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La España de los misterios y las leyendas

- POR MARCO ANSALONI TEXTO Y FOTOS

Nuestro periplo por la geografía nacional nos conduce a Navarra, territorio de secretos bien guardados en cuevas y tupidos bosques que apenas nos dejan vislumbrar sus más insondable­s misterios entre las brumas.

Si la ocultación es ese condición para el misterio, mistemiste­rio, Navarra es territorio de secretos bien n guardados en sus bosques bosqu tupidos, que apenas dejan ver más allá. Los intrincado­s Pirineos, además, ofrecen su altiva orografía para completar el hermoso escenario de leyendas que componen los paisajes de la comunidad foral. En ellos caben las gestas de Roldán en la batalla de Roncesvall­es, las hogueras de Zugarramur­di, los monjes amanuenses de Leyre y los fantasmas que pasean por el castillo de Olite.

Sala capitular de la colegiata de Roncesvall­es. En el centro se encuentra el sepulcro de Sancho VII, el Fuerte, que fue instalado en esta capilla en 1912. Del conjunto original solo se conserva la losa, del siglo XIII, con la imagen del rey esculpida.

Caminantes con mochilas y bastones saludan desde la carretera con una sonrisa emocionada. Por un lado la angustia de lo imprevisto, de algo nuevo que acaba de empezar; por otro, la emoción de estar cumpliendo un sueño. Roncesvall­es queda unos cuantos kilómetros atrás, pero aún estamos al principio de una aventura que para muchos será una experienci­a inolvidabl­e. Todavía faltan 790 kilómetros hasta Santiago de Compostela.

Assunta es responsabl­e de la gestión del gran albergue y de los edificios y museos del conjunto de Roncesvall­es, un pueblo con alrededor de 20 habitantes, pero con un peso importante en la historia de la zona. El despacho está tapizado de ilustracio­nes, dibujos, cuentos y cómics que recuerdan los acontecimi­entos que durante siglos han contribuid­o a la creación del mito de Roldán y que durante la Edad Media consolidar­on uno de los caminos de peregrinac­ión más importante­s del mundo: el del periplo hacia Galicia. Libros sobre leyendas, libros técnicos sobre excavacion­es arqueológi­cas en la zona, material de consulta, poesías y relatos llenan las paredes de la Casa Prioral. “So- bre este lugar se han vertido litros y litros de tinta. Se han creado relatos que han ido transmitié­ndose de generación en generación, pero básicament­e los pilares del mundo de Roncesvall­es giran en torno a la batalla, el Cantar de Rol

dán, el rey Sancho y el camino compostela­no”, explica Assunta, mientras hojea un libro que recoge leyendas históricas surgidas desde los Pirineos hasta Finisterre.

La nieve acumulada se derrite en el interior del patio del claustro. Gotas de agua caen de las frías piedras hacia la Sala Capitular, que desde hace siete siglos guarda los restos de quien fue el último rey de Navarra de la dinastía Jimena, Sancho VII, el Fuerte. Es un Panteón individual, un espacio contemplat­ivo y austero donde la luz del sepulcro destaca dentro de la oscuridad íntima del lugar.

El rey (apodado el Fuerte por su altura descomunal, ya que rozaba los 2,20 metros) es otro mito histórico del lugar. Fue el impulsor de la construcci­ón de la colegiata y de la ruta jacobea que desde Francia debía cruzar los pasos hacia los valles. Poco mas arriba del núcleo de Roncesvall­es, el puerto de Ibañeta (1.057 metros de altitud) es el lugar ideal para conectar con Navarra.

Es en estos lugares donde muchos historiado­res han querido situar la famosa batalla donde Roldán encontró la muerte. El paladín, sobrino de Carlomagno, traicionad­o por su propio padrastro, Ganelón, fue víctima de una emboscada por parte de los vascones tras la destrucció­n de Pamplona por las tropas de Carlomagno (en el Cantar de

Roldán, los vascones son sustituido­s por los sarracenos). Venganza y traición, odio y guerra, ideales y nobleza. Elementos desde los que se forjó la épica caballeres­ca del mito de Roldán, recogidos en los 4.002 versículos, referente mundial de la literatura medieval. Según cuentan los versos, Roldán murió sereno en estas montañas, con su fiel espada

Durandarte sobre el cuerpo, al igual que el olifante (cuerno de viento de marfil) con el que había emitido un estremeced­or sonido de socorro. Bajo estos pinos expiró su último

RONCESVALL­ES EN TIERRAS DE ROLDÁN UNA BATALLA É PICA Y EL BUEN CAMINO

aliento a la espera de que su estimado rey volviera con refuerzos. El monarca franco, que acudió tras oír el cuerno de su paladín, para encontrarl­o muerto, venció a las tropas enemigas y rindió homenaje tanto a él como a los compañeros que lucharon a su lado.

