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RELATO S DE HOMBRES PECES Y SIRENAS

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Érase una vez en un pueblo de la costa de Messina, en la isla italiana de Sicilia, un varón de nombre Nicola, al que llamaban “Cola”. Amaba el mar y sus criaturas, además de ser un increíble nadador capaz de permanecer sumergido durante mucho tiempo. Siempre que podía, devolvía al mar los peces que su padre y hermanos pescaban con mucho esfuerzo. De ahí que los aldeanos comenzaran a llamarlo “Colapesce”.

Su actitud era motivo de broncas diarias. Un día que Cola había devuelto al agua una preciosa morena, su madre lanzó sobre él una maldición: “Tu padre y hermanos se fatigan todo el día intentando pescar y tú devuelves al mar los peces. Es un pecado capital tirar los seres del Señor. Si no cambias, ¡que te trasformes en pez!” Desde aquel momento el joven empezó a cambiar: pasaba cada vez más tiempo en el mar hasta que un día empezaron a salirle escamas en la piel y membranas entre los dedos.

Colapesce exploraba los fondos marinos, y cuando volvía a la superficie contaba historias sobre tesoros, ciudades sumergidas y raros seres marinos. El día que sacó unas mone- das de oro, el emperador Federico II quiso conocerlo para ponerlo a prueba: primero tiró desde la borda una copa de oro y luego su corona. Cola recuperó ambas sin apenas dificultad. Como el dignatario tenía curiosidad por conocer cuán profundo era el mar que rodeaba la isla, le pidió que llegase hasta al fondo del mar y le contara lo que había.

Al volver, Colapesce describió todo tipo de maravillas y una en especial: le contó que la isla de Sicilia se sostenía sobre tres columnas, dos de ellas se mantenían intactas y una estaba vacilante debido al fuego que la consumía. Federico pidió a Cola que cogiese un poco de la llama que ardía bajo el agua. “Si así es vuestra voluntad, lo haré, Majestad”, comenzó su respuesta. “Mi corazón me dice que de esta misión podría no volver. Dejadme unas cuantas lentejas. Si sobrevivo volveré a la superficie; si no lo consigo, subirán solo las lentejas”. Días después apareciero­n únicamente las lentejas.

Según la tradición, Colapesce no murió, sino que prefirió quedarse para siempre en las profundida­des sosteniend­o la columna que la lava del volcán Etna estaba desgastand­o, y así salvar Sicilia del colapso. Siempre que Colapesce decide cambiar de hombro para aliviar el peso, la tierra tiembla y el Etna se despierta.

La leyenda de Nicola Pesce es una de las más conocidas del área del Mediterrán­eo. Reúne todos los elementos clásicos: el mar, un hombre pez y un final trágico y simbólico.

A muchos kilómetros de allí, a finales del siglo XVII, en el interior de Cantabria ocurrieron unos hechos similares al relato de Colapesce, documentad­os por testigos y por el escritor padre Feijoo. Las arquitectu­ras clasicista­s de los siglos XVII y XVIII son el telón de fondo del pequeño pueblo mon-

tañés de Liérganes. En aquel entonces la fábrica de artillería local, referente de la maquinaria militar española, había levantado la economía del pueblo tal y como testimonia­n estos edificios. Corría 1674 cuando una tragedia golpeó una de las humildes familias del pueblo. Francisco de La Vega y María del Casar tenían cuatro hijos. El segundo –Francisco– tenía una pasión descomunal por el agua y cada día pasaba horas nadando en el río Miera, su único interés ya que había dejado los estudios y tenía pocas ganas de trabajar. Según cuenta la leyenda, mezclada con la historia oficial, sus padres le encontraro­n un trabajo de mozo en el puerto de Bilbao.

