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ISLAS VESTMAN, LA POMPEYA BOREAL

Aquí saben muy bien lo que significa vivir junto a un volcán. Las huellas de la última erupción, ya sean campos de escoria o murallas de lava, están por todas partes. El infame subsuelo lleva 45 años marcando la vida diaria.

- POR SÉBASTIEN DESURMONT TEXTO

Sentado en el asiento del copiloto, Bergv in Oddsson, alias Beggi, desgreñado y hablador, guía al conductor mientras se esfuerza en enumerar cada detalle del paisaje: “A la izquierda, el estadio de fútbol, la piscina municipal, el campo de balonmano... A la derecha, frente al mar, nuestro campo de golf, uno de los más espectacul­ares del mundo: ¡para llegar al hoyo catorce, hay que lanzar la pelota por encima del Atlántico!”

En Heimaey, la única isla habitada de las 18 que forman el archipiéla­go de Vestman, no falta de nada y menos aún instalacio­nes deportivas. Pero a Beggi, de 32 años, casado y con dos hijos, le falta... ¡la vista! Este joven, con pupilas de un color azul deslavazad­o, se quedó ciego de repente siendo aún adolescent­e, a la edad de quince años. Desde entonces y como para tomarse la revancha, se dedica a guiar a los recién llegados por las sinuosas carreteras de su isla, situada diez kilómetros al sur de la gran tierra islandesa. Y Beggi jura que recuerda absolutame­nte todo de la geografía local: “Los colores tan singulares de la tierra, la loca carrera de las nubes y las extrañas formas de este archipiéla­go formado por islotes y acantilado­s plantados en medio del océano”.

Así estamos dando un extraño paseo por una roca igual de extraña. “A pesar de mi ceguera, aún puedo vislumbrar­la imponente siluetad el Eldfell, el famoso volcán que surgió sin previo aviso de la tierra en la noche del 23 de enero de 1973”, añade Bergvin Oddsson. El cono negro de 221 metros de altitud no existía antes. Al contrario, era el lugar más llano y bucólico de Heimaey: solo había praderas y arenales que bajaban alegrement­e hasta el mar.

Unos 4.280 habitantes viven en la actualidad a los pies de esta olla a presión. El sendero asciende por una pendiente pronunciad­a, el viento sopla con fuerza, pero Beggi bromea y promete “agarrarse con las dos manos a su bastón blanco para no salir volando”.

Ya han pasado 45 años desde la erupción; no obstante, en la cima el suelo sigue estando caliente. La vista abarca enseguida una llanura calcinada, un lecho de magma petrificad­o, colinas negras y acantilado­s de color caoba que se nublan por las embestidas de las olas. El nuevo reino de la lava, triste y vacío, cubre toda la parte oriental de la costa. “Es como si un trozo de la luna hubiera caído en medio del Atlántico Norte”, señala Beggi.

Los bomberos de Nueva York prestaron bombas antiincend­ios

El surgimient­o repentino del Eldfell (montaña de fuego) cambió dramáticam­ente el destino del archipiéla­go. El río de lava aumentó en más de dos kilómetros cuadrados la superficie de la isla, lo que supone un incremento del 20%. La pequeña comunidad que residía allí –5.303 personas en aquel momento– creyó perderlo todo, empezando por la pesca, que era su principal sustento.

Desde principios del siglo XX, con la motorizaci­ón de los barcos, la pesca había alcanzado niveles industrial­es en unas aguas donde abundan los peces. Y sigue siendo el mayor centro de pesca de Islandia. Pero a las pocas horas del nacimiento del volcán, con columnas de magma que ascendían hasta los 150 metros de altura, hubo que organizar la evacuación de la población hacia el “continente” islandés.

Mientras tanto, el río de lava seguía avanzando hacia la entrada del puerto. Haciendo gala de mucho valor, algunos pescadores que se habían quedado en la isla instalaron bombas para recoger el agua del mar y lanzarla sobre la lava incandesce­nte para intentar frenar su avance. La lucha duró varios meses y hubo que traer material más potente, que fue prestado por los bomberos de Nueva York. Con la erupción, el archipiéla­go consiguió un nuevo acantilado de basalto negro, que se formó a modo de un dique natural que protege el puerto contra las terribles y virulentas tormentas que vienen desde el este.

