EL MI­LA­GRO DEL HALCÓN Y SAN­TA MARÍA LA REAL

Geo - - GRAN SERIE 2018 -

El vien­to ayu­da­ba al halcón a des­ple­gar las alas. El ai­re lo le­van­ta­ba ha­cia el cielo azul, des­de don­de ob­ser­va­ba los mo­vi­mien­tos de las per­di­ces. Más aba­jo, so­bre el te­rreno, el rey San­cho García per­ma­ne­cía pen­dien­te de las fi­li­gra­nas d de su h halcón pre­fe­ri­do. De pron­to, el ave des­apa­re­ció en­gu­lli­do por la ve­ge­ta­ción. El rey, te­me­ro­so por su halcón, pe­ne­tró en la ma­le­za tras él. Una vez en ella, des­cu­brió va­rias gru­tas ex­ca­va­das en el co­ra­zón de las co­li­nas. Un en­tra­ma­do de pa­si­llos os­cu­ros de los que des­co­no­cía su exis­ten­cia. ¿Có­mo era po­si­ble aque­llo en su propio reino? ¿Có­mo no ha­bía sa­bi­do na­da has­ta aho­ra? Guia­do por un des­te­llo, el rey se en­ca­mi­nó ha­cia ellas. Has­ta que en un mo­men­to da­do, vio a su halcón, que des­can­sa­ba en el sue­lo mien­tras des­plu­ma­ba una per­diz con su po­ten­te pi­co. Se dis­po­nía a acer­car­se a él, cuan­do una po­ten­te luz le ce­gó. Tar­dó un po­co en vol­ver a ver, y cuan­do lo con­si­guió, no vis­lum­bró a su halcón, sino una pe­que­ña ta­lla de ma­de­ra, que re­co­no­ció co­mo una ima­gen de la Vir­gen María con un ni­ño en sus bra­zos.A su la­do, una ja­rra de blan­cas azu­ce­nas (de­no­mi­na­das “te­rra­zas”) y una cam­pa­na. Pa­ra ce­le­brar el ha­llaz­go, el rey or­de­nó cons­truir un tem­plo. Na­cía así un nue­vo lu­gar de cul­to pa­ra los fie­les en su ca­mino ha­cia San­tia­go. Y la Or­den de la Te­rra­za, la pri­me­ra or­den re­li­gio­so­mi­li­tar de Es­pa­ña. El en­cuen­tro mi­la­gro­so ani­mó al ejér­ci­to en su con­quis­ta de Ca­laho­rra. El bo­tín fue fun­da­men­tal pa­ra le­van­tar el Mo­nas­te­rio de San­ta María la Real, inau­gu­ra­do en 1052. Hoy sus al­tas na­ves cus­to­dian la cue­va a tra­vés del pan­teón de los reyes de Ná­je­ra-Pamplona.Aden­trar­se en la pe­num­bra es una ex­pe­rien­cia de re­co­gi­mien­to. Su si­len­cio nos ha­bla de una épo­ca re­mo­ta, cuan­do las ges­tas se con­ver­tían en mi­la­gros.

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