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DESCUBIERT­A

Por esta antigua pista caravanera pasaron mercaderes, peregrinos y soldados durante 27 siglos. En la actualidad, realizar este itinerario de norte a sur es la mejor forma de disfrutar de la extraordin­aria diversidad cultural del reino.

- POR JEANYVES DURAND TEXTO Y SERGE SIBERT FOTOS

Jordania: Por la ruta de los Reyes

Una antigua ruta caravanera que atraviesa el país desde las ruinas de Umm Qais, en el norte, hasta Wadi Rum, en el sur, es hoy la Carretera 35, cuyo trazado adentra en la historia jordana más antigua.

El sol se pone por las ruinas de Gádara. La antigua ciudad, –llamada en la actualidad Umm Qais–, encaramada en una escarpadur­a de la frontera norte de Jordania, vigila una zona en la que reina la tensión. Abajo, el fronterizo río Yarmuk serpentea al pie de la meseta del Golán, un territorio sirio que Israel se anexionó en 1981. Más allá brilla el lago Tiberiades y en el sur, el valle del Jordán se hunde en la sombra.

A pesar del conflicto israelo-palestino que sacude la región, en Gádara se respira paz. La luz del crepúsculo cubre de oro las gradas del antiguo teatro romano y las columnas que bordean el decumano, su calle principal. Tres vacas pacen la hierba que crece entre las losas, lo que le da el toque final al ambiente bíblico de la escena. Además, los Evangelios mencionan el “país de los gadarenos”, donde habría estado Jesús para convertir a numerosos discípulos. Gádara también se menciona en los relatos del Éxodo como una de las ciudades del Camino de los Reyes donde, al salir de Egipto, hizo escala el pueblo judío. Esta ruta permitía surcar los tres reinos que prosperaro­n en el territorio de la actual Jordania (Edom, Moab y Amón). Los hebreos pensaban seguirla para alcanzar la Tierra Prometida, aunque al final tuvieron que dar distintos rodeos. Para el viajero actual, atravesar Jordania de norte a sur siguiendo la actual carretera 35 equivale a viajar por la historia.

Esta franja de asfalto se extiende 400 kilómetros desde el extremo norte del país, cerca de la ciudad de Irbid, hasta las puertas del desierto, 50 kilómetros al suroeste de la ciudad de Ma’an. Para unir los dos extremos, la carretera tiene que atravesar dos cadenas montañosas y altas mesetas (Galaad y Abarim). Una sucesión de cañones, picos desgastado­s y dunas de arena convierte el itinerario en el más panorámico del país. Los jor--

El camino es un eje mítico, como un gran libro abierto hacia un lejano pasado

danos están muy apegados a estas alturas poco turísticas donde residen pastores seminómada­s y agricultor­es que se concentran en aldeas que perpetúan las tradicione­s y estilos de vida rurales. Pero para el viajero, el Camino de los Reyes es como un libro abierto sobre el lejano pasado de la región. La principal pista caravanera entre Egipto y Siria facilitaba el comercio de cobre, bronce, cerámica, cebada, trigo, aceitunas, ganado... Otros caminos, como el procedente del actual Yemen para el transporte de oro, incienso y mirra, desembocab­an en la pista. Por eso también se la llama el Camino del Rey, en alusión a uno de los Reyes Magos de Oriente –la leyenda no especifica cuál de ellos– que le ofreció estos valiosos productos al niño Jesús. En La Route du Roi, le voyage en Jordanie («La ruta del rey, el viaje a Jordania», en la editorial francesa Alphée, 1966), el escritor Guy Rachet, un apasionado de la arqueologí­a, menciona lugares de esta red de pistas que ya fueron ocupados a partir del octavo milenio antes de nuestra era. Hay huellas que “demuestran la existencia de un comercio complejo y lejano: objetos y herramient­as de obsidiana importada de Turquía, turquesa del Sinaí, cauries procedente­s del Mediterrán­eo y que servían para decorar collares...” Este comercio caravanero perduró hasta finales del siglo XIX. Pero el Camino de los Reyes también fue utilizado por los peregrinos cristianos y musulmanes. Y por soldados de múltiples procedenci­as: egipcios, persas, nabateos, griegos, romanos, cruzados, árabes. Todos dejaron huella de sus civilizaci­ones.

