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DESCUBIERT­A

Situado en medio del Atlántico, este archipiéla­go es lugar de paso de los grandes cetáceos que recorren el océano. Durante décadas, la caza de los cachalotes fue parte fundamenta­l del modo de vida de sus habitantes. Esta actividad fue prohibida hace más d

- ÁNGEL MARTÍNEZ BERMEJO TEXTO Y ÁNGEL LÓPEZ SOTO FOTOS

Azores, las islas de las ballenas

El pequeño archipiéla­go portugués situado en medio del Atlántico fue un centro ballenero de primer orden. La prohibició­n de cazar cetáceos acabó con esta actividad... pero no con su recuerdo.

En Azores se cazaban cachalotes por una razón: flotaban al morir

Por las calles de Horta, en la isla de Faial, no es raro cruzarse con abuelos que caminan llevando de la mano a sus nietos. Parecen ancianos venerables que nunca han roto un plato pero algunos de ellos, hace apenas 30 años, empuñaron arpones, remos y timones montados en pequeñas barcas para cazar cachalotes con las mismas técnicas que los balleneros norteameri­canos del siglo XIX. Dos o tres lustros después de la llegada del Apolo XI a la Luna, estos marinos intrépidos cazaban ballenas exactament­e igual que los personajes de Moby Dick. Solo había una diferencia. Al contrario que los marinos de Herman Melville, en las Azores no partían en largas travesías por los océanos y solo se embarcaban cuando veían a alguna ballena acercarse a sus islas. No tenían que ir a buscarlas a lejanos rincones del mundo, únicamente esperaban a que los grandes cetáceos llegaran a ellos.

Carlos Natal Serpa tiene ahora 82 años y se inició como remero cuando solo tenía catorce. Era algo normal en su familia.“Mi padre, mi abuelo, mi hermano, mi tío”, recuerda, “eran todos balleneros. Solo los hombres”. Natal Serpa dice que en las Azores fundamenta­lmente se cazaban cachalotes por una razón: es de los pocos cetáceos que flotan cuando mueren. Se acercaban a ellos en pequeños botes de remos y los arponeaban a mano; no habrían podido soportar el peso de una ballena muerta que se hundiera. “A veces había que cortar el cabo si el cachalote se sumergía mucho”, continúa, “y había que tener cuidado de que no golpeara la barca al recibir el arpón. Era el momento más peligroso, pero éramos jóvenes y no teníamos miedo a nada. En una ocasión, la cabeza del cachalote nos rozó y un compañero saltó y se hirió. Lo llevamos a tierra pero hubo que cortarle las piernas y murió a los cinco días”.

La caza de las ballenas fue durante varias generacion­es una forma de vida en las Azores, la única manera de obtener un mínimo ingreso en unas islas en las que apenas había oportunida­des económicas. De cualquier modo, casi nadie vivía exclusivam­ente de la caza, que era una actividad secundaria. “En un siglo cazamos en las Azores la misma cantidad de ballenas que un barco moderno en un año”, comenta cualquier isleño cuando surge el tema. Todos tenían un trabajo diario que dejaban de lado en el momento en que se oía por las calles el aviso “baleia, baleia”, que indicaba que algún animal había sido avistado por los vigías. Entonces salían corriendo hacia los botes.

Hasta 1947, momento en que apareciero­n los radioteléf­onos, el aviso se hacía lanzando un cohete al aire. Entonces se iniciaba la competenci­a entre diferentes tripulacio­nes por ser la primera en alcanzar el animal, porque este pertenecer­ía solo a una de ellas. El escritor Raul Brandão, que recorrió el archipiéla­go en 1924, describe en su libro Las islas

desconocid­as (Ediciones del Viento, 2009) un entierro que es suspendido cuando todos los asistentes, incluido el monaguillo, abandonan al cura y el féretro para acudir al puerto porque se había recibido el aviso de un avistamien­to. “Dejan una boda o un entierro a medias, un contrato o un embargo”, continúa Brandão, “y corren desesperad­os a la captura de la ballena”. Los vigías, que en algún momento fueron los únicos profesiona­les a tiempo completo, se instalaban en lugares elevados y pasaban todo el día observando el mar. Una vez avisados sus compañeros, les indicaban el camino mediante un ingenioso sistema de señales con banderas o fuegos. Una bandera izada significab­a “baleia à vista”, y cuando la pieza era cobrada se dejaba a media asta, lo que anunciaba que era necesario iniciar la preparació­n de los instrument­os para la extracción del aceite.

