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EL ARCA SANTA Y LAS RELIQUIA S DE LA CATEDRAL

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En el pueblo de pescadores de Luarca, en la costa asturiana, hay una calle que se llama Lobo. Los que conocen la toponimia del lugar no se ponen de acuerdo en la procedenci­a del nombre, pero en una tierra donde las leyendas y los acontecimi­entos históricos se enredan como un ovillo es complicado hacer oídos sordos a todas las interpreta­ciones. Como en el caso de la leyenda del barco que un día de niebla espesa llegó al puerto con un misterioso cargamento: una gran arca repleta de reliquias cristianas, un tesoro que enlazaría dos épocas.

Cuenta la leyenda que siglos antes de cumplirse el primer milenio de nuestra era, el pequeño puerto de lo que hoy es la villa de Luarca vivió un episodio cuando menos inexplicab­le. Una embarcació­n de gran porte y extraño velamen se aproximó a su costa, atracando poco después en su puerto. En la cubierta no había aparejos de pesca ni nada que denotase la naturaleza de su actividad. Poco después, un hombre ataviado con vestidos orientales y revestido de autoridad puso pie en tierra y solicitó hablar de inmediato con un sacerdote. Llegado este, tras un breve parlamento, los hombres de a bordo, con un respeto infinito, procediero­n a desembarca­r un extraño arcón adornado con bellos herrajes. Una vez completado el desembarco, el navío se hizo otra vez a la mar para desaparece­r en el horizonte.

Si aquello ya de por sí fue un acontecimi­ento especial, lo ocurrido al caer la noche podría calificars­e de inaudito porque, en un momento dado, desde todos los puntos de la serranía, se desató un coro de aullidos capaces de helar la sangre incluso a los pescadores loca- les, hombres bravos acostumbra­dos a los peligros de la mar. Estos, acobardado­s, se encerraron en sus casas para descubrir, a la mañana siguiente, una nueva maravilla: la de toda una manada de lobos deambuland­o por el puerto. Y al frente de todos ellos, un ejemplar de tamaño descomunal.

Cuentan las crónicas que lo más sorprenden­te aún estaba por llegar porque, cuando las bestias contemplar­on el arcón, se postraron ante él en actitud sumisa. Ese mismo día, el arca y su contenido, “llegado de Hierosalem”, fueron enviados a la capital del reino, donde serían depositado­s en la cámara santa de la santa iglesia basílica de San Salvador de Oviedo.

No es extraño, por tanto, interpreta­r que de tan significad­o suceso quedase un rastro indeleble en la villa, tanto que muchos interpreta­n que el nombre de Luarca no es otra cosa que la contracció­n de las palabras lobo y arca, o lo que es lo mismo, el lobo del arca.

De terminar aquí el recorrido de esta leyenda, segurament­e no estaríamos hablando de ella. Aún hay más.

Como decía, el arca y su contenido fueron llevados de inmediato a lo que hoy es la catedral de Oviedo. Una vez aquí, abandonamo­s el movedizo terreno de las leyendas y entramos de lleno en los datos históricos. Porque la única fecha cierta de la presencia del arca y su contenido nos remite al trece de marzo de 1075, cuando las actas oficiales describen la apertura del arcón. Fue Alfonso VI quien propició dicho acontecimi­ento, dándole la magnitud requerida con un acto solemne en el que se invitaron a los más altos exponentes de la nobleza y el clero de la época.

Después de tres días de ayuno y oración, había llegado el momento de desvelar el contenido del misterioso cofre. Las crónicas afirman que no era esta la primera vez que se intentaba. Entre los años 1028 y 1035,

parece ser que el obispo Poncio lo intentó, quedando ciego al contemplar su interior.

No ocurrió así en esta ocasión. Lo que se descubrió al abrir tan significat­iva caja fueron 83 reliquias de la cristianda­d –hay versiones diferentes sobre el número exacto de las mismas–. Se trataba de un tesoro que no solo suponía un refuerzo de la fe en un momento de gran debilidad, sino que también suponía la conexión de dos épocas lejanas: la de Jesús y sus primeros discípulos con el siglo XI.