Aceitunas, limones, verduras... La región de Gerasa es el jardín de Jordania

Al iniciar nuestro periplo en Gádara descubrire­mos el pasado grecorroma­no de Jordania. La antigua ciudad formaba parte de la Decápolis, un grupo de diez ciudades fundadas por colonos griegos y macedonios hacia el siglo IV a. C. y conquistad­as por los romanos en el siglo I a. C. 65 kilómetros más al sur, llegaremos a las ruinas de Gerasa, otra ciudad pertenecie­nte a la Decápolis. Conser va dos antiguos teatros que aún acogen representa­ciones, un arco de triunfo en honor a Adriano perfectame­nte restaurado... Aunque sea contigua a la actual Jerash, la antigua ciudad está tan bien conservada que es fácil imaginar la vida cotidiana de los 20.000 habitantes que llegaron a vivir en ella en su apogeo: los artesanos que trabajaban en los talleres del cardo principal ( Cardus Maximus), una avenida de 800 metros de longitud bordeada por 200 columnas; los ediles reunidos en la plaza Oval, el mayor foro del Imperio romano; los fieles subiendo los escalones gigantes de los templos de Zeus y

Artemisa... Gerasa le debió su fasto, al menos en parte, a la fertilidad de sus campos, y aún hoy en día, se sigue llamando el jardín de Jordania.

La carretera 35 se abre paso entre colinas cubiertas de pinos y valles repletos de viñedos, huertas y cultivos hortícolas. En las inmediacio­nes de Gerasa, Najeh Gogazi y sus obreros se ocupan de los olivos varias veces centenario­s. “Trabajamos durante todo el año”, se alegra este hombre de 43 años. “Desde mediados de octubre hasta mediados de diciembre, recogemos aceitunas. Y durante el resto del año, recogemos higos y limones en los municipios de los alrededore­s, y naranjas y verduras un poco más abajo, en el Valle del Jordán.”

A 50 kilómetros más al sur, el paisaje cambia radicalmen­te. Es una región de altas mesetas donde corren profundos uadis. El pri- mero con el que nos toparemos es el uadi Shu’aib. La carretera desciende rápidament­e bordeando paredes desnudas si no fuera por la presencia de algún que otro olivo. Una última cur va antes de que aparezca el mar Muerto. En apenas quince kilómetros, hemos pasado de estar de 200 metros de altitud a 429 metros bajo el nivel del mar. Es el punto más bajo de la Tierra. Las costras de sal que se amontonan en las orillas muestran la lenta agonía del lago salado: el excesivo bombeo del río Jordán que lo alimenta y los estanques de evaporació­n en los que se extrae fosfato hacen que su nivel baje cada año en 1,50 metros. Pero por ahora los jordanos siguen aprovechan­do sus aguas.

Hoy es viernes, el día festivo de los jordanos que acuden en masa a las escasas playas gratuitas, cerca de la lujosa estación termal de Suweimah. Nadie piensa en flotar en el agua, como suelen hacer los turistas extranjero­s en estas aguas seis veces más saladas que las de los demás mares. Los lugareños chapotean en la orilla –las mujeres lo hacen totalmente vestidas– y hacen comidas campestres al abrigo del sol, en bares playeros con techos cubiertos con hojas de palmera trenzadas. Para la oración, algunos despliegan alfombras para invocar a Alá. Pero a nueve kilómetros de ahí, en Al-Maghtas, son los cristianos quienes acuden en masa. El Evangelio de Juan sitúa por estos lares Betania, donde Juan bautizó a Jesús en el Jordán. Unas excavacion­es llevadas a cabo en 1994 han permitido descubrir ruinas de iglesias y fuentes bautismale­s que se remontan a los siglos III y IV. Y en 1999, el Vaticano lo reconoció como el lugar donde Jesús fue bautizado. En 2015, la Unesco lo inscribió en la Lista del Patrimonio Mundial. Pero Israel sigue af ir mando que es e no es el lugar correcto y que está justo enfrente, en Qasr el Yahud, en la margen opuesta del río, en la Cisjordani­a ocupada. Y aunque los arqueólogo­s no han podido descubrir ningún vestigio, unos 400.000 turistas y peregrinos acuden cada año, lo que supone unos ingresos de divisas nada desdeñable­s.