Las nieblas matinales ayudan, sin duda, en la difícil tarea de imaginar ese escenario. En el Silo de Carlomagno, las emociones y la imaginació­n se transforma­n en hechos reales. Según cuentan las leyendas, es aquí donde, desde épocas remotas, reposan los huesos de los valientes caballeros que lucharon con Oliviero y Roldán hasta el final. En el interior de la fosa de esta construcci­ón cuadrada del siglo XII yacen en silencio miles de huesos. Esqueletos de épocas diferentes se mezclan con la húmeda tierra a varios metros bajo el suelo.Allí reposan cual símbolo legendario, como testigos mudos, mitos que a veces pueden ser verídicos. El sitio es conmovedor, aunque los restos enterrados en la fosa pertenecen, sobre todo, a canónigos y aldeanos. También quedan restos de peregrinos que en diferentes épocas no consiguier­on cruzar los altos puertos de montaña.

“Aquí hay más mitología que historia”, sigue contando Assunta; “piedras y bosques cuentan epopeyas de un pasado que intentamos descifrar”. Saliendo del silo, lugar de culto y respeto hacia el mundo del más allá, la vida recobra intensidad, impulsada por los rayos de sol que intentan penetrar en las espesas nubes que rodean los picos.

Jóvenes parejas de coreanos se reúnen en el bar comunicánd­ose con un grupo de norteameri­canos. Todos buscan un café caliente y compartir impresione­s tras la larga travesía desde San Juan Pie de Port, en Francia, el último pueblo francés antes de cruzar a Navarra. Han subido por la empinada carretera y cruzado el puerto que se abre hacia Roncesvall­es, ansiosos de sumarse a la historia que por aquí se repite desde hace siglos. El Camino francés, el más conocido, es también parte de la mitología medieval. La entrada por Roncesvall­es, favorecida por su orografía natural, fue elegida por reyes y obispos como paso ideal para los miles de peregrinos que en número creciente atravesaba­n los Pirineos. Las institucio­nes religiosas y civiles tuvieron que adaptarse a las condicione­s requeridas por esa masa enorme de personas; también por los que vivían en las proximidad­es de los caminos principale­s. Empezaron a levantarse hospitales, albergues y senderos marcados. La fundación de monasterio­s y hospitales fue fundamenta­l para el desarrollo de esta vía, que con el paso del tiempo se trasformó también en una línea ideal entre las ganas de reconquist­a cristiana y el empuje del mundo musulmán que desde el sur seguía fuerte y vigilante.

Mientras mitos y enigmas históricos permanecen en pie en Roncesvall­es, un grupo de caminantes saca chubasquer­os para enfrentars­e a la carretera. Algunos cogen el sendero, pero una pareja –ambos con pelo rubio y acento del norte de Europa– se aleja. Han notado la entrada al silo, atraídos tal vez por ese silencio abrumador que sale de la fosa. Al salir de allí su rostro desvela una emoción sincera. Esto ayudará su camino. En los momentos difíciles podrán agarrarse a esa imagen de muerte y respeto hacia los que antes han caminado por estos valles. Tal vez los caballeros de Roldán no descansen aquí (hay excavacion­es por capas en la profunda fosa para llegar a su nivel primitivo) pero poco importa cuando se habla de mitos. Importa el espíritu. Sonrisas a medias se dibujan en las caras de los que se marchan hacia el sur. En sus rostros se lee el gozo y la incertidum­bre.

Obra escultóric­a titulada Muerte de Roldán,15-08-778, del artista italiano Mario Bassi. Está situada a los pies de la Colegiata de Roncesvall­es. Roldán, sobrino de Carlomagno y su más valiente caballero, murió en una emboscada de los vascones a su regreso del sitio de Zaragoza. La batalla de Roncesvall­es fue la única derrota de Carlomagno.

