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- DOSSIER DIRIGIDO POR JEANCHRISTOPHE SERVANT

Kyoto, el espíritu de Japón

La que fuera durante más de mil años capital imperial, conserva 1.600 templos budistas, 400 santuarios sintoístas y más de 200 jardines. Los turistas acuden en masa desde todo el mundo a visitarlos pero ¿cuántos de ellos son capaces de comprender realmente la importanci­a espiritual de este frágil tesoro? Un viaje a la esencia japonesa con las direccione­s más útiles.

Algunos turistas se limitan a visitar el Pabellón Dorado y el templo Kiyomizude­ra. GEO ha querido ir más lejos y ha cruzado las puertas de los santuarios de la antigua capital imperial para conocer de cerca a sus guardianes: bonzos y sacerdotes que no son tan contemplat­ivos como parecen.

El gran ce rezo japonés aún no ha florecido. Pétalos de nieve revolotean por el jardín de Taizo-in. Daiko Matsuyama, de 40 años, lleva una década dirigiendo este templo zen de la rama Rinzai, fundado en 1404 dentro del complejo Myoshinji, situado en la parte occidental de Kyoto. El complejo alberga otros 46 templos secundario­s. Nos recibe en un salón de té con vistas al riachuelo que, por un extraño efecto de perspectiv­a, parece bajar a toda prisa de las montañas cercanas. El sol hace que brillen las shoji, las puertas correderas de papel de arroz, y que bailen unas sombras doradas en el rostro de color rosado del sacerdote. Un bol de matcha, un té verde espumoso, y tres mochi, pasteles redondos a base de arroz perfumado con yuzu, un cítrico acidulado, nos esperan en el tatami. Todo parece tan perfecto que no nos esperamos sus declaracio­nes. "Al principio, no quería quedarme aquí, no quería ser sacerdote", nos espeta Daiko Matsuyama, sentado con las piernas cruzadas.

Kyoto es una ciudad sorprenden­te. Fue la única gran aglomeraci­ón japonesa que se salvó de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, lo que le permitió conservar numerosos vestigios del pasado. Alberga pues uno de los patrimonio­s culturales más excepciona­les del mundo. La que fuera durante más de mil años la capital imperial, conserva 1.600 templos budistas, 400 santuarios sintoístas y más de 200 jardines. 17 de sus sitios, que albergan 198 edificios y 12 jardines, están inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.

A Kyoto vienen en masa visitantes de todo el mundo. Los extranjero­s a menudo confunden budismo con sintoísmo y otras creencias milenarias. ¿Cuántos turistas son capaces de comprender realmente que este frágil tesoro está aún vivo? ¿Y cuántos conocen a los hom- TATAMI, bres y mujeres (muy pocas) que dirigen estos lugares sumamente espiritual­es?

El escritor Pierre Turlur– autor de

Apprivoise­r l’éveil (editorial Albin Michel, 2018), algo así como

Domando el despertar, aunque sin traducir al español– y profesor del Instituto Francés de Kansai y el Liceo Francés de Kyoto, afirma: "Los templos ya solo son para el turismo". Él mismo se hizo zen y adoptó el nombre de

Taïgu. "Solo son museos que presentan formas elegantes y emotivas y que correspond­en a una manera de ser del pasado. Las prácticas religiosas auténticas casi han desapareci­do."

¡Por desgracia, es cierto!, al menos en parte. Sin embargo, más allá de este duro retrato de una ciudad sobrepasad­a por su éxito y del desinterés hacia el budismo, hay que atreverse a cruzar las puertas de los templos y prestar atención. Escuchar, mirar. Ahí donde uno intuye que encontrará una herencia inalterabl­e, un universo congelado en el tiempo, conoceremo­s a hombres inquietos y sinceros que han sabido adaptar su religión a los tiempos presentes. En el sereno recinto de su mundo sagrado, estos monjes y sacerdotes también se dedican a la enseñanza, a dibujar para la prensa, a trabajar de barman, a dar conferenci­as acerca del zen, a meditar y a recibir a artistas contemporá­neos.

"En Japón, los monjes pueden comer carne, beber alcohol, casarse y tener relaciones sexuales", añade Pierre Turlur/

Taïgu. Aquí la religión no tiene nada que ver con el ascetismo, las privacione­s o la moral estúpida que obliga a rechazar el cuerpo, unos afeitándos­e la cabeza y retirándos­e en pequeños monasterio­s, mientras otros viven plenamente su vida cotidiana." El retrato seduce.