Los peregrinos, vistiendo togas blancas, se sumergen en las aguas fangosas

A día de hoy, Al-Maghtas recibe cuatro veces menos visitantes que el lugar israelí, debido sobre todo a la escasez de lugares de culto y alojamient­os. Así las cosas, las autoridade­s jordanas están concediend­o generosame­nte parcelas a las comunidade­s cristianas. Y unas diez nuevas iglesias (católicas, coptas, griegas ortodoxas y rusas ortodoxas...) ya han sido erigidas. Las márgenes del Jordán presentan una imagen aún más sorprenden­te: del lado israelí, un impecable muelle de sillares; del lado jordano, una simple plataforma de madera. ¡Y en medio del río, de menos de diez metros de anchura, solo hay una línea de flotadores que hace de frontera! Los peregrinos de ambas orillas, vistiendo togas blancas, se sumergen en las aguas fangosas, en una mezcla de fer vor y verbena. Chinos filmando su inmersión con sus cámaras GoPro, rusos siendo bautizados por un pope, mexicanos que entonan cánticos, filipinos residentes en Los Ángeles que rezan alrededor de su sacerdote, indias con saris que se rocían con botellas de agua bendita...

La mayoría de estos fieles también visitarán los demás lugares bíblicos del Camino de los Reyes. Como el Monte Nebo, 26 kilómetros más al este, desde donde Moisés habría contemplad­o la Tierra Prometida antes de morir. De hecho, este monte, que alcanza los 817 metros de altitud, ofrece unas extraordin­arias vistas del mar Muerto, los montes de Judea, el oasis de Jericó y las alturas de Jerusalén. También alberga las ruinas de una basílica del siglo IV que conserva emotivos mosaicos con escenas pastoriles y de caza. Madaba, el crisol jordano del arte del mosaico, se encuentra situado a solo diez kilómetros de distancia. Sus doce iglesias bizantinas conservan muchos suelos de mosaicos. Y la ciudad sigue albergando una importante comunidad cristiana –la mayor del país–, dado que representa un tercio de sus 86.000 habitantes.

Un nutrido grupo de jovencitas se dispersa por el patio del centro de estudios secundario­s, dirigido por la iglesia de San Juan Bautista. Muchas llevan velo. “Los musulmanes saben que tratamos a sus hijos con respeto”, nos explica el padre Petros Hijazis, de 39 años. “Acogemos a unos 500 alumnos de todas las confesione­s. Las comunidade­s religiosas se llevan bien entre ellas.” El cura señala que aquí cristianos y musulmanes pertenecen a la tribu Hiyazi. Y añade: “Nuestros antepasado­s eran beduinos que practicaba­n el nomadismo en la región de Hiyaz en Arabia, y fueron evangeliza­dos a partir del siglo IV. Cuando llegaron a Jordania en los siglos siguientes, una parte conservó su fe cristiana mientras que los demás se convirtier­on al islam.”

Abu Musa, un miembro de la tribu Jahalin, es originario de Palestina. Vigila sus cabras desde su tienda que plantó en el borde del Camino de los Reyes, al sur de Madaba. Este pastor de 58 años ya no practica el nomadismo de larga duración de sus antepasado­s. Su trashumanc­ia anual se limita a un ida y vuelta de unas pocas decenas de kilómetros. “En noviembre, bajo con mi rebaño hasta los valles en busca de calor, y a veces llego hasta el mar Muerto. Y a partir de febrero, empiezo el viaje de vuelta para llegar a las alturas hacia abril, cuando la hierba ya ha vuelto a crecer.”

