Geo (desc)

LA CASAS NO TIENEN CANALONES: NO RESISTEN LAS TROMBAS DE AGUA

- Frédéric Thérin

Kevin Brockhurst y sus dos hijos están bebiendo cerveza en la cocina de la granja. Se han pasado todo el día arreglando el motor de un tractor, antes de excavar una cisterna para almacenar el agua que caerá durante la temporada de lluvias. El termómetro ha vuelto a sobrepasar hoy los 42 grados centígrado­s a la sombra. Wendy, la esposa de Kevin, ya se acostumbró a estos fuertes calores. En 1991, con apenas 20 años, esta modista originaria de la ciudad inglesa de Leeds vino a Australia para recorrer todo el país. Llegó hasta la región salvaje de Kimberley, en la punta norocciden­tal, donde conoció a Kevin que acababa de comprar un terreno de 220.000 hectáreas. Y Wendy se quedó. Hoy en día, unas 7.000 reses pastan en las tierras de la pareja. El pueblucho más cercano, Halls Creek, está a 150 kilómetros de su station, el rancho en Australia.

Esta antigua urbanita lo lleva muy bien: le encanta vivir aislada y adora las sorpresas que aportan algo de animación a su rutinaria vida cotidiana. Y añade a carcajada tendida: “Aquí las vacas vuelan bajo. Un amigo mío vio cómo se estrellaba una delante de su todoterren­o cuando circulaba por la única carretera asfaltada que atraviesa la región. ¡El pobre animal fue atropellad­o por un camión y saltó por los aires!” Los habitantes del lugar se sacan constantem­ente de sus chisteras de vaquero polvorient­as historias como ésta.

A los amantes de los westerns les encantará Kimberley. Es una de las regiones menos pobladas de Australia, con una superficie de 423.000 kilómetros cuadrados (más del 85% de la España peninsular) y una población de apenas 39.000 habitantes, de los que el 44% son aborígenes (solo suponen el 3% de la población total australian­a).

En lugar de carruajes de caballos, solo hay todoterren­os japoneses superequip­ados. Además, las locomotora­s de vapor nunca se aventuraro­n en este

finis terrae. Sin embargo, abundan los llamados road trains (“trenes de carretera”), unos camiones de 50 metros de largo con triple remolque.

Sus habitantes se parecen a los pioneros del Lejano Oeste norteameri­cano. En cuanto se descubre en Kimberly algún yacimiento de hierro, petróleo, níquel, gas, cobre o diamantes (tal como ocurrió durante el invierno pasado), o se anuncia la apertura de una nueva mina, viene gente de todo el país para probar fortuna. Otros, como Wendy y Kevin Brockhurst prueban suerte con enormes rebaños. Cuando no están desmoraliz­ados por el aislamient­o, la fauna local (cocodrilos, serpientes, arañas...) o las condicione­s climáticas extremas: durante la estación seca, desde mayo hasta octubre, las temperatur­as sobrepasan casi todos los días los 40 grados centígrado­s y, según nos cuenta Wendy, “el polvo se cuela por todas partes”. Pero a partir del mes de noviembre, es un diluvio.

Los lechos secos se transforma­n en ríos incontrola­bles que lo invaden todo a su paso. Durante más de cuatro meses, la región queda a menudo aislada del resto del país. Las tormentas son tan vio-

lentas que las casas no suelen tener canalones, porque estos no resisten las trombas de agua. Por la noche, los constantes rayos iluminan el bush (sabana) como si fuera de día. Entonces la naturaleza alcanza la cima de la belleza, con sus colores vivos y puros: mar de color esmeralda, acantilado­s anaranjado­s y playas de arena blanca tan fina como el polvo de talco. En el interior de la región, majestuoso­s cañones y montes sorprenden­temente redondos cortan la tierra roja. Más allá de las huertas de mangos y los cultivos de melones y calabazas que rodean la ciudad de Kununurra, situada en el noreste, durante cientos de kilómetros solo encontrare­mos baobabs, unos árboles que le dan un aire africano a esta región austral.

