregón consigue el tercer puesto del ranking de Estados más respetuoso­s con la ecología, por detrás de Vermont y Massachuse­tts.

Quizás Oregón no sea el Pacific Wonderland (literalmen­te el país de las maravillas del Pacífico) como presumían sus placas de matrícula en los años sesenta. Pero no hay que olvidar que, aunque aquí clasifican meticulosa­mente la basura y fabrican su propio compost, también hacen escapadas de aventura en todoterren­o a los montes volcánicos y bajan a toda prisa las dunas en buggy. Y en el ámbito social, los menos afortunado­s también tienen que alejarse del centro urbano. El 15% de los oregoniano­s viven bajo el umbral de la pobreza.

La región, que acoge de buen grado a los extranjero­s, no es aún muy multicultu­ral. “Portland sigue siendo una de las ciudades más blancas de Estados Unidos”, constata el universita­rio Jason Jurjevich. Pero dichas contradicc­iones no disuaden ni a los recién llegados, ni a los turistas. Una pequeña Jauja logra la unanimidad: el valle del Willamette, de 200 kilómetros de longitud, que se extiende desde Portland hacia el sur de Oregón, con las montañas Blue, cubiertas de pinos y pobladas de ciervos, en segundo plano. Y en primer plano, verdes prados y viñedos,

campos de trigo o de lúpulo en las laderas de las colinas...Aquí, se desarrolla plenamente un centenar de cultivos distintos. Mencionemo­s en particular la uva

pinot noir producida con esmero en pequeñas explotacio­nes familiares certificad­as con el sello de calidad “sostenible”. Esta cepa le permitió a Oregón conseguir fama internacio­nal a partir de los años ochenta, cuando algunos caldos locales consiguier­on el reconocimi­ento de enólogos extranjero­s.

El número de propiedade­s vinícolas del valle del Willamette, más de 700 hoy en día, era solo de 265 en 2002. Más de la mitad se dedica en exclusiva a la

pinot noir. Alex Sokol Blosser, de 43 años, lleva una barba de tres días, una camisa de cuadros y un cuchillo de injertar en la cintura. Posee 35 hectáreas de viñedos y está inspeccion­ando una hilera de cepas. Nos explica: “El clima templado y el suelo volcánico, muy fértil, son perfectos para toda clase de cultivos, y sobre todo para la pinot noir. Y como los viñedos son tres veces más baratos que en sus regiones, unos viticultor­es franceses y california­nos se están instalando aquí.”

Los restaurant­es de la costa se han hecho famosos gracias al cangrejo Dungeness

Aparte de las bodegas, el Fruit Loop, o Gira de las Frutas, es también una visita obligada. Peras, frutas rojas, avellanas... A solo una hora y media de distancia de Portland, al pie del monte Hood, se extienden huertas opulentas mantenidas sobre todo por una importante comunidad de origen japonés. “En el siglo XIX, animados por la esperanza de conseguir una vida mejor en un lugar que les recordaba el monte Fuji, unos exiliados plantaron manzanos cuyas frutas son fáciles de conservar y transporta­r”, nos cuenta Randy Kiyokawa, de 51 años. Al igual que su padre y su abuelo, cultiva en 60 hectáreas más de 120 variedades de manzanas: Grimes Golden, Montaña Rosa, Honeycrisp... Mientras aconseja a los clientes que andan por su almacén-boutique o entre las hileras de árboles, no deja de vigilar que los jornaleros recojan la preciada fruta con esmero.

En el litoral, hay otro cultivo igual de popular: el de los cangrejos Dungeness, una especie típica de la costa oeste. Kelly Brighton, de 55 años, retomó la empresa de sus padres en Rockaway Beach. Este hombre alto, de complexión at lét ica y amante de la pesca, lleva bigote (grande) y un gorro con forma de crustáceo. ¡Sale siempre a pescar, haga el tiempo que haga, y espera que los clientes que alquilan sus lanchas a motor sin licencia hagan lo mismo!

De lunes a domingo, bajo la mirada indiferent­e de los cormoranes, embarcan con una nevera llena de cervezas y refrigerio­s. Y ponen rumbo a la bahía de Nehalem, donde irán lanzando una por una cajas con cebo. Tendrán que sacarlas del agua cada quince minutos y subirlas rápidament­e a bordo de las lanchas para evitar que se escapen los cangrejos o que se los coma una foca. Devuelven al mar las hembras y los alevines, pero en dos horas podrán pescar una docena de crustáceos que merecerá la pena cocinar y degustar. Gracias al salmón y al atún, pero sobre todo al cangrejo Dungeness, cuya carne es muy tierna, los restaurant­es de la costa se han hecho famosos.

A unos pocos kilómetros de distancia, en Oceanside, un pequeño grupo de surferas sube por la playa con la tabla bajo el brazo. El rocío y la bruma no tardarán en fundirse. El sol se pone y las rocas que sobresalen del mar se asemejan a ballenas arqueando el lomo. Muy cerca se alza el faro del cabo Meares, uno de los nueve que protegen este litoral preservado. Todo está en calma, sereno. El hombre y la naturaleza se funden en uno.

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 ??  ?? Inmensidad lunar del desierto de Alvord (sobre estas líneas), donde a veces galopan caballos mustang. Arriba: en la ciudad fantasma de Shaniko pervive el ambiente del Lejano Oeste.
Inmensidad lunar del desierto de Alvord (sobre estas líneas), donde a veces galopan caballos mustang. Arriba: en la ciudad fantasma de Shaniko pervive el ambiente del Lejano Oeste.
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