En Madaba, cristianos y musulmanes pertenecen a la misma tribu

Para muchos beduinos de Jordania, se ha estrechado el horizonte. Según el último censo nacional de 2015, el 98% de los 6,6 millones de jordanos de origen (a los que hay que añadir tres millones de refugiados, principalm­ente iraquíes, sirios y palestinos) declararon tener ascendenci­a beduina. Pero la mayoría ya vive en ciudades y pueblos. Apenas el 10% de los beduinos “declarados” son seminómada­s, al igual que Abu Musa. Y solo el 0,75% de ellos practica todavía el verdadero nomadismo.

Esta situación viene dada por las políticas llevadas a cabo por el gobierno a partir de los años ochenta para controlar a un pueblo considerad­o muy poco dócil. Y también por el deseo de los beduinos de disfrutar de la comodidad de una casa y los servicios públicos: escuelas, hospitales...

Gracias a los microcrédi­tos, las beduinas se están emancipand­o

En las tribus nómadas semisedent­arizadas, las mujeres dependían tradiciona­lmente de sus maridos. Pero desde hace unas tres décadas, varias institucio­nes como la Noor Al Hussein Foundation, creada en 1979 por la reina Noor, o la Queen Rania Foundation, bajo los auspicios de la reina actual, las están ayudando a emancipars­e mediante microcrédi­tos y la formación en gestión empresaria­l. En muchos de los pueblos situados en el Camino de los Reyes, las beduinas dirigen centros de fabricació­n de productos artesanale­s (cerámicas, joyas, bordados, objetos de mimbre...) o de especialid­ades culinarias hechas a base de higos, aceitunas, hierbas aromáticas…

Las mujeres de la tribu Bani Hamida dirigen así el centro de Mukawir (35 kilómetros al suroeste de Madaba). Venden en particular alfombras kilim (tejidas a mano) de lana de oveja y decoradas con tradiciona­les motivos geométrico­s. “Hemos podido salvaguard­ar un arte que corría el riesgo de desaparece­r”, se alegra Halima Al-Qaydeh, la directora de 51 años.

Desde su lanzamient­o en 1985, más de 1.600 mujeres han participad­o en el proyecto. A día de hoy, unas 300 mujeres trabajan desde casa en catorce pueblos de los alrededore­s. La actividad ha cambiado considerab­lemente sus vidas: pueden enviar a sus hijos a cursar estudios secundario­s y universita­rios, tienen independen­cia económica y el reconocimi­ento de su comunidad. Halima les abrió el camino. A la edad de 19 años, entró en la cooperativ­a cuando se creó, consiguió el título de bachillera­to, y se marchó a Amán a

cursar estudios de gestión empresaria­l. Esta madre de cuatro hijos es también la primera mujer de su pueblo en sacarse el carnet de conducir, y una de las seis mujeres del país en haber sido elegida para un consejo municipal en las elecciones de 2013.

Al sur de Mukawir, las ruinas hieráticas de las ciudadelas de Al Karak y Shawbak siguen vigilando la carretera 35. Los cruzados las construyer­on en el siglo XII para proteger los Estados latinos de Oriente contra las invasiones árabes. Entre ambas fortalezas, hay unas 30 fachadas de caliza amarilla encaramada­s a una roca: la aldea de Dana. “Durante siglos, hemos vivido aquí de la agricultur­a y la ganadería”, señala uno de sus habitantes, Isaac Ghadeer Al-Kwaldeh, de 40 años. “Pero a partir de los años setenta, la aldea fue abandonada por sus habitantes, que se mudaron a otra más nueva, construida en las inmediacio­nes de una fábrica de cemento situada al borde de la carretera.” Dana cayó en ruina. Ghadeer se marchó en 1995. Un año antes, se creó la Reserva de la Biosfera de Dana.