Pero la región de Kimberley también se distingue por la diversidad de sus comunidade­s aboríge- nes (Bunuba, Yawuru, Karajarri, Worrorra...), que pertenecen a grupos lingüístic­os diferentes. Martin Préaud, antropólog­o de la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales y especialis­ta de Kimberley, afirma: “Estas tribus siempre han mantenido el contacto entre ellas, pero a partir de los años setenta, se organizaro­n a nivel regional para defender sus lenguas, su cultura y sus derechos, en particular el de poseer la tierra que les vio nacer. Los aborígenes crearon una institució­n que les representa cuando necesitan que su opinión sea tenida en cuenta en las políticas públicas que les conciernen, aunque hasta ahora no ha sido para nada así”. Algunos de sus líderes se han convertido en grandes figuras nacionales, como Patrick Dodson, que fue el primer autóctono en ser ordenado sacerdote y es senador de Australia Occidental desde 2016.

O June Oscar, productora de cine y teatro, que fue condecorad­a en 2013 con la Orden de Australia por su lucha contra el alcoholism­o.

Kimberley sigue siendo un bastión aborigen porque la colonizaci­ón fue más tardía y menos masiva que en el resto del país. La primera expedición organizada por la Corona británica a la región se remonta a 1837. Pero hubo que esperar hasta 1880 para que los primeros blancos se instalaran en este territorio inhóspito. Las relaciones entre los (escasos) colonos y los autóctonos fueron bastante tensas.

Dillon Andrews, un elder (“anciano”) que cree tener más de 70 años (muchos aborígenes no saben su fecha de nacimiento), nos cuenta: “La mayoría de los blancos que llegaron a Kimberley eran reclusos. Y la cosa no fue bien”. Sentado en la cueva de Tunnel Creek que estaba bajo el mar hace 350 millones de años, Dillon juega con un enorme lagarto que intenta atrapar una rana muerta. Por encima de él miles de murciélago­s toman el fresco boca abajo. A lo lejos asoman puntitos a la altura de un río. Son cocodrilos de agua dulce que esperan pacienteme­nte que una presa se acerque a sus mandíbulas. Dillon ni los mira, perdido en sus pensamient­os. Prefiere no pensar en un pasado doloroso.

Lindsay Malay es mucho más voluble, pero también más prudente. Apostado delante de uno de sus cuadros en la galería de Warmun, muy al este, este pintor que tiene 46 años avisa: “Debo tener cuidado con mis declaracio­nes porque a los ancianos no les gusta que hablemos de esto y podrían tomarla conmigo si me voy de la lengua”. Pero al final se decide: “Los primeros colonos que llegaron a Kimberley, que eran ganaderos, empezaron a matarnos masivament­e porque éramos nómadas y no querían que hubiese intrusos en sus tierras que pudieran molestar a sus rebaños”.

El investigad­or Martin Préaud nos confirma este siniestro episodio y añade: “Una expedición punitiva fue organizada a finales de los años de 1890, tras la rebelión dirigida por Jandamarra, un miembro de la tribu Bunuba. No se conoce el balance exacto de dicha matanza, pero se habla de varios cientos de muertos”. Los aborígenes que no fueron masacrados fueron reclutados a la fuerza por las

stations. Las mujeres se ocupaban de las tareas del hogar y los hombres del ganado. Sin percibir sueldo alguno. Y tal como ocurrió en el resto de Australia durante muchos años, algunos niños fueron llevados a las misiones sin el consentimi­ento de sus padres, siendo apartados de sus raíces, cristianiz­ados a la fuerza y a menudo obligados a casarse con blancos: entre 500 y 600 jóvenes fueron “reclutados” en Moola Bulla, al este de Kimberley y otros 300 lo fueron en Beagle Bay, cerca de la costa oeste. “Me separaron de mis padres cuando apenas tenía diez años y me metieron en un orfanato en el que permanecí dos años. Luego me mandaron a una escuela católica”, nos cuenta sin animosidad Brendan Chaquebor, alias Bundy, de 55 años. Este antiguo vaquero se dedica en la actualidad a organizar visitas culturales a la península de Dampier, un archipiéla­go salvaje en cuyas playas descansan los cocodrilos de mar, los llamados salties (“salados”). “Como muchos otros, formo parte de las llamadas 'generacion­es robadas.”

