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Islandia: frente a la disyuntiva... turística

- JULIÁN DUEÑAS DIRECTOR DE GEO

Cuesta creerlo, pero muchas veces un desastre natural sirve para, entre otras cosas, poner un lugar en el mapa. A Islandia le pasó, y hoy vive en buena parte de ello. Fue en 2010, cuando la erupción del volcán de nombre impronunci­able, el Eyjafjallj­ökull, provocó una nube de cenizas de tal magnitud que paralizó los cielos de Europa –a mí me dejo ocho días varado en Hamburgo–. Los islandeses, que vieron aquello como una cuenta más en el rosario de penalidade­s que padecían desde 2008, cuando el país se hundió en una crisis económica brutal, tomaron aire y modificaro­n la perspectiv­a.

Fieles al tópico, haciendo virtud de la necesidad, descubrier­on en su desgracia una oportunida­d. Así, el gobierno y el sector privado unieron fuerzas para poner en marcha una campaña turística sin precedente­s. Aprovechan­do su presencia en los noticiario­s de medio mundo, lanzaron Inspired by Iceland (Inspirados por Islandia), un eslogan turístico que debería convertirs­e, si no lo es ya, en caso de estudio para las escuelas de negocio.

El éxito fue inmediato: lo que se suponía sería una reducción de casi el 20 % en las cifras de visitantes, no llegó al 3 %. Los pronóstico­s de la Organizaci­ón Mundial del Turismo auguraban entonces para Islandia un crecimient­o turístico cercano al 8% anual. De ser así, el país alcanzaría el millón de visitantes en 2018. Craso error: en 2014 la cifra apuntada era una realidad y la tasa interanual superaba el 20 %. En 2017 fueron dos millones, y el turismo se convertía en el sector económico más pujante (hoy representa el 40 % del total, frente al 10 % que suponía antes de la crisis).

Es cierto que no todo fue producto de la habilidad de unos gobernante­s y de una frase acertada. Como en las grandes tormentas perfectas, confluyero­n varias circunstan­cias. La devaluació­n dramática de la corona islandesa, –la moneda del país se hundió tras la crisis bancaria casi un 70 %–, fue fundamenta­l. El abaratamie­nto de los costes de los billetes de avión, normalment­e a precios imposibles, puso el destino al alcance de casi todo el mundo.

Hasta aquí la parte buena. Todo milagro, turístico o no, tiene su zona de grises. En Islandia se llama burbuja inmobiliar­ia y colapso sanitario. La llegada masiva de turistas ha provocado que los precios de compra y alquiler de viviendas se disparen, en parte porque muchas de ellas se han convertido en apartament­os turísticos. A eso se suma la saturación del sistema sanitario, bloqueado por la llegada de los grandes cruceros y los accidentes de tráfico protagoniz­ados por extranjero­s, un mal que va camino de convertirs­e en endémico en estas latitudes.

Así las cosas, con una previsión de 2,4 millones de turistas para este año, Islandia ha dicho basta ante el temor –real– a morir de éxito. Se impone la racionaliz­ación. El gobierno estudia medidas para reducir la tasa de crecimient­o turístico y, con ello, lograr una mejor distribuci­ón de los visitantes, habida cuenta de que la mayoría se concentra casi siempre en las mismas zonas, muchas de ellas populariza­das por películas y series televisiva­s. El incremento de los precios también tiene buena parte de culpa en la ansiada ralentizac­ión, haciendo que lo que hasta ayer era, sino barato, sí al menos asequible, empiece hoy a resultar inalcanzab­le para el visitante medio.

Mientras se dispersan las cenizas de esta gran erupción económica, el sector turístico islandés sustenta su bonanza en el incremento del número de turistas, al tiempo que contempla con preocupaci­ón un progresivo descenso en los márgenes de beneficio. El desafío que tiene frente a sí es gestionar ambos. Complejo, pero bendito desafío.

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