El 20 de junio de 1674, junto con sus amigos, Francisco fue a bañarse al mar. Pasadas unas horas, aún no había vuelto, por lo que sus compañeros avisaron de su desaparici­ón. Se le dio por muerto, aunque nunca se encontró su cuerpo. Cinco años después, cuando unos pescadores salieron a faenar a la bahía de Cádiz como todos los días, vieron una criatura desconocid­a salir a la superficie. Consiguier­on acercarse a ese extraño ser y atraparlo con un cebo y grandes redes. “Es un hombre”, comentaron algunos. “No puede ser, tiene escamas, un cuerpo deforme, uñas desgastada­s y manos raras”, dijeron otros. La criatura no hablaba, por lo que los pescadores decidieron llevarlo al convento de San Francisco para que algún erudito encontrase una explicació­n. Al cabo de unos días, el joven abrió la boca: “Liérganes”, dijo. Nadie entendía la palabra hasta que la escuchó un fraile originario de Cantabria, que enseguida fue a ver a Domingo de Cantolla, miembro del Tribunal local de la Santa Inquisició­n, para explicarle que en su tierra había un pequeño pueblo llamado Liérganes.

Semanas después llegó la respuesta del municipio cántabro. Nada extraño había ocurrido allí durante esos años, salvo la desaparici­ón de un joven del pueblo en el Cantábrico hacía unos cinco años. El inquisidor no lo tenía claro y puso al joven hombre-pez en manos del fraile Juan Rosende para que le acompañase al pueblo. Cuando llegaron, la madre y los hermanos reconocier­on al joven Francisco. Aquí la leyenda se funde con la realidad en este relato cántabro. Parece que Francisco nunca se integró en la vida de montaña. Pasaba los días desnudo en el río, sin apenas comer y sin conectar con el mundo exterior. Solo pedía tabaco, pan y vino de vez en cuando. Después de unos nueve años en los valles montañeses, Francisco bajó a la orilla del mar y ya no se supo más de él. La tragedia de este hombrepez terminaba con un misterio, exactament­e igual que el mito que consagra el relato de Colapesce.

Siglos más tarde, después de haber estudiado el escrito de Feijoo, el doctor Gregorio Marañon avanzó alguna hipótesis sobre el caso de Liérganes: era probable que Francisco padeciese alguna forma extrema de cretinismo (trastorno frecuente en zonas montañosas consistent­e en un retardo en el crecimient­o físico y mental), además de una fuerte ictiosis, enfermedad cutánea caracteriz­ada por una descamació­n severa de la piel. Su teoría explicaría en parte la vida aislada del mundo, típica del cretinismo. La ictiosis podría haber sido descomunal en este caso.

El misterio del hombre pez forma parte de las tradicione­s cántabras, una más entre las miles que custodia este mar bravío. Esas historias legendaria­s y de aventuras en alta mar, pobladas por seres mitológico­s y aderezadas con mucho miedo, eran contadas por los marineros a la vuelta de largas estancias en barcas a merced de las olas. Era un mundo desconocid­o y extraordin­ario.

Durante su primer viaje a las Indias, Cristóbal Colon describió en su diario unos seres marinos que nunca había visto: “Tres sirenas que salieron del mar, pero que no eran tan hermosas como las pintan”. En esa travesía, el famoso almirante iba acompañado por el navegante cántabro y gran cartógrafo Juan de la Cosa, de Santoña. Fue el primero en trazar sobre papel un mapamundi incluyendo América. Quizá aquellos avistamien­tos peculiares le inspiraron al elegir la forma del mascarón de proa de su navío Marigalant­e. Eligió una sirena, un homenaje a ese horizonte azul desconocid­o, poblado de criaturas mitológica­s, y un amuleto para los que se adentraban en espacios abiertos confiando en su suerte y su perspicaci­a.

Desde el Parque del Hombre y el Mar de la isla de la Magdalena, en Santander, la mirada y el canto de la sirena concebida por Juan de la Cosa están inmutables, de cara al viento que sopla desde la costa. El mar Cantábrico ha dado valientes navegantes a la historia y gente común que ha convivido sabiamente con él. En el siglo XXI, las sirenas ya no pueblan las aguas cantábrica­s; tampoco los hombres peces, pero siguen nadando en nuestra mente, siempre y cuando tengamos necesidad de soñar y crear.

COLAPESCE

Su leyenda cuenta cómo gracias a él se mantiene a flote la isla de Sicilia y por qué el Etna despierta de tanto en tanto y hace temblar la tierra

JUNIO DE 1674

En Cantabria, un muchacho llamado Francisco desaparece en las profundida­des del mar Cantábrico

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Liérganes, estatua del Hombre Pez, cuyo verdadero
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nombre era Francisco de la Vega, colocada junto al río Meira.

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