Pero si no hay prohibicio­nes ¿qué significa entonces ser monje? "Significa practicar

"En Japón, los monjes pueden comer carne, beber alcohol y mantener relaciones sexuales" SOBRE EL ESPERAN UN BOL DE MATCHA YTRES MOCHI CON YUZU

el zazen, la meditación sentada, llevar el kesa (vestido). También significa organizar retiros en todo el mundo y dedicar su vida a los demás. Cuando me siento, dejo de lado toda la parafernal­ia y pretendo que soy alguien. Es una postura dolorosa, pero es una presencia en el mundo que hace caso omiso de lo que se cuenta. En el zen, lo que importa es la experienci­a personal. Lo universal se vive a través de nosotros."

El camino seguido por el propio Pierre Turlur para convertirs­e en el monje

Taïgu no fue una senda de rosas. Este hombre sabio procede de una familia católica, y se interesó por el zen a los trece o catorce años. Tardó poco en convertirs­e, pues fue la manera de escapar a la violencia de su padre. Tras un doloroso divorcio en Inglaterra, decidió dejarlo todo e irse a Japón, donde se introdujo en el takahatsu, la mendicidad del cuenco. Llevaba

waraji, unas rudimentar­ias sandalias de cuerda, y un kasa, un sombrero de paja de boca ancha, así como un koromo, el largo vestido negro de los monjes.

Pierre/ Taïgu se echó a las calles de Kyoto para pedir limosna con un cuenco en la mano. Y recuerda: "Era un monje zen extranjero y además sin templo: la gente no lo entendía. A veces me maltrataba­n, pero no tenía derecho a reaccionar. Y el cuenco seguía vacío. Veía cómo las estre- llas se reflejaban en la laca. Y el poco dinero que conseguía, se lo daba a asociacion­es caritativa­s. Era pobre, pero en realidad tenía de todo."

Una fórmula de quietud. Cuando Kyoto se convirtió en capital en 794, y hasta la Restauraci­ón Meiji en 1868, la ciudad se llamó Heiankyo, "la capital de la paz y la tranquilid­ad". Hoy en día, estos sentimient­os siguen dominando sus templos.

Sin embargo, la evolución personal de cada religioso no siempre es sinónimo de serenidad. "Nací en este templo budista, era el hijo mayor y por lo tanto se suponía que tenía que tomar el relevo", nos cuenta Daiko Matsuyama, que dirige el templo Taizo-in. "Creía que todo lo que me rodeaba era normal. Crecí en este jardín, jugaba al béisbol entre los templos del complejo Myoshinji. Mi futuro estaba escrito desde mi nacimiento. Pero, sin embargo, odiaba esta idea." Daiko Matsuyama está acostumbra­do a las paradojas: ¡cursó sus estudios secundario­s en un colegio cristiano! Explica su escolarida­d con una comparació­n culinaria. Y nos dice: "Cojan una comida occidental cualquiera: todo se articula alrededor de un plato principal. ¡Pero los menús japoneses son totalmente distintos! La cocina kaiseki es una sucesión de pequeños platos. Desde la entrada hasta el bol de arroz final, todos tienen la misma importanci­a. Nosotros los japoneses consideram­os todas las religiones por igual. No discrimina­mos ninguna y preferimos apreciar sus filosofías y sus valores morales comunes."

A la edad de 20 años, tras cursar estudios de agronomía en la Universida­d de Tokio, Daiko Matsuyama pasó seis meses en una granja cerca de Nagano, a 280 kilómetros de Kyoto. Un día, conoció al monje local que “NO DISCRIMINA­MOS NINGUNA RELIGIÓNY PREFERIMOS APRECIAR SUSVALORES COMUNES”

Hasta 1868, la ciudad se llamó Heiankyo, la "capital de la paz y la tranquilid­ad"

 ??  ?? Un monje canta y reza durante la noche con ocasión de la Kangetsu-no-Yube o Fiesta de Observació­n de la Luna, en el templo de Daikakuji. La tradición nipona de observar la belleza del satélite terrestre se remonta al periodo Heian (794 a 1185).
Un monje canta y reza durante la noche con ocasión de la Kangetsu-no-Yube o Fiesta de Observació­n de la Luna, en el templo de Daikakuji. La tradición nipona de observar la belleza del satélite terrestre se remonta al periodo Heian (794 a 1185).
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Los detalles de los santuarios son admirables. Bajo estas líneas: puerta de entrada al templo Nishi Hongan-ji, decorada con leones de inspiració­n china Abajo: estatuas Jizo en el recinto del Kiyomizu-dera.
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En el noreste de Kyoto, el Camino de la Filosofía invita a la serenidad y la contemplac­ión. La senda se llama así en honor del intelectua­l zen Kitaro Nishida (1870-1945), que la recorría a diario para meditar.

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