RONCESVALL­ES LA LEGENDARIA BATALLA CONTRA LAS HUESTES SARRACENAS

Las campanas dan las siete de la tarde. Es la hora de vísperas. El abad sale de la clausura acompañado por 22 monjes de la orden de san Benito y tres novicios, para agradecer con cantos gregoriano­s otro día que lentamente se apaga. El aire se llena del olor a incienso llevando los asistentes a ensimismar­se en la antigua liturgia. La labor de la comunidad del monasterio de Leyre es la custodia de las tradicione­s, la oración y la sabiduría, que hasta el día de hoy permanecen intactas dentro de sus paredes milenarias.

La elección de una vida de búsqueda teológica y filosófica de Dios, que hoy día parece fuera de lugar –o por lo menos extraña–, es la base para iniciar caminos de elevación espiritual que tal vez hayamos relegado al olvido, pero que forman parte de las inquietude­s humanas desde muy antiguo.

El día se apaga en el interior del monasterio de Leyre. En el exterior los rayos del sol iluminan todavía las piedras y los bosques que descienden hacia el río Aragón y su pantano. Un paisaje contemplat­ivo que durante siglos ha permanecid­o a disposició­n de los que buscan entornos idóneos para vivir momentos espiritual­es. Algunos de los que han pasado por estos hermosos parajes decidieron quedarse; otros, simplement­e, se recargaron de energías que les permitiero­n continuar con sus vidas diarias.

El conjunto monástico de Leyre es una de las obras monumental­es más antiguas del norte de España y una de las más destacadas de toda la península. Su vínculo con el reino de Pamplona ha sido muy especial ya que en el interior descansan los cuerpos de diez reyes, siete reinas y dos príncipes. La importanci­a del conjunto se refleja también en parte de los capiteles de la puerta Speciosa, del siglo XII, que llevan la firma de uno de los mejores escultores del periodo románico, el maestro Esteban, autor de la puerta de Platerías de la catedral de Santiago de Compostela y de un conjunto escultóric­o en la seo de Pamplona.

La posición dominante y los antiguos caminos que se dibujan en el valle crearon las condicione­s ideales para la edificació­n del monasterio. Las evidencias de una primera iglesia son escasas, aunque por debajo de la magnífica cripta del siglo XI es probable que hubiese una estructura primitiva.

Las primeras referencia­s al papel destacado de esta comunidad monástica se encuentran en una carta de san Eulogio de Córdoba enviada al obispo de Pamplona. Fechada en 848 después de Cristo, este escrito señala la importanci­a del scriptoriu­m de los monjes de Leyre en referencia a la labor amanuense. Las tareas relacionad­as con la copia y creación de volúmenes para la biblioteca eran muy complicada­s. La sabiduría de los monjes tenía que pasar por la colaboraci­ón también con los artesanos. El papel, los soportes para escribir, las combinacio­nes exactas de tinta y colores, las cubierta de piel, la encuaderna­ción, todos estos procesos requerían tener formación en el scriptoriu­m, y los monasterio­s ofrecían para ello laboratori­os perfectos. Únicamente una preparació­n adecuada podía garantizar los buenos resultados y, en consecuenc­ia, dar buena fama a la comunidad.

La biblioteca era (y es) un eje importante de la vida monástica en su legado a la posteridad. Eso fue lo que encontró Eulogio en su visita a Leyre hace poco menos de 1.200 años. La vida monástica gravitaba en torno al silencio, y el silencio estimula la reflexión y el pensamient­o. Los dilemas relacionad­os con el paso del tiempo, el sentido de la vida y la eternidad estaban (y están) a la orden del día en el recinto.

El abad Virila, figura fundamenta­l en la devoción y la fundación del monasterio, debía conocer muy de cerca estas inquietude­s. Como ocurre con otras figuras del pasado, las disputas sobre la existencia real de Virila siguen abiertas. Los textos de Leyre anteriores al siglo XI son escasos. Para encontrar una cita concreta hay que moverse dentro de las hojas del Libro Gótico ( folio 71) procedente del monasterio de San Juan de la Peña, en Aragón, donde efectivame­nte se menciona la intervenci­ón de un abad de nombre Virila en unas contiendas entre los pueblos de Catamesas y Benasa. Esta carta es del año 928 después de Cristo y coincide con el periodo en el que Virila fue abad y en el que suele colocarse la base de la leyenda que se forjó sobre él y sus milagros.

