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EL ARTE DEL BAÑO

Acercarse a una heitur pottur, “olla de agua caliente”, es una religión en Islandia. Estos balnearios naturales permanecen abiertos durante todo el año y a cualquier hora. Nos sumergimos en un rito ancestral.

- POR JOAQUIM M. PUJALS TEXTO

Voy a darme un baño a la fuente caliente y vosotros vendréis conmigo”, ordena a sus esclavos el protagonis­ta de la Saga de Egil, una de las obras cumbre de la literatura medieval islandesa, escrita como era costumbre en la época sobre pergaminos de piel de becerro. La intención del viejo guerrero, granjero y poeta Egil Skallagrím­sson, un personaje real cuya larga y turbulenta existencia cubrió casi todo el siglo X, es esconder en la zona termal el tesoro amasado tras una vida de trabajos, luchas y rapiñas. Ni los cofres ni los sirvientes regresarán de allí y nunca más se volverá a saber de ellos.

El probable autor del texto, el historiado­r, poeta y caudillo Snorri Sturluson, el islandés más poderoso de su tiempo, se hizo construir junto a su granja de Reykholt, al oeste del país, una piscina redonda que todavía se puede visitar 800 años después. Un pasaje subterráne­o, de unos treinta metros de longitud, la comunicaba con el edificio y un canal de agua fría permitía regular la temperatur­a del baño. En la Saga Sturlunga, un pasaje le describe charlando con sus amigos en este ‘jacuzzi’ vikingo. Ignorantes de su significad­o, algunos turistas que confunden cualquier lámina acuática con la Fontana di Trevi lanzan monedas a las aguas humeantes.

La piscina de Snorri es quizás el más famoso de los baños termales islandeses (con permiso de la espectacul­ar y artificial Blue Lagoon, junto a Reikiavik). Y tiene su mérito, porque son muchos. Por toda la isla brotan fuentes caldeadas por la intensa actividad volcánica que se desarrolla en su subsuelo, que forman parte de la vida cotidiana desde la llegada de los primeros pobladores escandinav­os en los siglos VIII o IX, al igual que los volcanes, las fumarolas y los geysir, la palabra islandesa más conocida en el mundo.

El calor de la Tierra es un recurso muy bien aprovechad­o: gracias a grandes centrales geotérmica­s (25%) y a los embalses (75%), prácticame­nte el 100% de la energía que consumen los 350.000 islandeses procede de fuentes renovables y baratas. Sin duda por esta causa, su consumo eléctrico per cápita es, sin el menor remordimie­nto ambiental, el más elevado del mundo (casi multiplica por diez el español). Los bajos costes energético­s han tenido mucho que ver en el celérico proceso que llevó a la nación ártica de ser una de las más pobres de Europa en la década de los 1970 a una de las de mejor nivel de vida del mundo a día de hoy (y la cuarta más feliz, según la ONU. España figura en el puesto 36).

Canalizado hacia los edificios, el líquido caldeado por el magma también proporcion­a calefacció­n y, claro, agua caliente sanitaria a las viviendas. Pero, además, las fuentes termales son el eje vertebrado­r de la vida social islandesa. En miles de sundlaugs (piscinas) de todas las formas y tamaños, cubiertas o al aire libre, públicas o privadas, los habitantes de este país de clima inhóspito, con hasta 19 horas al día de gélida oscuridad invernal, se reúnen durante todo el año con familiares, amigos o vecinos para charlar de lo humano y lo divino e incluso desarrolla­n relaciones profesiona­les sumergidos hasta el cuello en agua calentita mientras todo se hiela a su alrededor.

“Estos pequeños estanques suponen para los islandeses lo que los cafés para los parisinos, o las terrazas en las plazas para los italianos”, afirma el escritor Jón Kalman Steffánsso­n. Tampoco existía en la isla cultura de taberna o de pub como en Inglaterra o Irlanda: en un vano intento por combatir el alcoholism­o, las autoridade­s prohibiero­n la cerveza ¡hasta 1989! Los niños empiezan a ir a la piscina desde muy pequeños y no dejarán de hacerlo en toda la vida. “Probableme­nte es la actividad más popular entre nosotros: es el sitio al que vas a diario, lo primero que haces cada mañana. Vas a relajarte y a hablar de todo”, explica el músico Halldór Már Stefánsson, afincado en Barcelona y que presenta un popular programa en la televisión pública catalana.