La Sociedad Real para la Conservaci­ón de la Naturaleza (RSCN), que se ocupa de los parques naturales jordanos, les propuso entonces a los antiguos habitantes de la aldea que regresaran para dedicarse al ecoturismo. Y algunos han abierto pequeños hoteles o restaurant­es. Otros trabajan de guías de trekking o como artesanos en talleres montados por la mencionada RSCN: Isaac Ghadeer dirige el que fabrica joyas de plata. Un tercio de las casas ya ha sido restaurado. “La mía aún no lo está”, se lamenta. “Pero voy durante las vacaciones con mis hijos. Y les cuento cómo era mi vida en aquella época. A veces, siento la presencia de mi padre que descansa aquí bajo tierra.”

Algunos pastores regresan a escondidas y se instalan en las cuevas de Petra

Al sur de Dana, las altas mesetas van perdiendo altura para dejar paso a una sucesión de colinas desnudas. En cambio, la temperatur­a va aumentando, dado que el desierto está más cerca. Y el Camino de los Reyes desemboca en una gran hondonada salpicada de rocas. En el centro, se alza un enorme macizo de arenisca de color rosa anaranjado: Yebel al-Khubtha. En el corazón de esta fortaleza pétrea, los nabateos fundaron Petra, su capital.

Desde el siglo IV a. C. hasta su toma por los romanos en el año 106 de nuestra era, la ciudad se enriqueció con el comercio caravanero entre Egipto, Siria y Arabia. Hoy en día, recorrer sus vestigios es como asistir a una brillante ópera. Para empezar, una cami-

Dana, un pueblo abandonado en los años setenta, está renaciendo gracias al ecoturismo

nata de un kilómetro y medio por el Siq, un estrecho desfilader­o cuyas paredes de color ocre o rojo alcanzan los 150 metros de altura. Al final, este telón tornasolad­o se abre a la fachada del Tesoro de Petra, un monumental sepulcro tallado en la roca. Pero solo se trata del primer acto de una serie de cuadros que parecen haber sido diseñados por un realizador absolutame­nte genial. Más allá del Tesoro, un valle encajonado permite descubrir varias decenas de monumentos: sepulcros, templos, un teatro, una vía pavimentad­a bordeada de columnas...

Al caer la noche, el lugar se queda desierto. Los beduinos que comerciaba­n con los turistas o vigilaban sus rebaños mientras pacían entre las ruinas regresan al pueblo de Umm Sayhoun, situado a cuatro kilómetros más al norte. “Antaño, 250 familias vivían en las cuevas de Petra”, nos explica Attalah Al-Budl, de 51 años, que dirige una agencia de trekking. “En 1985, cuando la Unesco inscribió el lugar en la Lista del Patrimonio Mundial, el gobierno les obligó a trasladars­e a este pueblo. Pero al estar situado dentro del área protegida, está prohibido construir. Así las cosas, 4.000 habitantes viven hacinados en casas demasiado pequeñas. Y algunos ya han decidido regresar a escondidas a Petra para instalarse en cuevas recónditas.”

Los 500 beduinos de Uadi Rum siguen viviendo en sus tierras ancestrale­s. Al sur de Petra, la carretera 35 avanza durante 110 kilómetros hasta llegar al desierto. Seis tribus habitan en estos valles de color ocre, amarillo, malva y rojo, salpicados de dunas y picos muy erosionado­s. La mayoría de las familias ya son sedentaria­s. Los hombres trabajan de guías, camelleros o conductore­s de todoterren­os que cubren la ruta hacia los campamento­s donde se alojan los turistas.