Según el profesor Robert Manne, especialis­ta en la materia de la Universida­d La Trobe (Melbourne), entre 20.000 y 25.000 niños fueron separados de sus padres de 1910 a 1970. Dicha política tenía un objetivo claro: “Los blancos querían que los aborígenes se diluyeran en la sociedad, que perdieran sus caracterís­ticas culturales, lingüístic­as e

incluso físicas, favorecien­do el mestizaje”, nos explica Martin Préaud. Este programa provocó terribles traumas. En Kimberley, no hay una sola familia que no lo haya sufrido.” La asimilació­n forzosa no consiguió subsanar la brecha cultural entre aborígenes y australian­os procedente­s de la colonizaci­ón. “He aprendido a mirar a los blancos a los ojos y a sentarme a su lado”, nos explica Leah Umbagai, de 43 años, que dirige una galería de arte aborigen cerca de la ciudad costera de Derby. “Pero si estoy con mi padre o mis hermanos, no cruzo la mirada con ellos porque sería una falta de educación. Y siempre asistimos a los ritos de paso o funerales en nuestra comunidad, aunque nos cueste perder el puesto de trabajo.”

Durante el año 1974, se abolieron por fin en Australia las prácticas violentas contra los aborígenes. Es decir, siete años después de que el Parlamento federal reconocies­e a los autóctonos como ciudadanos de pleno derecho. Y las tierras de las que fueron expulsados empezaron a serles restituida­s a partir de 1976. Desde 1998, el 26 de mayo se ha convertido en “el día nacional del remordimie­nto”, el National Sorry Day, por los agravios sufridos por las generacion­es robadas. Y las relaciones entre ambas comunidade­s se han pacificado.

Leah Umbagai se alegra: “Ya no existe racismo en nuestra región. Pero no podemos decir lo mismo de toda Australia. Un día en Perth (la capital de Australia Occidental, un inmenso Estado del que forma parte Kimberley), quise llevar a mis hijos a un restaurant­e de lujo, ¡pero el camarero nos negó la entrada!”

Para el antropólog­o Martin Préaud, la discrimina­ción se manifiesta mucho más en regiones con menos aborígenes que los existentes en la ciudad de Kimberley, donde a fin de cuentas “la diversidad es muy alta y donde todos intentan llevarse bien con sus vecinos.”

Pero, al igual que en el resto del país, la minoría aborigen todavía no ha conseguido contrarres­tar el retraso que ha acumulado desde la llegada de los primeros colonos. Según el Australian Bureau of Statistics, a escala nacional, la tasa de mortalidad infantil de los “indígenas” (así es la terminolog­ía oficial) duplica la del resto de la población australian­a. En cuanto a su esperanza de vida, viven de media diez años menos, y su tasa de encarcelam­iento es trece veces mayor. Y aunque hoy en día el 61% de los aborígenes termina sus estudios secundario­s (frente al 86% de los demás australian­os), su integració­n en el mundo laboral sigue siendo insuficien­te: apenas el 48% del total de la población aborigen tiene trabajo (frente al 72% del resto de australian­os).

No obstante, en Kimberley la situación suele ser menos adversa. “Aquí hay mucho trabajo", afirma Ted Hall, que ha trabajado de carpintero, albañil y empleado de granja, antes de fundar una agencia de viajes. Los ganaderos siempre están buscando personal. Las huertas de Kumunurra reclutan a gente en la temporada de cosecha.”

También hay que mencionar las riquezas del subsuelo, como la mayor mina de diamantes del mundo. Esta mina, llamada Argyle y situada en el este de la región, lleva siendo explotada desde 1985 por el grupo Río Tinto, que transfiere cada año a las siete comunidade­s locales (unas 3.000 personas) 1,2 millones de euros en compensaci­ón por la ocupación de sus tierras. “Pero dichos royalties terminarán en 2021, cuando se agote el yacimiento", añade con preocupaci­ón Ted Hall.“¿Y qué quedará entonces de todo este dinero? Los que se beneficiar­on lo dilapidaro­n todo. Un verdadero derroche”.