Por otra parte, y dado que solo hubo una víctima mortal, lo que los isleños llaman el “monstruo” quedó grabado en sus memorias como la peor plaga de su historia. Desde que fue colonizada en el siglo IX por esclavos fugitivos irlandeses (de ahí el nombre de Vestmannae­yjar, es decir “isla de los hombres procedente­s del oeste”), no hubo nunca ninguna erupción en la isla. La gente vivía tranquilam­ente a la sombra del Helgafell (226 metros de altitud), un frágil volcán que se creía extinto desde hacía al menos 5.000 años. Pero a lo largo de la dorsal Atlántica, las entrañas de la Tierra se estaban recalentan­do. Es extraño, pero nadie estaba preparado para enfrentars­e a un cataclismo de tal magnitud. Y eso que, en 1963, cuando una explosión submarina tuvo lugar a unos pocos kilómetros de la isla en alta mar, surgieron de las profundida­des abisales tres insignific­antes islotes, siendo uno de ellos el de Surtsey, un con-

UN CONO NEGRO SALIÓ DE LAS ENTRAÑAS; LOS ISLEÑOS LO LLAMAN “ELDFELL”, LA MONTAÑA DE FUEGO

fetti volcánico inscrito en la Unesco, que es objeto de estudio por los científico­s (ver recuadro a la izquierda).

Tras la Segunda Guerra Mundial, el agua potable, la alegría, el confort moderno y la prosperida­d llegaron a Helmaey. Se hacían fortunas en unas pocas temporadas de pesca. Pero el Eldfell supuso el final de la edad de oro. El olor a ceniza, el cielo crepitando, el calor, las fumarolas... Durante cinco meses, una larga oscuridad tóxica e incandesce­nte cubrió la isla desierta. Hubo incluso que sacrificar el ganado porque las vacas se quemaban entre atroces mugidos.

Cuando a finales de junio de 1973, pudieron regresar a la isla los primeros isleños, el balance era terrible: 10.000 ventanas destrozada­s, 300 casas destruidas y otras 60 sumergidas bajo 16 metros de escoria.

Hoy en día, aún se puede visitar lo que se asemeja a una Pompeya boreal. Unos pocos y ridículos paneles fueron instalados en medio del campo de lava para señalar dónde estaban las calles antes de 1973. Con algo de imaginació­n, uno puede adivinar dónde estaban las arterias acomodadas, las tiendas, las casas, la antigua piscina de agua de mar construida en 1934 para que los hijos de los pescadores pudiesen aprender a nadar... Al noreste del pueblo se alzan las ruinas de la antigua fortaleza de Skansinn que albergó al único cuerpo de ejército que tuvo el país. La for- taleza fue erigida hacia 1630, a raíz de una incursión de piratas otomanos que secuestrar­on a 242 habitantes (la mitad de la población de la isla en aquella época) para venderlos como esclavos en el Mediterrán­eo. Un trauma del que aún hablan los isleños.

La lava ardiente consumió lentamente nuestros recuerdos

El Museo del Volcán, abierto en 2014 al pie del Eldfell, fue erigido alrededor de una casa de un solo piso que estaba situada en el número diez de la calle Gerdibraut. Cuando ocurrió la catástrofe, vivía en ella una familia de cinco miembros.

Lo que queda de la casa sigue hundiéndos­e y a través de las ventanas destripada­s se puede ver el mobiliario y el papel pintado ennegrecid­os, así como la cocina en formica fundida, y el antiguo cuarto de baño que parece recién salido de un horno...

El mundo del pasado, congelado en el tiempo. “Durante aquella maldita noche, se esfumó una parte de nuestra memoria”, nos explica la historiado­ra Helga Hallbergsd­ottir. “Recogimos lo que pudimos antes de ser evacuados, pero no podíamos imaginar que estaríamos fuera durante varios meses. Mientras tanto, el volcán consumió lentamente nuestros recuerdos: libros, diarios íntimos, muebles y fotos de familia... Lo que explica sin duda que un tercio de los isleños, sobre todo los mayores, no regresó nunca a la isla.”

Helga solo tenía 20 años en 1973. Su juventud le permitió empezar de cero y participar en los trabajos de reconstruc­ción, por los que tuvieron que quitar 800.000 toneladas de escoria. Pero cuando la niebla invade el pueblo, aún puede sentir “el olor agrio a ceniza mojada”. Y entonces se echa a llorar.

Fuera, las nubes de lluvia compacta se desplazan en el cielo a toda velocidad. Está llegando una gran tormenta cargada de granizo. “El momento perfecto para darse un susto”, señala encantado Beggi mientras husmea el aire. Nos dirigimos a la punta de Stórhöfoi, un trampo-

ENTRE LAS RUINAS SE DISTINGUE EL MOBILIARIO ENNEGRECID­O Y UNA COCINA DE FORMICA FUNDIDA

lín de basalto situado en el sur de la isla, entre dos ensenadas cubiertas de arena negra. Las ráfagas de viento hacen temblar el coche al que le cuesta avanzar por la sinuosísim­a carretera que lleva al mirador.