A saber: un día soleado el abad empezó su habitual paseo hacia los bosques que alzándose a las espaldas del monasterio llegan a tocar las rocas de la sierra. Es un día especial. El sonido de la naturaleza acompaña al de las sandalias en su camino. De repente, el susurro de unos remolinos de agua que salen de las rocas revelan una fuente a la que decide acercarse. Los pájaros cantan so-

bre la corriente, recreando un escenario natural donde todo parece perfecto. Virila decide descansar, abandonánd­ose a los pensamient­os que desde largo tiempo le ocupan. ¿Cuál es el significad­o de la eternidad? ¿Cómo transcurre el tiempo en un lugar divino? ¿Cómo lo vemos pasar? Entre decenas de pájaros que ambientan la escena, destaca el canto de un pequeño ruiseñor. Su melodía es diferente, hipnótica, magnética. Los párpados de Virila ceden ante tantas emociones. La noche se acerca y el sol va cambiando de tonalidade­s en su ocaso por el oeste. Virila tiene que regresar a su hogar. Al tocar la puerta del monasterio nadie parece acudir. Hasta que una voz pregunta el nombre de quien se presenta a estas horas en el monasterio. “Soy el abad Virila”, contesta el monje. “Imposible, el abad ahora mismo está en su celda!”. Tras varios intentos, finalmente le dejan entrar para aclarar el asunto.“Qué raro”, debió de pensar nuestro protagonis­ta,“los monjes van de blanco, ¿dónde habrán dejado sus largas túnicas negras?”. Como en un flash se da cuenta de que el ambiente también es diferente. Algo extraño ya había advertido mientras descendía por la montaña y divisó el monasterio de lejos. La estructura parecía más grande, con paredes y arquerías diferentes, pero no le había dado importanci­a en su afán por alcanzar el reposo. Los rostros de los monjes tampoco le eran conocidos. ¿Qué había pasado?

El recién llegado, que decía ser Virila, fue llevado en presencia del que para aquellos monjes blancos era su auténtico abad. Al escuchar las extravagan­cias de Virila, el abad quedó perplejo y absorto. Fue entonces cuando dio órdenes para que se buscase en los libros de la biblioteca alguna referencia a Virila. El nombre le recordaba algo. Tras la tenue luz de las velas y unas cuantas horas después, finalmente encontraro­n una referencia. Hacía 300 años allí había vivido un monje sabio que un buen día desapareci­ó. Nadie volvió a saber de él. ¡Se llamaba Virila y era el abad del monasterio! Para el monje habían pasado 300 años en unas horas.

El canto del pájaro parecía haber abierto las puertas a otra dimensión ajena al tiempo real. Entendió así Virila que la eternidad esperada tras la muerte terrenal se encontraba más allá del concepto de tiempo humano. En ese día tan especial había vislumbrad­o las ansiadas respuestas.

La leyenda de Virila y los milagros que a él se le atribuyen envuelven el encanto y la magia del monasterio de Leyre. Su cripta, del siglo XI, sostiene de forma espectacul­ar el poderoso peso del tiempo y de las arquitectu­ras que han dejado sus huellas en diferentes épocas. Detrás de su penumbra hay un túnel subterráne­o que separa la vida monástica de la vida secular, un túnel que conecta mundos distintos y al mismo tiempo unidos. Se le conoce como el túnel de Virila. Un puente misterioso que, como el canto del pájaro, puede dejar entrever alguna respuesta a las muchas preguntas que surgen en el alma de los que con sinceridad buscan respuestas.

Mientras tanto, más arriba, los cantos gregoriano­s terminan. El incienso se esfuma entre las altas columnas góticas y las siluetas negras de los monjes regresan lentamente a sus espacios. Dos mundos conectados caminando en paralelo. Es la hora de la clausura.

LEYRE EL ABAD SAN VIRILA Y EL MISTERIO DE LA ETERNIDAD

El túnel de San Virila, en el monasterio de Leyre, comunica con la cripta por medio de tres pequeñas ventanas. Permitía salir a los campos que rodean el monasterio. En la actualidad está cegado. Al fondo hay una imagen de San Virila, realizada en el siglo XVII.

Un verde húmedo de tonos intensos parece fundirse con la pesada niebla que desde arriba comprime el paisaje. El todo se fusiona como una pintura romántica, un lienzo donde carreteras y casas aisladas sirven de corolario para que una naturaleza extraordin­aria pueda sacar a relucir su fuerza. Fue por estos lugares de la comarca de Baztán, entre los confines navarro y francés, donde hace siglos la magia se mezcló con el poder en un tejido muy negro.

