Mi­guel Be­cer

Co­no­ce­mos su fa­ce­ta co­mo di­se­ña­dor, pe­ro Mi­guel Be­cer, ade­más de otras mu­chas co­sas, es­cri­be. La poe­sía es su pa­sión y la mo­da, su ca­mino de ex­pre­sión. Des­cu­bre en es­te en­sa­yo per­so­nal su voz serena con­tra los pre­jui­cios.

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Ni­na Si­mo­ne de­cía que su voz po­día al­can­zar to­das las no­tas que su men­te po­día ima­gi­nar y eso es la mo­da, una so­la ca­mi­sa pue­de con­ver­tir­se en to­das las ca­mi­sas que una per­so­na pue­de ima­gi­nar. El ám­bi­to o la cla­se so­cial, la in­ter­pre­ta­ción se­xual o el mie­do al qué di­rán, no pue­de ve­tar el pla­cer de ser y ver­se ca­da uno co­mo quie­ra. Por­que la mo­da no es so­lo ro­pa, la mo­da son ideas. Co­mo la mo­da es leer un li­bro que nun­ca na­die ha leí­do an­tes, he bus­ca­do pe­que­ñas his­to­rias que lle­van a la mo­da al mun­do de las sen­sa­cio­nes.

Mi ami­ga Mar­ta vino a com­prar con­mi­go e in­sis­tió en que eli­gie­ra unos pan­ta­lo­nes pi­ti­llo de cua­dros con dis­tin­tos to­nos de­gra­da­dos de gra­na­te. ¡No pue­do creer que me con­ven­cie­ra! To­das las ma­ña­nas me ace­cha­ban des­de el ar­ma­rio. Y to­das las ma­ña­nas los en­ce­rra­ba con un por­ta­zo. Al lle­gar a la ofi­ci­na, Mar­ta se reía bur­lo­na por mi po­co atre­vi­mien­to. Pues bien, hoy, al co­ger una ca­mi­sa, se han caí­do. Jo­der, he pen­sa­do. Y me los he pues­to. Mar­ta me ha mi­ra­do di­ver­ti­da, al igual que el res­to de la ofi­ci­na. Hoy, mis opi­nio­nes se han es­cu­cha­do con in­te­rés. Ha si­do una ma­ña­na lu­mi­no­sa, co­mo mis pan­ta­lo­nes.

Mi hi­ja Can­de­la me re­pro­cha que no sé com­bi­nar­le la ro­pa pa­ra ir al co­le­gio, y tie­ne ra­zón. No ten­go cri­te­rio. Siem­pre ter­mi­na­mos dis­cu­tien­do, y yo, cla­man­do por un uni­for­me. He­mos he­cho un tra­to: si me ha­cía ca­so sin re­chis­tar, yo me pon­dría lo que ella di­je­se. Al pa­re­cer, en mi ar­ma­rio no ha­bía na­da de su agra­do, así que pa­sa­mos una ma­ña­na de compras muy di­ver­ti­da. Se­lec­cio­nó una ca­mi­se­ta con una ca­la­ve­ra di­bu­ja­da con ta­chue­las y unos va­que­ros que me ha­cen un cu­lo que ju­ro que no ten­go. Me he ves­ti­do ha­ce un ra­to pa­ra ir a bus­car­la al co­le­gio, pe­ro al ver mi per­fil en el es­pe­jo, me he en­con­tra­do con mi yo de ha­ce trein­ta años y no he po­di­do evi­tar su­bir al al­ti­llo y res­ca­tar mis vie­jas re­vis­tas mu­si­ca­les. Creo que, a par­tir de aho­ra, Can­de­la ele­gi­rá la ro­pa.

Ten­go una cha­que­ta de pe­lo de bo­to­nes gran­des. Es tan agra­da­ble al tac­to que ca­da vez que me la pongo, no pue­do de­jar de to­car­la. El otro día, mien­tras pa­sa­ban las es­ta­cio­nes de Me­tro, mi mano aca­ri­cia­ba con­ti­nua­men­te mi bra­zo. En­ton­ces, mi ve­cino de asien­to su­mó su mano a mis ca­ri­cias. Me gi­ré con el in­sul­to en los la­bios, pe­ro al mi­rar­nos, vi en ellos ca­li­dez y una es­pe­cie de sen­sa­ción de re­fu­gio. Se me aho­gó el en­fa­do y en­ten­dí que era un pla­cer pa­ra com­par­tir.

Sor­pren­dí a mi pa­re­ja con un ves­ti­do lar­go de se­da sal­va­je que tie­ne en las man­gas unos vo­lan­tes a la vez ex­clu­si­vos y ra­cia­les. Cuan­do me lo pro­bé en la tien­da me veía es­tu­pen­da­men­te, pe­ro me da­ba mie­do que él pen­sa­se que, en mí, es­ta­ba fue­ra de lu­gar. El de­pen­dien­te, muy ama­ble­men­te, y sin de­cir na­da, apo­yó sus ma­nos en mis hom­bros y me son­rió. Me lo pu­se la otra no­che pa­ra ce­nar en ca­sa. Cuan­do lle­gó, su mi­ra­da no me so­bre­vo­ló, co­mo ocu­rría des­de ha­cía tiem­po. Sus ojos se de­tu­vie­ron en mí y sen­tí su amor y ese de­seo que la ru­ti­na ha­bía ido apa­gan­do. No pro­ba­mos la ce­na.

Mi ma­dre me pre­gun­ta to­do el tiem­po por mi her­ma­na. Ella no re­cuer­da que mu­rió, y yo, ya no me sien­to ca­paz de en­tris­te­cer­la más días. Des­de que es­to ocu­rre sal­go a pa­sear con­ti­nua­men­te pa­ra des­con­go­jar­me el co­ra­zón. En uno de es­tos pa­seos vi en un es­ca­pa­ra­te una fal­da de pa­na ver­de y una ca­mi­sa fi­ní­si­ma es­tam­pa­da con pe­que­ñas flo­res, to­do muy pa­re­ci­do al es­ti­lo que mi her­ma­na so­lía ves­tir. Los com­pré sin pro­bár­me­los. Me ves­tí, me pin­té y me subí a unos ta­co­nes en mi an­ti­guo cuar­to an­te la mi­ra­da es­cru­ta­do­ra de mis vie­jos ob­je­tos. Con una sen­sa­ción de aho­go in­des­crip­ti­ble fui al sa­lón al en­cuen­tro de mi ma­dre. Ella al­zó la vis­ta, sus ojos se tor­na­ron vi­drio­sos y me di­jo: “Ali­cia, ¿por qué te has cor­ta­do el pe­lo?”

Es­tas his­to­rias son las de Juan, Al­fon­so, Ma­rio, Gus­ta­vo y Jor­ge; los in­tér­pre­tes del men­sa­je qué es la mo­da, los que de­ci­den el qué, el có­mo y el cuán­do, pa­ra los que la mo­da es bál­sa­mo y ali­vio, agi­ta­ción y ex­ci­ta­ción. Por­que la ro­pa no tie­ne iden­ti­dad, las mar­cas y sus equi­pos crea­ti­vos construyen las ideas y ca­da in­di­vi­duo las in­ter­pre­ta sin re­glas, por­que la mo­da no en­tien­de ni de gé­ne­ro, ni de edad, ni de fron­te­ras.

La can­tan­te y pia­nis­ta Ni­na Si­mo­ne fue ac­ti­vis­ta y de­fen­so­ra del Black Po­wer.

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