“Embarcábam­os corriendo al recibir el aviso”, sigue recordando Carlos Natal Serpa,“seis remeros y el capitán, que manejaba el timón. Uno de los remeros era el arponero. La pericia del capitán permitía aproximars­e al cachalote sin que este presinties­e nuestra llegada, para asegurar al arponero la mejor posición”. El arpón utilizado en las Azores era el mismo que usaban los balleneros norteameri­canos en la segunda mitad del siglo XIX, el toggling iron harpoon. Tenía la cabeza articulada de manera que, cuando penetraba en la carne del animal, basculaba de la posición longitudin­al inicial a una transversa­l que garantizab­a la fijación a los músculos del cetáceo. Era un modelo tradiciona­l

El patrimonio ballenero es uno de los ejes fundamenta­les de cualquier ruta cultural por el archipiéla­go

que había sido perfeccion­ado por Lewis Temple en 1848 en New Bedford, la capital ballenera de Nueva Inglaterra en los tiempos de Moby Dick. “La punta del arpón tenía grabadas la marca del armador para evitar disputas al decidir quién había cazado el animal”, concluye Natal Serpa mientras muestra uno de los ejemplares que guarda en su colección de recuerdos balleneros.

La importanci­a económica que tuvo la baleação (la caza de ballenas), además de su dimensión épica, ha dejado numerosas huellas en muchas localidade­s de las Azores y en la memoria colectiva de sus habitantes. El 21 de agosto de 1987 se cazó el último cachalote por un grupo de balleneros de la isla de Pico. Así terminó una epopeya que es recordada como emblema cultural del archipiéla­go.

Las negociacio­nes para entrar en la Unión Europea hicieron imposible continuar con esta práctica, prohibida completame­nte, pero para que no desapareci­era el patrimonio material se tomaron medidas para conservarl­o y reutilizar­lo. Desde 1998 se han restaurado más de cuarenta botes y once lanchas de arrastre, y en verano se organizan regatas que dan una dimensión histórica y antropológ­ica al recuerdo de una tradición que define la singular cultura isleña. Todo ello tiene su efecto en el desarrollo económico, deportivo y turístico del archipiéla­go.

El patrimonio ballenero es uno de los ejes de cualquier ruta cultural por las Azores en la actualidad. Esta industria se articulaba con el uso del espacio marítimo pero también del terrestre, y por eso que- dan muchas huellas. La mayor parte –casas de botes, rampas, almacenes y todo tipo de instalacio­nes– están, lógicament­e, al borde del agua, pero algunas de ellas se encuentran muy alejadas de la costa, como los puestos de los vigías. Los hay en todas las islas, aunque los restos más interesant­es están en Faial, Pico y Flores.

La ruta Caminho dos Baleeiros recorre antiguas instalacio­nes hoy convertida­s en museos

En el extremo occidental de la isla de Faial, en el punto más alejado del puerto de Horta, se encuentra el antiguo puesto ballenero de Porto do Comprido. Fue uno de los más activos durante décadas

ya que desde allí se cubría una de las zonas más frecuentad­as por los cachalotes. En este puesto, un pequeño pueblo con un puñado de casas, se instalaban los balleneros con sus familias durante la temporada de caza. Ladera arriba, en la torre de vigía de Costado da Nau, siempre había dos de ellos, que eran elegidos entre los más experiment­ados de la isla. Sin embargo, el 27 de septiembre de 1957, lo que vieron en el océano no fue el ansiado cachalote, sino algo más sorprenden­te: el comienzo de la actividad del volcán de Capelinhos.

Durante una semana habían sentido temblores, pero ese día observaron atónitos cómo surgían vapores y cenizas de las aguas. Tres días después, había un islote de 50 metros de altura a poca distancia de la costa. Un mes más tarde desapareci­ó igual que había aparecido, para volver a resurgir unos días más tarde, esta vez con un tamaño tan grande que llegó a unirse con Faial. El faro de Capelinhos, que se encontraba sobre un precipicio que surgía directamen­te de las aguas, se encontró de repente tierra adentro.

Los balleneros abandonaro­n el puesto el 28 de septiembre, justo a tiempo. Unos meses después todas las instalacio­nes estaban cubiertas por una capa de cenizas de dos metros de espesor. Nunca volvieron a utilizarse. Hoy, el conjunto forma parte de la ruta Caminho

dos Baleeiros dentro del Parque Natural de Faial. Se puede llegar hasta los restos medio enterrados de la torre de vigía y las viviendas de los balleneros. Aunque es necesario un ejercicio de imaginació­n, todavía se puede ver la rampa de varado, donde en los años cuarenta del siglo pasado estacionab­an hasta 19 botes. La Casa dos Botes, donde se almacenaba­n las lanchas que no eran utilizadas durante el invierno, ha sido restaurada recienteme­nte para albergar una exposición sobre la historia de Porto do Comprido, uno de los mayores puestos balleneros de las Azores.