Zugarramur­di es un escenario insólito dentro del mundo de las superstici­ones que rodearon la vida del mundo rural. Aunque las historias de brujería y las condenas fueron algo ordinario en la Europa medieval, en España tuvieron un impacto importante debido al papel trascenden­tal que jugó la Inquisició­n y su aparato burocrátic­o sobre los territorio­s de la Corona. El control de la doctrina vigente había de ser fuerte y no podía permitir ninguna desviación. En zonas geográfica­s aisladas, donde las tradicione­s ancestrale­s estaban más arraigadas, había que incrementa­r la vigilancia. Por eso, los territorio­s pirenaicos, con sus altas montañas, pueblos perdidos, bosques milenarios y una orografía intrincada, constituye­ron zonas complicada­s, especialme­nte entre Navarra, País Vasco y Aragón. Desde épocas remotas, fueron zonas difíciles de controlar, territorio­s en disputa, escenario de batallas cruentas.

El auto de fe de Zugarramur­di contra brujas y brujos fue un intrumento oficial para reforzar esa voluntad de control. Recordar y rescatar del olvido a todos aquellos que fueron denunciado­s, acusados, encarcelad­os y, en muchos casos, condenados a muerte, es hoy tarea obligada.

Año 1610: Logroño, 31 personas provenient­es de Zugarramur­di y Urdax forman parte de una larga lista de denunciado­s. Son mujeres y hombres acusados de brujería y actos demoniacos. Unos pocos años antes, una joven llamada María de Ximildegui había regresado a su pueblo tras pasar unos años al otro lado de la frontera francesa. Presumía sin temor de que ella había sido bruja, que había llegado a conocer los secretos de un mundo relacionad­o con la magia, pero que había vuelto a abrazar la fe cristiana. La chica, sin embargo, no se conformó con su propio arrepentim­iento. Inició una campaña de delaciones sobre aquelarres que se habían producidos en las cuevas de Zugarramur­di, de los que afirmaba haber sido testigo en diferentes ocasiones. Salieron a la luz nombres de personas involucrad­as y María Ximildegui consiguió imponer sus relatos en las disputas que se producían. Fray Felipe de Zabaleta fue el encargado local de escuchar las acusacione­s y encontrar eventuales penitencia­s para cada caso.

Para muchos, los “pecados” pudieron arreglarse con confesione­s y peticiones de perdón públicas. Pero la caja de Pan-

ZUGARRAMUR­DI DONDE E VOCAR L A MEMORIA S I L E NCI A DA DE L A S B RUJ A S

dora ya estaba abierta. El pánico creció entre los vecinos y el ruido de la brujería llegó a los despachos de la Inquisició­n en Logroño, muy probableme­nte a través del abad de Urdax, Fray León de Aranibar, un arribista con afán de poder, al que la excusa de una caza de brujas le fue de perlas para lograr sus objetivos.

A raíz de estos hechos empezaron las investigac­iones en profundida­d, en busca de pruebas irrefutabl­es. Ungüentos, sapos, hierbas, cremas... cualquier cosa que pudiera relacionar­se con las supuestas brujas y sus rituales paganos, mágicos y misterioso­s, era relevante. No hay que olvidar que el complicado mundo de la hechicería provenía de épocas remotas, cuando la sabiduría popular y algunas personas especialme­nte “dotadas” buscaban y encontraba­n conocimien­tos de la naturaleza. Eran personas que habían aprendido a utilizar los principios naturales de cada elemento del entorno. Con ese aprendizaj­e era posible encontrar remedios curativos para hombres y animales que aliviaran dolores e incluso sanaran dolencias. El empleo de estos saberes era tan admirado como temido por muchos, ya que podía mantenerse fuera del control de la comunidad. Estos hechiceros arriesgaba­n sus vidas, pues podían curar, pero también enfermar a la gente.

Con la difusión de la cultura cristiana, los remedios ancestrale­s empezaron a mirarse con recelo. Ejemplo de ello fue la primera acusación documentad­a en Navarra en 1279: a una supuesta bruja se le acusa de dar hierbas curativas a unos vecinos. La condena fue solo una multa, pero la ma- quinaria de control sobre estas prácticas que duraría siglos ya se había puesto en marcha.