Audeh Zawaideh, de 52 años, es uno de los últimos beduinos en seguir siendo ganadero (cabras y camellas) y en conser var un estilo de vida seminómada. Con su mujer y sus cuatro hijos, va desplazand­o su campamento alrededor del pueblo de Diseh, en función de la disp onibilidad de pastos. “Durante la semana, un pariente se queda en casa con los niños, mientras éstos asisten a la escuela. Y durante el fin de semana, se reúnen aquí con nosotros en nuestra tienda. En invierno, permanecem­os todos en casa porque durante la noche, suele helar.”

Las tiendas con muros bajos y los aseos de hormigón invaden los pastos de Uadi Rum

¿Durante cuánto tiempo Audeh y sus semejantes podrán seguir manteniend­o su estilo de vida? En 1997, en el momento de su creación, la Sociedad Real para la Conservaci­ón de la Naturaleza se encargaba del área protegida de Uadi Rum. Pero en 2003, sus 74.000 hectáreas pasaron a depender de un organismo autónomo preocupado más por sacarle rentabilid­ad que por mantener y cuidar el medio ambiente. Desde entonces, los turistas (162.000 en 2017) acuden en masa a este magnífico entorno. Y los campamento­s permanente­s en los que se alojan están proliferan­do, a menudo sin permisos ni controles, a pesar de que el lugar fue inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial en 2011.

Estas instalacio­nes, que albergan decenas de tiendas rodeadas de muros bajos, y con cocinas y aseos de hormigón, están invadiendo cada vez más los pastos, lo que está obligando a los pastores a alejarse. Y esta situación no hace sino degradar el medio ambiente; es cada vez más difícil encontrar una duna por donde no haya pasado todavía ningún todoterren­o.

Algunos beduinos, muy entristeci­dos por tanta degradació­n del entorno que tanto aprecian, han decidido dedicarse ahora al ecoturismo. Familias, agencias e incluso asociacion­es les proponen a pequeños grupos de visitantes descubrir a grandes rasgos la vida de los pastores nómadas: pasar una noche o más en campamento­s provisiona­les instalados en medio del desierto. Estos campamento­s no dejan ninguna huella cuando se desmontan. A lomos de lentos dromedario­s, los visitantes descubren todo el esplendor intacto de Uadi Rum.

En este entorno maravillos­o, cuando cae la noche, se acerca la hora de saborear un café con cardamomo cerca de la tienda hecha con pelo de cabra, bajo las estrellas que brillan en el firmamento.

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 ??  ?? ¡Para visitar el Tesoro hay que esforzarse! Solo se llega a este sepulcro de arenisca rosa, el más imponente de Petra, tras media hora de camino por un estrecho desfilader­o de 1,5 kilómetros.
¡Para visitar el Tesoro hay que esforzarse! Solo se llega a este sepulcro de arenisca rosa, el más imponente de Petra, tras media hora de camino por un estrecho desfilader­o de 1,5 kilómetros.
 ??  ?? Ruinas de una iglesia bizantina en el centro histórico de Amán (bajo estas líneas); abajo: basílica en el monte Nebo; desde su cima, Moisés contempló la Tierra Prometida... Recorrer el Camino de los Reyes supone impregnars­e de cultura cristiana.
Ruinas de una iglesia bizantina en el centro histórico de Amán (bajo estas líneas); abajo: basílica en el monte Nebo; desde su cima, Moisés contempló la Tierra Prometida... Recorrer el Camino de los Reyes supone impregnars­e de cultura cristiana.
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 ??  ?? Durante su éxodo, los hebreos habrían atravesado el desierto de Uadi Rum. Las seis tribus beduinas que viven aún en él se dedican, sobre todo, al turismo.
Durante su éxodo, los hebreos habrían atravesado el desierto de Uadi Rum. Las seis tribus beduinas que viven aún en él se dedican, sobre todo, al turismo.
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Esta joven rusa ortodoxa se sumerge en el Jordán, a lo largo de la línea de flotadores que marcan la frontera con Israel, en Al-Maghtas (bajo estas líneas). Abajo: unos adolescent­es disfrutan de las fuentes calientes en Hammamat Afra.
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