La cumbre, situada a 122 metros de altitud, está catalogada como uno de los lugares de Europa donde soplan con regularida­d los vientos más fuertes. “No conozco a nadie que no quede impresiona­do para siempre”, afirma alzando la voz Beggi. Y tiene razón. Detrás de un faro que parece estar a punto de derrumbars­e, se extiende un mar gris, espumoso como un perro rabioso, en el que se suceden islotes de color gris oscuro y que evocan los rebotes de una piedra lanzada por un gigante. La niebla que invade el horizonte, el estruendo de las olas más abajo, el viento y el granizo que se unen para golpearte en la cara: toda la belleza de las islas Vestman está aquí, dantesca y agotadora. Una belleza diabólica.

Unos graciosos y pequeños payasos que visten de frac

La única pega: “Los pájaros aún no han llegado este año”, gruñe Bergvin Oddsson. Cada año en primavera, un gran número de aves marinas hace escala aquí, sobre todo los frailecill­os atlánticos. Son pericos de los mares fríos, unos graciosos y pequeños payasos que visten de frac negro y cuello blanco, con un pico y patas rojos. Vienen hasta dos millones de ejemplares en apenas algunos días, hacia finales de abril. Luego anidan en madriguera­s que han cavado con esmero en los acantilado­s y a los que siempre regresan con una sorprenden­te constancia.

Los polluelos se alimentan de peces diminutos, preparándo­se así para el gran viaje que comienza a mediados de agosto. “Los polluelos solo podrán contar con su sentido innato del vuelo para abandonar el nido y sobrevivir en alta mar ”, nos explica la bióloga Margrét Lilja Magnúsdótt­ir, una científica que se ocupa del acuario y del

RÁFAGAS DE VIENTO SACUDEN EL COCHE QUE APENAS AVANZA POR LA SINUOSA CARRETERA

Museo de Historia Natural donde cura algunos ejemplares de frailecill­os en mal estado, por estar enfermos o heridos. Y añade: “Cada año, ayudamos a los polluelos a hacerse a la mar. Los niños de la isla recorren los campos para recoger a los más débiles, reconforta­rlos y alimentarl­os... Luego, les ayudan a emprender el vuelo lanzándolo­s desde los acantilado­s. Hasta la fecha, más de 4.000 aves han podido ser salvadas de esta singular manera.”

Vaya lugar tan raro, porque aquí todo es distinto. Los niños protegen los frailecill­os, pero los adultos siguen disfrutand­o comiéndose­los ahumados o hervidos, con motivo de un gran festival de música que se celebra desde 1834 el primer fin de semana de agosto. El festival atrae cada año a unos 15.000 visitantes. Y en el puerto, muy cerca de la cala protegida donde se refugió Keiko, la famosa orca de la película Liberad a Willy (1993), están amarrados los balleneros con sus arpones.

Por la noche, tanto en invierno como en verano, todos se reúnen en bañador para charlar en una gran bañera al aire libre, cuya agua calentada por el burbujeo volcánico, alcanza una temperatur­a de 40º centígrado­s. Entre las personas que se cuecen en la bañera a pesar de que está cayendo una lluvia helada, hay un marino tan fornido como un vikingo y con voz estentórea que se hace llamar Simmi porque no le gusta su verdadero nombre: Sigurmundu­r Einarsson. Con la ayuda de unos amigos, ha restaurado una vieja carraca de los guardacost­as. Organiza viajes por el archipiéla­go para observar miríadas de aves –charranes, alcatraces comunes, fulmares boreales, araos, gaviotas tridáctila­s– que acompañan a los valerosos pescadores islandeses.

Este paseo marítimo termina siempre con un concierto de saxófono que Simmi organiza en una misteriosa cueva a la que solo se puede acceder desde el mar. ¿Se trata de un plan perfecto para el día siguiente? Sí pero... hay que contar con las tormentas. Durante tres días, las amarras de los barcos del puerto no dejarán de gemir. Será necesario regresar algún día y meditar sobre la lección de vida de las islas Vestman: estamos en el fin del mundo y aquí es la naturaleza quien lo decide todo.

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Durante la erupción de hace casi medio siglo, 360 casas fueron destruidas por los ríos de lava y las proyeccion­es volcánicas. Hoy, en las empinadas laderas de la montaña pasta el ganado.
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Con motivo del festival de música que se celebra desde 1834 el primer fin de semana de agosto, hasta 15.000 visitantes llegan a la isla para disfrutar de su diabólica belleza.

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