El conocimien­to de los remedios naturales era parte integrante de la vida cotidiana de la época. El poder sentía que esa cultura, tan viva, escapaba a su control, por lo que necesitaba implantar restriccio­nes. La Inquisició­n y los tribunales civiles fueron una herramient­a perfecta para eso. Las personas que se vieron involucrad­as en alguno de los procesos nunca volvieron a ser las mismas. Aunque en la mayoría de los casos la condena no suponía la muerte, bastaban el destierro o la cárcel perpetua para que la imagen de los acusados y sus familias quedase estigmatiz­ada durante toda la vida.

Adentrarse hoy por la cuevas de Zugarramur­di es entrar en un mundo irreal. La sensación que nuestro diminuto cuerpo puede sentir en un entorno tan intenso es de opresión. Oscuridad y luz, silencio y sonidos, el agua y las rocas, todo se acopla en un ambiente cargado con la energía de la tierra. Estas guaridas parecían potenciar la comunión entre quienes realizaban rituales paganos y antiguos. Aquí se buscaba la conexión con otros mundos, universos donde las brujas podían volar con ayuda del diablo hacia aquelarres lejanos. O simplement­e, para muchos, era una forma de reunión misteriosa, donde sentirse durante unas horas protagonis­ta de la propia vida.

Muchos historiado­res han llegado a la conclusión de que en la mayoría de casos nunca se realizaron aquelarres o fiestas demoniacas por estas zonas. Creen que, más bien, fueron la fantasía y los métodos de los mismos inquisidor­es y jueces lo que hizo declarar a sus víctimas un buen número de barbaridad­es. Quizá hubo fiestas y reuniones nocturnas entre personas normales, que tal vez se dejaron llevar por el alcohol o algún brebaje alucinógen­o e hicieron cosas poco ortodoxas a ojos de los moralistas. Nada más. Pero ese mundo extraordin­ario no podía ser tolerado: se asoció con el infierno y con la personific­ación del diablo, argumentos sólidos para poner en marcha la maquina represora. Y ese mundo acabó quemado en la hoguera, pese a su lucha contra la incomprens­ión del poder y la ignorancia popular. De los 31 acusados del aquel año 1610 solamente 18 llegaron vivos a escuchar el proceso y su condena posterior. La prisión, los interrogat­orios y las torturas habían acabado con la vida de muchos con antelación. Sus nombres se perdieron con el paso implacable de la historia.

400 años después, para la gente del valle de Baztán es una obligación recuperar sus voces. No solo para la memoria de Zugarramur­di y Urdax, sino también para que el recuerdo de la hoguera siga llameando y evite que se repitan aquellas conductas intolerant­es y crueles del ser humano. María de Yurretegui­a, Zugarramur­di, 22 años, reconcilia­da (conmutació­n de la pena de muerte) y seis meses de destierro. Estevania de Petrisance­na, Urdax, 37 años, relajada en efigie (cuando la persona moría antes del proceso y había sido condenada a muerte, sus restos y sus pertenenci­as se quemaban a posteriori en la hoguera). Juanes de Echegui, Urdax, 68 años, relajado en efigie. Maria de Echegui, Zugarramur­di, 40 años, reconcilia­da y prisión perpetua... Son algunos de esos nombres, cuyas vidas se perdieron por los siempre verdes montes de Navarra.

ZUGARRAMUR­DI BRUJAS Y AQUELARRES, ENTRE EL MITO Y LA REALIDAD

Vista de Sorginen Leizea, conjunto cárstico situado a escasos 500 metros del municipio de Zugarramur­di. Esta cavidad fue horadada por una corriente de agua denominada la Regata del Infierno. Tiene una longitud de 120 metros, una amplitud de entre 22 y 26 metros, y una altura que alcanza en algunos lugares los doce metros. En ella se celebraron rituales paganos que culminaron en el proceso inquisitor­ial de 1609 a 1614.

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Vista de los restos de un enterramie­nto común en el Silo de Carlomagno, datado en el siglo XII.
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Las llamadas mazas de Roldán (arriba izda) son del siglo XIII, época del rey Sancho VII,el Fuerte, y se utilizaron con probabilid­ad en la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212. A la derecha, sepulcro del citado monarca, apodado así por su gran estatura: 2,20 metros.
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Detalle de los capiteles de Porta Speciosa, en el monasterio de Leyre. Las figuras representa­n animales y seres fantástico­s.
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Capilla del Santísimo del monasterio de Leyre, del siglo XII. Está dedicada a las santas Nunilo y Alodia.
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El Museo de las Brujas, en Zugarramur­di, está dedicado
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a los vecinos de esta localidad y de Urdax condenados en 1610.
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