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Inglaterra, ¡tan lejana y cercana a la vez!

CAMBIAMOS DE MUNDO AL CRUZAR LA LÍNEA DE DEMARCACIÓ­N VIRTUAL QUE SEPARA ESCOCIA DE SU GRAN VECINA? NUESTRO PERIODISTA HA VIAJADO HASTA AHÍ PARA TOMAR EL PULSO A ESTA FRONTERA QUE NO LO ES EN REALIDAD.

- POR VINCENT REA TEXTO Y JULIEN DANIEL  FOTOS

Br it áni c a pr i mero; luego escocesa!” Jean Farish, con su pelo rizado que haría palidecer de envidia a la mismísima reina Isab e l I I , l o t i e n e c l a r o. E s t a voluntaria septuagena­ria dirige en Kippford el bazar de la Royal National Lifeboat Institutio­n, una organizaci­ón británica de caridad para salvar vidas en el mar. Y afirma: “¡Aquí no somos nacionalis­tas!” Es cierto que este pequeño puerto situado en el suroeste de Escocia, resguardad­o del embravecid­o mar de Irlanda, parece totalmente ajeno al discurso secesionis­ta. Los únicos gritos son los de las gaviotas sobrevolan­do los tejados de las bonitas casas blancas del puerto. La mayoría de sus habitantes son jubilados, algu- nos ingleses, que disfrutan de la suavidad de su clima... social. “Si Escocia se independiz­ara, nos incorporar­íamos a Inglaterra”, afirma sonriendo Jean. En septiembre de 2014, votó “no” a la pregunta: “¿Debería Escocia ser un país independie­nte?”. Lo mismo hizo el 55,3% de los escoceses y dos de cada tres en las regiones fronteriza­s. Dos años después, en 2016, con motivo de la votación sobre el Brexit, ejerció su voto a favor de permanecer en Europa (como el 62% de los escoceses) y lamenta el resultado del escrutinio, que ha tenido repercusio­nes incluso en Kippford: 17 casas puestas en venta hace varios meses siguen todavía sin comprador.

Inglaterra está a dos pasos de Kippford. Basta con bordear la costa del fiordo de Solway, una amplia ensenada orillada de prados de sal donde se aventuran las vacas a pesar de la bruma. Ponemos rumbo al este, hacia el pueblo de Longtown, situado en el condado inglés de Cumbria y famoso por su mercado de ganado. En el pueblo, el ganado bala y muge. El despacho de Ian Thompson, el director de operacione­s, da al parking donde se alinean los semirremol­ques procedente­s de todo el Reino Unido. Ian, de apenas 40 años, nos da un punto de vista muy compartido por la gente de la reg ión que disf r ut a de pleno empleo. Y afirma: “Al ser inglés, no pude participar en el referéndum escocés, ¡pero habría votado a favor de la independen­cia! Porque a mi país le iría mejor sin Escocia: ya no tendría que darle más subven-

ciones.” La dotación del Estado británico alcanza las 10.000 libras anuales (unos 11.500 euros) por habitante. Pero es neces ario pre cis ar que Esco cia también contribuye al presupuest­o del Reino Unido.

La frontera, situada a menos de ocho kilómetros de Longtown, corta por la mitad un paisaje agrícola de color verde intenso. El antiguo muro de Adriano, situado del lado inglés, es una muralla de piedra seca de un metro y medio de alto que fue edificada por los romanos para protegerse de los ataques de los bárbaros. Hoy en día esta antigua frontera atraviesa los prados y ya no separa a nadie. El verdadero límite entre Escocia e Inglaterra está situado más al norte, en los montes Cheviot que alcanzan los 815 metros de altitud. En Carter Bar, la carretera A68 cruza estos volcanes durmientes desde hace siglos. Más abajo se libró en 1575 la famosa batalla de Redeswire que comenzó con un intercambi­o de insultos entre escoceses e ingleses y acabó con la derrota de éstos.

“¡Soy nacionalis­ta, pero no quiero salir de Europa!”

La bandera escocesa, un aspa blanca (o cruz de san Andrés) sobre fondo azul, flota en el área de descanso que atraviesa la f ront e r a . El c o c he d e Al l a n Smith siempre está estacionad­o en el área, ya llueva o truene. Lleva puestos un kilt y una gorra, y siempre tiene a mano una gaita. Vende todo lo que pueda llevar los colores escoceses: banderines, peluches, lápices... Y exclama: “¡Soy nacionalis­ta pero no quiero salir de Europa! Escocia se las apañaría muy bien sin el resto del Reino Unido: tenemos petróleo y producimos nuestra carne, nuestro pescado y nuestras verduras.” ¿Un deseo imposible? “Efectivame­nte, una Escocia independie­nte se beneficiar­ía de una parte importante de los ingresos del gas y el petróleo”, nos confirma Christian Lequesne, profesor del Instituto de Estudios Políticos de París y especialis­ta de la política exterior y europea de la UE. Tendría una mayor autonomía fiscal y más libertad en materia de salud y educación. Pero perdería las subvencion­es de Londres, lo que conlle varía probableme­nte un aumento de impuestos. También perdería una parte de su estatus internacio­nal y la gran fuerza del Reino Unido para sus exportacio­nes.”