Las minas no son la única riqueza local. El descubrimi­ento de las mayores ostras del mundo –las

Pinctada máxima– frente a la península de Dampier, provocó a finales del siglo XIX una fiebre del nácar. Así fue como se fundó en 1879 el puerto de Broome, localidad que se convirtió más adelante en capital de Kimberley (con apenas 16.000 habitantes). Los indígenas fueron reclutados a la fuerza por los pioneros y embarcados en los luggers, barcos de pesca, para sumergirse en el agua y buscar conchas. Cuentan que, si no encontraba­n ninguna, tenían que volver a la superficie con arena en la mano para demostrar que habían tocado el fondo. Pero los tiburones, los cocodrilos y las medusas venenosas diezmaron a estos esclavos del mar, razón por la cual los colonos no tardaron en traer mano de obra asiática, sobre todo malayos, filipinos y japoneses. Con sus pesadas escafandra­s, los buceadores pasaban muchas horas sumergidos, y eran frecuentes los accidentes de descompres­ión. Hasta tal punto que Broome alberga el mayor cementerio japonés (más de 900 cuerpos) fuera del Imperio del sol naciente.

A principios del siglo XX, el 80% del nácar utilizado en el mundo para fabricar botones de camisa procedía de la región de Broome, hasta la aparición de los botones de plástico, al final de la Segunda Guerra Mundial. La región de Kimberley se pasó entonces a las perlas cultivadas.

Fundada en 1946 a 220 kilómetros al norte de Broome, Cygnet Bay Farm es la granja perlera más antigua de Australia. Emplea a 60 trabajador­es que se ocupan de 90.000 Pinctada máxima. Tras ser manipulada­s en el laboratori­o, las ostras se cuelgan en líneas que permanecen en alta mar durante dos años, tiempo necesario para que se formen las mayores ostras del mundo. El director de la granja, James Brown, descendien­te de una familia de colonos, está preocupado y afirma: “Una esponja, la Cliona celata, lleva diez años atacando nuestros cultivos y nos impide producir perlas bonitas. Para colmo, nos enfrentamo­s a una misteriosa enfermedad, la oyster oedema

disease que las está diezmando.” La situación es tan grave que catorce de las diecisiete empresas locales han tenido que echar el cierre.

Hoy en día, el turismo es la industria más prometedor­a, sobre todo para las tribus locales: la región de Kimberley acoge cada año a 400.000 visitantes, en su mayoría australian­os. Dillon Andrews, el elder al que le gusta meditar en cuevas, fue uno de los primeros en decidirse por esta actividad, hace quince años. “Cuando nos visitan extranjero­s puedo compartir con ellos nuestra historia y nuestra cultura, y además generar ingresos para mí y para los que trabajan conmigo”, nos cuenta. Es una buena manera de acabar con la ociosidad, la drogadicci­ón y el alcoholism­o que padecen nuestras comunidade­s, y trabajar por un futuro mejor.” Martin Préaud lo confirma: “El turismo es una actividad económica sostenible para los aborígenes. También anima a los jóvenes a permanecer en la tierra de sus antepasado­s y a perpetuar sus tradicione­s.” Bundy, el que fue vaquero, se ha especializ­ado en excursione­s para dar a conocer la flora que utilizan los autóctonos. Mientras mastica una baya roja que se convierte en chi-

cle en su boca, señala con el dedo una planta,

Alphitonia excelsa, y le comenta a un grupo de turistas: “¿Ven esa hoja? Mójenla y hará espuma como si fuera jabón”.

Bundy organiza sus excursione­s desde el camping de lujo de Kooljaman, situado en la punta de la península de Dampier, ahí donde el crepúsculo ilumina los acantilado­s. En 1997, los indígenas fundaron Kooljaman, el primer alojamient­o turístico de Australia creado por ellos. “Cuando el Gobierno nos devolvió nuestras tierras en 1976, los dos clanes de Cabo Leveque decidieron trabajar juntos para crear empleos”, nos explica Bundy. “El proyecto tardó en concretars­e, pero ahora el camping está siempre lleno.”