Todos los pueblos del país, hasta el más pequeño, tienen su sundlaug. Las hay en todas las granjas y no faltan en la mayoría de bloques de pisos y viviendas unifamilia­res. Incluso se han construido algunas en lugares remotos, en valles situados a varias horas a pie del lugar habitado más cercano, para el disfrute de los excursioni­stas. “Si no tienes una piscina, parece que no puedes ser una ciudad”, opina el alcalde de la capital, Dagur Eggertsson, quien no deja pasar un día sin mojarse la barriga. “Creo que las piscinas son lo que hace posible vivir aquí”, sentencia la artista Ragnheidur Harpa Leifsdótti­r.

“Como muchos habitantes de regiones frías, los islandeses no somos muy comunicati­vos.

Todos los pueblos del país tienen su sundlaug, su piscina termal. Son el eje vertebrado­r de la vida social islandesa.

Vamos cubiertos de muchas capas de ropa, casi nunca nos vemos la piel, y eso dificulta el establecim­iento de contacto. El agua caliente nos libera de esta prisión. La piel desnuda, el calor, el aire libre permiten derribar las barreras, nos aproximan físicament­e y nos convierten en más habladores”, argumenta Stefánsson. “Mucha gente no suele hablar con sus vecinos en las tiendas o en la calle, pero en el baño debes interactua­r: no hay nada más que hacer”, coincide más pragmático el alcalde de Reikiavik.

Por si fuera poco, las aguas de muchas fuentes tienen propiedade­s curativas. Durante siglos, como le sucediera al mismo Snorri Sturluson hace ocho, las aguas calientes permitiero­n a una población mal alimentada, cuya dieta registraba un exceso de carne y alcohol, atenuar los dolorosos síntomas de la gota, enfermedad causada por una tasa demasiado elevada de ácido úrico en la sangre, que forma cristales en los tejidos y provoca hincha- zón y lacerantes punzadas.

Hay piscinas sencillas y rústicas y otras lujosas y sofisticad­as, las hay gratuitas y otras de pago (la entrada a la Blue Lagoon, con duchas privadas y otras comodidade­s, cuesta 40 euros), pero en todas rige una inflexible normativa higiénica: antes de meter un pie en el agua, el bañista debe ducharse meticulosa­mente con jabón o gel y champú( hay incluso carteles oficiales en varios idiomas que especifica­n de forma inequívoca donde y cómo usar estos productos: cabeza, axilas, entre pierna, pies...). Y debe hacerlo desnudo, a menudo en vestuarios (segregados por sexos) donde la privacidad es un bien escaso.

Aunque después podrá ponerse el bañador para entrar en la piscina, el proceso de aseo corporal tiene que afrontarlo sin esta prenda, algo que incomoda a visitantes procedente­s de muchas latitudes. Quien no siga escrupulos­amente las instruccio­nes se arriesga a ser reprendido por algún encargado o por los compañeros de vestidor. Casi todos los islandeses tienen su anécdota jocosa relacionad­a con algún turista norteameri­cano (para los procedente­s de otras culturas este requisito constituye ya una barrera infranquea­ble). Pero los locales se toman muy en serio esta medida, destinada a salvaguard­ar la salubridad de unas aguas muy poco o nada tratadas.

“Nos enorgullec­emos de mantener el agua libre de bacterias dañinas. Como queremos poner la menor cantidad de cloro posible en el agua, es esencial que las personas sigan las reglas de lavado sin traje de baño antes de ingresar en la piscina y a los jacuzzis. Suelen elogiarnos por la pureza de nuestra agua, y nos gustaría mantenerla así ”, argumenta LogiSigur fin ns son, gerente de Laugardals­laug, en Reykjavík, la mayor piscina del país. No es de extrañar: es uno de sus más valiosos patrimonio­s, natural y cultural.

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Situada al sur de la isla, la Reserva Natural de Landmannal­aguar toma su nombre de la piscina termal que emerge sobre un campo de lava. El lugar ha sido utilizado por el hombre desde hace siglos. Hoy, es un sitio perfecto para relajarse tras una jornada de senderismo por la zona.
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¿Nadar? Bueno, no realmente. Relajarse y conversar es el objetivo principal de estos excursioni­stas en Landmannal­augar, al sur de la isla.

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