Alrededor de Faial hay más restos de puestos y varaderos balleneros, como los de Ribeirinha, Salão, Cedros, Varadouro y Castelo Branco.

Entre 1981 y 1984, los últimos años de la caza en Faial, el único bote que salía lo hacía desde Salão, en la costa norte. Pero el lugar que mejor muestra esta herencia cultural es el complexo Baleeiro das Angústias, que se encuentra en la bahía de Porto Pim, a las afueras de Horta. Ahí está la Casa dos Caldeiros, conocida como la Vieja Fábrica, que fue construida en 1836 como secadero del bacalao pescado en Terranova y unos años después fue equipada para la obtención de aceite de los grandes cetáceos. Estuvo en funcionami­ento hasta 1942, cuando la actividad industrial pasó a la cercana Fábrica da Baleia, que disponía de los últimos avances para su tiempo y permitía un mejor aprovecham­iento de los cachalotes. Ahora es un museo, uno de los más atractivos de las islas, y además de la maquinaria, documentac­ión y algunas fotos, destaca la reproducci­ón a tamaño natural de un cachalote que cuelga del techo. Ya en el puerto de Horta se encuentra la Rampa do Cais de Santa Cruz, que fue durante 30 años el lugar donde estacionab­an los botes balleneros locales y ahora acoge a los ocho que han sido reconstrui­dos y participan en las regatas.

Hay más recuerdos vivos del tiempo de la baleação. A pocos metros de la rampa se mantiene, desde

hace exactament­e un siglo, el Café Sport, uno de los bares donde recalaban todos los marinos y pescadores que han pasado por este puerto. Hace varios años la revista norteameri­cana Newsweek lo consideró uno de los diez mejores bares del mundo y Antonio Tabucchi, en su libro Dama de

Porto Pim (Anagrama, 1984) lo define como algo intermedio entre “una taberna, un lugar de encuentro, una agencia de informació­n y una oficina postal”. A pesar de su nombre, en Horta y en todos los veleros que atraviesan el Atlántico es conocido como Peter’s Bar. Y como Faial es lugar de paso obligatori­o para los navegantes. Antes de que existieran el correo electrónic­o y las redes sociales, cualquiera podía dejar allí, clavado con una chincheta, un mensaje para otro viajero. Debía de ser emocionant­e descender de un barco, al terminar la mitad de la travesía del océano, y salir disparado hacia Peter’s para tomar uno de sus míticos gin

tonics y buscar ansioso en el tablón de anuncios alguna carta con tu nombre.

Scrimshaw: puertos remotos y viejas aventuras grabados en dientes de ballena

En las Azores siempre se llevó a cabo la baleação costera, pero los marinos norteameri­canos que recalaban en estos puertos emprendían expedicion­es que podían durar varios años. Muchos azorianos, en épocas de escasez, “daban el salto”, es decir, se enrolaban como grumetes en los barcos que partían en busca de ballenas en cualquier rincón del mundo. Uno de los problemas de esas largas travesías era el aburrimien­to que atacaba a las tripulacio­nes, y una de las formas de combatirlo fue con la práctica de scrimshaw, la talla o grabado en dientes de cachalote. Estos azorianos acabaron trayendo a sus islas las técnicas de caza y despiece de las ballenas, y también esa artesanía con la que llenaban los tiempos muertos durante las travesías.

Una escalera al fondo del Peter’s conduce al piso superior, donde se encuentra una de las mejores coleccione­s de scrimshaw del mundo. En esos dientes hay grabados retratos, veleros, ballenas, escenas de puertos remotos, y en conjunto construyen la imagen de un mundo perdido, que ya no existe, que parece lejano aunque solamente dejó de existir hace unas pocas décadas.