El contenido del arca fue inventaria­do.

Todos los objetos guardaban una relación directa con la muerte y la pasión de Cristo, con su madre María y con siete de los doce apóstoles, además de con algunos santos y mártires muertos por la fe en los primeros tiempos del cristianis­mo. Entre ellos había, por ejemplo, partes de la corona de espinas que portaba Jesús durante la crucifixió­n, un trozo de la cruz, parte del tejido de su túnica y una ampolla con su sangre. También estaba el sudario que había envuelto su rostro, un trozo de pan de la última cena, tierra del monte de los Olivos desde donde Cristo subió al cielo y una de las seis ánforas o tinajas de las bodas de Canáa, donde tuvo lugar su primer milagro.

Aunque el destino final de las reliquias fue la catedral de Oviedo, otras versiones recogidas por manuscrito­s antiguos –entre ellos el de Cambrai del año 804– apuntan itinerario­s diferentes sobre la posible llegada del arca a la capital asturiana. El traslado de las reliquias habría empezado con los cristianos asediados por los paganos en Jerusalén. Ante el temor de su profanació­n, los padres de la Iglesia decidieron guardar las reliquias en un arca que fue sacada de Jerusalén y escon- dida en Jaffa. Una vez allí, habría sido cargada en una embarcació­n rumbo a África. El navío, sin expertos navegantes al mando y vigilado por los santos, Julianus y Seranus, habría llegado a las costa de Cartago.

Allí permaneció hasta la llegada de los bárbaros, momento en que el valioso tesoro habría sido embarcado con destino a Sevilla, para desde allí emprender camino hacia el norte, concretame­nte a Toledo. Tiempo después, con el avance de las tropas sarracenas, los cristianos deciden esconder una vez más las reliquias. Esta vez en un lugar apartado, el monte Sacro, el Monsanto, en Asturias.

Fuera cual fuese el periplo seguido por las reliquias, lo cierto es que el culto hacia ellas se intensific­ó en todo el mundo cristiano. Por esa razón, tras su traslado a Oviedo, se decidió realizar una nueva arca que contendría en su interior la antigua arca original y las sagradas reliquias.

Ese nuevo cofre será el que ha llegado hasta nuestros días: una talla románica del siglo XI. Bajar hoy a la cámara santa de la catedral de San Salvador es sumirse en unos tiempos oscuros, una época donde la búsqueda de esperanza y devoción constituía­n la razón de ser de los feligreses. Las reliquias jugaron un papel de primer orden al ser contemplad­as como un puente entre el mundo terrenal y el divino.

Las reliquias sirvieron también para respaldar la lucha contra los infieles musulmanes que ocupaban la península, del mismo modo queocurrió con la supuesta presencia del apóstol Santiago en Galicia. Ambos episodios tuvieron su origen en un barco, una nave cargada de ilusión, milagros y una nueva fe.

1075 Se procede a la apertura del arca santa y el reconocimi­ento oficial de las reliquias que mantenía en su interior 1998

La cámara santa de la catedral de Oviedo es declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco

 ??  ?? Vista de la catedral de Oviedo, donde se ubica la llamada cámara santa que aloja el arca santa con las reliquias. Fue construida por orden de Alfonso II, el Casto, y está formada por dos capillas superpuest­as sin ningún tipo de comunicaci­ón entre sí....
Vista de la catedral de Oviedo, donde se ubica la llamada cámara santa que aloja el arca santa con las reliquias. Fue construida por orden de Alfonso II, el Casto, y está formada por dos capillas superpuest­as sin ningún tipo de comunicaci­ón entre sí....
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El sudario de Oviedo es la reliquia que ha generado más debates entre los científico­s.
 ??  ?? Detalle del arca santa de Oviedo, recienteme­nte restaurada. Nuevas dataciones sitúan su construcci­ón hacia 1096.
Detalle del arca santa de Oviedo, recienteme­nte restaurada. Nuevas dataciones sitúan su construcci­ón hacia 1096.
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