No es de extrañar que los nacionalis­tas hayan suf rido un fuerte descalabro en las últimas elecciones legislativ­as y ya no se atrevan a convocar un segundo referéndum, cuyo resultado sería muy incierto. La ministra principal de Escocia, la independen­tista Nicola Sturgeon, señaló que pospone indefinida­mente su IndyRef2, las siglas del nuevo referéndum sobre la permanenci­a de Escocia en el Reino Unido. “El futuro de Escocia dependerá de la relación que Londres cree con la Un i ó n E u r o p e a”, añade Christian Lequesne. “Un Brexit duro, que implique la salida del mercado interior y de la unión aduanera, podría alentar a Edimburgo a escoger la vía de la independen­cia. Pero n a d i e s a b e l o qu e ocurrirá realmente.” S egún un sondeo elaborado en enero de 2018 para el Times, solo el 43% de los escoceses desea independiz­arse de los ingleses.

En Kirk Yetholm, ya casi nadie habla del IndyRef2. Esta aldea, situada en los Scottish Borders y rodeada de prados llenos de ovejas, atrae a muchos senderista­s porque es la etapa final del Pennine Way, un GR de 431 kilómetros de largo que atrav i e s a e l nor te de Ing l ate r r a , desde Sheffield hasta la frontera escocesa. En la plaza de la aldea, el pub –The Borders– acoge a los senderista­s que bajan del cerro aledaño. Un poco oxidados de tanto caminar, no suelen tardar en quitarse sus pesados borceguíes para calzar sandalias y masajearse sus doloridos miembros, antes de entrar en el local y pedir una pinta de cer veza bien merecida. ¿Saben que han cruzado una frontera? “¡En ab- soluto!”, responden al unísono. La línea de demarcació­n, invisible, sigue hacia el noreste bordeando el tranquilo río Tweed que irriga Coldstream. Este gran pueblo se enorgullec­e de haber dado a la Corona sus temibles Coldstream Guards (un regimiento de tropas de choque). Y algunos de sus soldados –con chaqueta roja y gorro alto de pelo negro– montan guardia en el palacio de Buckingham.

A unos 20 kilómetros del pueblo, en la parte inglesa del litoral del mar del Norte, Ber wicku p o n - Tw e e d e s u n p u e r t o típicament­e británico donde los cisnes forman círc ulos en el agua a pesar de la tenaz llovizna que cae. El pueblo fortificad­o pasó a ser definitiva­mente inglés en 1482 tras cambiar de manos nada menos que trece veces. Pero el antiguo condado colindante de Berwicks hi re s i g ue s i e ndo e s c o c é s . En e l p e - queño puerto de Saint-Abbs, el faro d o mi n a l a s a g u a s cristalina­s, calentadas por una desviación de la Corriente del Golfo. En 1984, se creó aquí la primera reserva marina del Reino Unido para proteger sus magníficos fondos en los que se pueden encontrar especies que se suelen habitar en aguas más cálidas.

Al inglés Rob Harbour, un treintañer­o en forma, le gusta bucear en est as aguas: “S olo llevo cuatro años viviendo en Escocia”, confiesa este investigad­or de biología marina. “Pero me siento muy ligado a esta tierra porque pasé parte de mi infancia aquí.” Rob afirma que es indiferent­e a la idea del independen­tismo. “Con el Brexit, ¡me avergüenzo de mi país! El futuro está en los intercambi­os y la colab oración, y no en el egoísmo y el aislamient­o.” Esta frontera, que une en lugar de separar, es buena prueba de ello. ¿Pero por cuánto tiempo?

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Del lado inglés, el muro de Adriano, que servía antaño para proteger la provincia romana de Britania de las invasiones “bárbaras”, serpentea por los prados desde hace 2.000 años. La frontera entre Inglaterra y Escocia, de 154 kilómetros de longitud, no sigue el trazado del muro y se extiende más al norte.
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Las dos terceras partes de los escoceses que viven cerca de la frontera con Inglaterra votaron en contra de la independen­cia.

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