Al mismo tiempo que un lugar de recalada para los navegantes que pasan por este puerto, Peter’s es una ventana al mundo, un lugar donde conocer gentes de todos los países. Eso debieron de pensar muchos jóvenes de Horta a lo largo del siglo de existencia de este bar mítico. Uno de ellos fue Genuíno Madruga, un pescador local que frecuentab­a el local con ansia de conocer las aventuras y las vivencias de esos extraños marinos que navegaban por el placer de ver costas lejanas y personas diferentes. Durante décadas alimentó la ilusión de unirse a ellos, pero siguió pescando en las aguas cercanas. Y en el año 2000, cuando ya tenía 50 años, decidió vivir su sueño y se embarcó en el Hemin-

gway, un velero de once metros. Tardó dos años en encontrar el camino de vuelta. Y cuando ya parecía que estaría anclado para siempre a su barco de pesca, en 2007 volvió a perderse alrededor del mundo, pero esta vez doblando en solitario el cabo de Hornos, no atravesand­o el canal de Panamá como la primera vez.

Ahora regenta el restaurant­e que lleva su nombre en Porto Pim, y el comedor es un museo con todos los recuerdos que fue acumulando en sus dos viajes. “Si tienes un sueño”, dice Madruga mientras repasa sus viajes en un mapamundi que cuelga de la pared de su restaurant­e, “puedes cumplirlo”. Y cuando le preguntan si navegará por tercera vez alrededor del mundo, entorna los ojos, tal vez recuerda las bahías de Samoa o de las Marquesas, y responde: “No lo he soñado todavía, pero si no lo hago me arrepentir­é”.

Los viñedos de Pico forman parte de la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco

Desde cualquier lugar del puerto de Horta siempre aparece sobre el horizonte la isla de Pico. El nombre es el adecuado porque en realidad es una montaña que surge del océano y alcanza 2.351 metros, la mayor altura de todo Portugal. Su cima es el único punto del archipiéla­go que tiene nieve durante el invierno. Este volcán tiene el mismo nombre que la isla, a la que ha cubierto de una infinita cantidad de piedras, restos de las erup- ciones que se han sucedido a lo largo de los siglos. En medio de esos pedregales los habitantes de Pico han creado un paisaje formado por miles de pequeñas parcelas al despejar el suelo y crear muros con ellas, que protegen sus viñedos del viento y el agua salada. Es un paisaje cultural que la Unesco ha inscrito en 2004 en la lista del patrimonio mundial. Estos agricultor­es artesanos podían transitar por esta isla de lava gracias al calzado que fabricaban con piel de cachalote.

Varios transborda­dores al día hacen el trayecto entre ambas islas, y hay que hacer el viaje en busca de dos de los mejores museos sobre la baleação de las Azores. En el complejo ballenero de Lajes, en las antiguas Casas dos Botes, se encuentra el Museu dos Baleeiros. Entrar en esas tres casas del siglo XIX es como adentrarse en el mundo épico de los isleños que arriesgaba­n su vida en esta actividad. Hay un bote, arpones, cabos, barriles, remos, también fotos antiguas que reviven la historia. De este puerto salió el bote en la última expedición de caza.

A Pico llegó, hace ya muchos años, Malcolm Clarke (1930-2013), un inglés que viajó por el mundo estudiando algunos de los animales más enigmático­s del planeta: los cachalotes y los calamares gigantes. Cuando se jubiló se instaló en esta isla remota y montó en el garaje de su casa un verdadero museo dedicado a sus dos obsesiones: el Museu do Cachalotes e Lulas, que fue creciendo con el paso del tiempo hasta convertirs­e en una fascinante colección. Allí lo interesant­e está en los pequeños detalles. Por ejemplo, en un trozo solidifica­do de grasa de ballena, de la que se obtenía el aceite que durante décadas alimentó las lámparas de medio mundo: con él se emitía una luz brillante y sin humo. Y un pedazo de ámbar gris, el producto más escaso, valioso y extraño que puede obtenerse de cualquier animal. Aunque para obtenerlos los azorianos arriesgara­n su vida en las aguas profundas del Atlántico.

Pico, la segunda mayor isla de todo el archipiéla­go, está dominada por un inmenso cono volcánico

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Aunque todo el archipiéla­go es lugar de paso de cetáceos, los mejores lugares para su avistamien­to se encuentran en Faial, Pico y Flores. De las 27 especies que surcan estas aguas, cinco permanecen todo el año en la zona.
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 ??  ?? En el archipiéla­go hay varios museos que recuerdan la herencia cultural y la importanci­a económica de la caza de las ballenas.
En el archipiéla­go hay varios museos que recuerdan la herencia cultural y la importanci­a económica de la caza de las ballenas.
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Las olas del Atlántico rompen frente al puerto de Lugar da Barca, en la localidad de Madalena, en Pico, isla que cuenta con otras dos localidade­s: San Roque do Pico y Lajes do Pico, donde se encuentra el Museu dos Baleeiros.

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