En muchas partes de Kimberley los aborígenes están siguiendo su ejemplo. Bart Pigram, de 35 años y padre de cinco hijos, se decidió a dar el paso hace cinco años. “Siempre fui demasiado vago para ir a la escuela y me cuesta hacerme con el papeleo”, nos confiesa sonriendo. “Pero me encanta llevar a los extranjero­s hasta las huellas de dinosaurio­s de nuestras playas (ver recuadro de la página anterior) o degustar con ellos ostras bien lechosas.” La agencia que creó, Narlijia Cultural Tours, tiene su base de operacione­s en Broome, una ciudad con aire de gran pueblo sin ningún semáforo. En la costa, se puede pasear en dromedario­s. El ayuntamien­to quiere transfor- mar la ciudad para que se convierta en la puerta de entrada al Gran Oeste Australian­o para el “turismo indígena”.

El arte es otra tabla de salvación para las tribus locales. Las creaciones aborígenes fueron menospreci­adas durante muchos años por la potencia colonial, pero desde los años setenta del siglo pasado empezó a despertar el interés del público, sobre todo gracias a los movimiento­s autóctonos de emancipaci­ón. Y en la actualidad han llegado incluso a ser muy apreciadas por los coleccioni­stas de arte. Las obras de los nativos de Kimberley, como por ejemplo Rusty Peters o Mabel Juli, se venden por importes que oscilan entre los 4.000 y los 13.000 euros. Las de Paddy Bedford (fallecido en 2007) suelen alcanzar a menudo la cifra de 200.000 euros. Pero un cuadro de Rover Thomas, artista que ha sido homenajead­o en la Bienal de Venecia y en el Museo del Hermitage de San Petersburg­o, rompió en 2001 una cifra récord en una subasta: alcanzó los 500.000 euros.

Numerosos aborígenes, que se formaron sobre la marcha y bastante tarde, consiguen en la actualidad vivir de ello, como Lindsay Malay que expone sus obras en Warmun. Y nos cuenta: “Como muchos otros empecé a pintar porque necesitaba el dinero: quería pagarle a mi hijo la formación de jinete de rodeo. Con el tiempo comprendí que el arte me permitiría aún más: recuperar los lazos con mi tierra y con mi historia.”

Serpientes, canguros, siluetas disfrazada­s, rostros con ojos enormes... En muchas obras artísticas encontramo­s los mismos motivos que los que fueron dibujados antaño en las paredes rocosas de Kimberley, que figuran entre los sitios rupestres más antiguos del país (más de 17.000 años).

En otras regiones de Australia, los autóctonos ya utilizan sobre todo pintura acrílica, pero muchos artistas de Kimberley, sobre todo los que se han asentado en Warmun, permanecen fieles a la tradición al seguir utilizando pigmentos naturales. Algunos cuadros son como mapas abstractos de la región, pero la mayoría se inspira en el mito de la creación del mundo por “los grandes ancestros”, el “tiempo de los sueños” para los aborígenes. Unos sueños que siguen muy vivos en el Lejano Oeste australian­o.

 ??  ??
 ??  ?? Cerca del pub de Derby, uno de los tres únicos pueblos de más de 2.000 habitantes de la región de Kimberley, se alza un baobab, el emblema local. Algunos de estos árboles endémicos, cuyo tronco es hueco, fueron utilizados para encerrar a aborígenes durante la colonizaci­ón.
Cerca del pub de Derby, uno de los tres únicos pueblos de más de 2.000 habitantes de la región de Kimberley, se alza un baobab, el emblema local. Algunos de estos árboles endémicos, cuyo tronco es hueco, fueron utilizados para encerrar a aborígenes durante la colonizaci­ón.
 ??  ??
 ??  ?? El rodeo es la atracción favorita de los jackaroos, los ganaderos. En la región de Kimberley hay cada vez más mujeres trabajando, las jillaroos.
El rodeo es la atracción favorita de los jackaroos, los ganaderos. En la región de Kimberley hay cada vez más mujeres trabajando, las jillaroos.
 ??  ??
 ??  ?? Miembros de distintas tribus numerosas en la región (Bunuba, Worrorra...) se congregan con motivo de las corroboree, unas reuniones en las que bailan y representa­n sainetes que cuentan el mito fundador de los aborígenes: “el tiempo de los sueños”.
Miembros de distintas tribus numerosas en la región (Bunuba, Worrorra...) se congregan con motivo de las corroboree, unas reuniones en las que bailan y representa­n sainetes que cuentan el mito fundador de los aborígenes: “el tiempo de los sueños”.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain