¿Dón­de te ha­bías me­ti­do, tío?

Pro­ta­go­ni­za­ba ta­qui­lla­zos y era uno de los gua­pe­ras de Holly­wood, pe­ro un día se des­per­tó y la ma­gia se ha­bía ido. Au­ge y caí­da de BRENDAN FRASER

GQ (Spain) - - Sumario - Por Zach Ba­ron

Brendan Fraser quie­re que co­noz­ca a su ca­ba­llo. "Lo com­pré por­que es enor­me", ex­pli­ca en su es­ta­blo en Bed­ford, Nue­va York. El ca­ba­llo se lla­ma Pe­cas. Fraser lo co­no­ció en el set de Te­xas

Ri­sing, la se­rie que hi­zo pa­ra History Chan­nel en 2015. In­te­pre­ta­ba a un ran­ger y ro­da­ron en Mé­xi­co, don­de tu­vo un mo­men­to de co­ne­xión con el ani­mal, se­gún me cuen­ta. "No quie­ro de­cir que el ca­ba­llo sea co­mo un hu­mano, pe­ro me mi­ró co­mo si ne­ce­si­ta­ra ayu­da. Pa­re­cía de­cir­me: ¡sá­ca­me de aquí, tío!".

Así que Fraser se lo tra­jo has­ta Nue­va York, a una ho­ra de Man­hat­tan, don­de po­see una gran­ja. Ha pa­sa­do gran par­te del úl­ti­mo año via­jan­do, so­bre to­do a To­ron­to, don­de ro­dó una se­rie ba­sa­da en Los tres días del cón­dor lla­ma­da Cón­dor; y tam­bién a Eu­ro­pa, pa­ra tra­ba­jar en Trust, la pro­duc­ción te­le­vi­si­va de Danny Boy­le que na­rra el se­cues­tro de John Paul Getty III (y que es­te mes se es­tre­na en HBO Es­pa­ña). Aun así, se ase­gu­ró de sa­car siem­pre tiem­po pa­ra re­gre­sar y vi­si­tar a Pe­cas. Si le preguntas por qué lo ha­cía, te dará va­rias res­pues­tas di­fe­ren­tes y sor­pren­den­tes. Pe­ro así es, se­gún he po­di­do com­pro­bar, Brendan Fraser. Su ho­nes­ti­dad es com­pul­si­va y su men­te, un la­be­rin­to. Te des­orien­ta, pe­ro a la vez aca­bas apre­cian­do que al­guien tan im­pre­de­ci­ble to­da­vía exis­ta en es­te mun­do.

Hoy en día sus ojos se han tor­na­do pá­li­dos y sue­len es­tar hu­me­de­ci­dos. No los tie­ne tan abier­tos y gran­des co­mo an­tes, cuan­do em­pe­za­ba en el ci­ne e in­ter­pre­ta­ba a per­so­na­jes que des­cu­brían el mun­do. Una bar­ba gris de tres días se ex­tien­de por su otro­ra im­po­nen­te bar­bi­lla y vis­te una ca­mi­sa de man­ga lar­ga que cu­bre con cier­to des­dén lo que an­tes era su fa­mo­so cuer­po es­cul­pi­do. Yo ten­go 35 años, así que re­cuer­do bien una épo­ca en la que la ca­ra de Fraser me era tan fa­mi­liar co­mo los mue­bles de la ca­sa de mis pa­dres. Ac­tuó en El hom­bre de Ca­li­for­nia y Co­le­gio pri­va­do en 1992, Ca­be­zas hue­cas en 1994, Geor­ge de la jungla en 1997, La mo­mia en 1999… Si ibas al ci­ne a fi­na­les del si­glo pa­sa­do, te­nías gran­des probabilidades de en­con­trar­te en la pan­ta­lla a Brendan Fraser. Y, aun­que su eta­pa de pro­ta­go­ni­zar gran­des pro­duc­cio­nes du­ró has­ta fi­na­les de la dé­ca­da pa­sa­da, a na­die se le es­ca­pa que ha es­ta­do au­sen­te, o por lo me­nos fue­ra del mains­tream, du­ran­te un tiem­po con­si­de­ra­ble. Apa­re­cía en los car­te­les de la pe­lí­cu­las año tras año y, de re­pen­te, des­apa­re­ció. Mu­chos no nos di­mos ni cuen­ta has­ta que le vi­mos fu­gaz­men­te de nue­vo en un pa­pel se­cun­da­rio en la ter­ce­ra tem­po­ra­da de la se­rie The Af­fair.

Hay una his­to­ria que ex­pli­ca lo que le pa­só y Fraser, a su ma­ne­ra, me la aca­ba­rá con­tan­do, pe­ro an­tes pre­fie­re cen­trar­se en Pe­cas. Los otros ca­ba­llos en Mé­xi­co eran fuer­tes y muscu­losos, me ex­pli­ca. "No de­ja­ban de pe­gar­le. Te ju­ro que veía có­mo le sa­cu­dían co­ces cons­tan­te­men­te y él nun­ca se de­fen­día. Al fi­nal pen­sé: 'Bueno, ten­go otro tra­ba­jo pa­ra ti si lo quie­res". Así que Fraser man­dó trans­por­tar al ca­ba­llo por ai­re y ca­rre­te­ra has­ta su gran­ja con un pro­pó­si­to en men­te: que Griffin se mon­ta­ra en él.

Griffin, de 15 años, es el hi­jo ma­yor del ac­tor y tie­ne una afec­ción que, se­gún és­te "se en­cua­dra den­tro del es­pec­tro de au­tis­mo. Ne­ce­si­ta ca­ri­ño ex­tra y lo ob­tie­ne". Nos aca­ba­mos de co­no­cer, pe­ro Fraser no du­da en ha­blar­me abier­ta­men­te so­bre las cir­cuns­tan­cias de su hi­jo. "Tie­ne un efec­to cu­ra­ti­vo so­bre la gente que co­no­ce. Sua­vi­za la ru­go­si­dad de las per­so­nas y acen­túa su sen­ti­do de la com­pa­sión. Cuan­do es­tán a su al­re­de­dor, no se an­te­po­nen a él".

Ése era el tra­ba­jo que Fraser te­nía pen­sa­do pa­ra Pe­cas: cui­dar de Griffin. "Su­ce­de al­go ma­ra­vi­llo­so en­tre ellos, in­clu­so cuan­do no lo mon­ta y só­lo lo ce­pi­lla. Al ca­ba­llo le en­can­ta, por el mo­vi­mien­to de re­pe­ti­ción que ha­cen los chi­cos co­mo él. Y fun­cio­na. Hay que en­con­trar es­te ti­po de he­rra­mien­tas, de es­tra­te­gias. Y si yo me mon­to en él, tam­bién me ha­ce sen­tir me­jor". En torno a to­do es­to gi­ra la con­ver­sa­ción con Brendan Fraser en la pri­me­ra ho­ra que es­toy con él.

Fraser vi­ve al fi­nal de un ca­mino de tie­rra, en una ca­sa con un am­plio jar­dín que va des­cen­dien­do pau­la­ti­na­men­te ha­cia un la­go. "Me gus­tan los bos­ques, las es­ta­cio­nes y que­mar le­ña", me di­ce. Sus hi­jos vi­ven con su ex mu­jer, Af­ton, en Green­wich, Con­nec­ti­cut, jus­to al otro

la­do de la fron­te­ra es­ta­tal. "Pe­ro es­tán aquí to­do el tiem­po", ase­gu­ra Fraser, que lue­go des­apa­re­ce un mo­men­to pa­ra po­ner mú­si­ca chill out, la ban­da so­no­ra que usa pa­ra con­tar­me su his­to­ria des­de el prin­ci­pio.

Su pri­mer tra­ba­jo en el mun­do del ci­ne fue en una pe­lí­cu­la de 1991 lla­ma­da El amor es un jue­go cruel, pro­ta­go­ni­za­da por Ri­ver Phoe­nix y Li­li Tay­lor. A él le to­có en­car­nar al ma­ri­ne­ro nú­me­ro 1. "Nos die­ron el uni­for­me a mí y a unos cuan­tos más y te­nía­mos que par­ti­ci­par en una pe­lea con unos ma­ri­nes. Me ga­né el car­né del sin­di­ca­to de ac­to­res y 50 pa­vos por ha­cer una es­ce­na de es­pe­cia­lis­ta, ya que me lan­za­ron con­tra una má­qui­na de pin­ball. Creo que me frac­tu­ré una cos­ti­lla, pe­ro yo pen­sa­ba: '¡Es­toy bien! De­jád­me­lo ha­cer otra vez. Si que­réis, la rom­po en pe­da­zos. ¿Que­réis que lo ha­ga otra vez?".

Es­to se con­vir­tió en una cons­tan­te en la ca­rre­ra de Fraser: cho­car­se con­tra co­sas de mil ma­ne­ras dis­tin­tas. Era al­to, apues­to y fuer­te, de una for­ma no ame­na­zan­te y, lo más im­por­tan­te, es­ta­ba dis­pues­to a to­do. En El hom­bre de Ca­li­for­nia, la pe­lí­cu­la que lo en­ca­ra­mó al es­tre­lla­to, in­ter­pre­ta­ba a un hom­bre de las ca­ver­nas que, tras que­dar li­be­ra­do del blo­que de hie­lo que le man­te­nía apri­sio­na­do du­ran­te si­glos, se ve obli­ga­do a apren­der a vi­vir en la épo­ca mo­der­na. Pa­ra su au­di­ción, se­gún él mis­mo cuen­ta, só­lo tu­vo que pe­lear­se con una plan­ta. Te­nía la cua­li­dad de en­car­nar con cre­di­bi­li­dad a hom­bres que pa­re­cían des­cu­brir el mun­do por pri­me­ra vez, y los di­rec­to­res lo apro­ve­cha­ron.

Du­ran­te gran par­te de la dé­ca­da de los 90, vi­mos a Fraser emer­ger con sus gran­des ojos, siem­pre abier­tos co­mo pla­tos, de re­fu­gios nu­clea­res (Bus­can­do a Eva), de Ca­na­dá (Dud­ley de la mon­ta­ña) o de la sel­va (Geor­ge de la jungla). Tam­bién acep­tó pa­pe­les más se­rios. En 1992, por ejem­plo, com­par­tió pla­nos con Matt Da­mon, Ben Af­fleck y Ch­ris O'don­nell en el dra­ma Co­le­gio pri­va­do (School Ties). Él era el quar­ter­back ju­dío que que­ría en­con­trar su si­tio en­tre la éli­te en un am­bien­te es­co­lar an­ti­se­mi­ta. O Dio­ses y mons­truos (Bill Con­don, 1998), se­cun­dan­do más que dig­na­men­te al im­po­nen­te Ian Mc­ke­llen. Pe­ro, a la ho­ra de pro­ta­go­ni­zar pro­duc­cio­nes, siem­pre tu­vo más éxi­to sin ca­mi­sa que con ella pues­ta. En Geor­ge de la jungla se pa­sa­ba gran par­te de la pe­lí­cu­la úni­ca­men­te con un ta­pa­rra­bos; y era co­mo si sus múscu­los tu­vie­ran múscu­los adi­cio­na­les: "Me veo a mí mis­mo en­ton­ces y pien­so en un tro­zo de car­ne an­dan­te", di­ce. El fil­me re­cau­dó 175 mi­llo­nes de dó­la­res y ad­mi­te que con­du­jo su ca­rre­ra ha­cia un ti­po es­pe­cí­fi­co de pa­pe­les. Así, en 1999 apa­re­ció en la pri­me­ra par­te de La mo­mia, una fran­qui­cia que ge­ne­ró can­ti­da­des as­tro­nó­mi­cas de di­ne­ro y que le acom­pa­ñó du­ran­te los si­guien­tes nue­ve años de su vi­da. Fraser po­nía to­do lo que te­nía y el pú­bli­co res­pon­día fa­vo­ra­ble­men­te a lo que trans­mi­tía en pan­ta­lla.

Lue­go par­ti­ci­pó en el re­ma­ke de Al dia­blo con el dia­blo (2000), com­par­tien­do pla­nos con Eli­za­beth Hur­ley. Tam­bién apa­re­ció en Mon­key­bo­ne y en la se­cue­la de La mo­mia, El re­torno de la mo­mia, en 2001. Dos años des­pués es­tre­nó Loo­ney Toons: De nue­vo en ac­ción, y la co­sa se le em­pe­zó a ir de las ma­nos. "Creo que me es­ta­ba es­for­zan­do de­ma­sia­do, de una for­ma que fue des­truc­ti­va pa­ra mí", di­ce Fraser aho­ra. Sus pe­lí­cu­las ca­da vez re­cau­da­ban me­nos y ade­más le pa­sa­ban fac­tu­ra en lo fí­si­co. Él era un hom­bre cor­pu­len­to que ro­da­ba sus es­ce­nas de ries­go, que no de­ja­ba de co­rrer de un la­do pa­ra otro, de pla­tó en pla­tó. Su cuer­po em­pe­zó a ce­der. "Pa­ra cuan­do ro­dé la ter­ce­ra par­te de La mo­mia en Chi­na [en 2008], te­nían que re­cons­truir­me con cin­ta ais­lan­te y hie­lo. De­sa­rro­llé una afi­ción ca­si fe­ti­chis­ta ha­cia las com­pre­sas de hie­lo, ya que son pe­que­ñas y li­ge­ras y te las pue­des po­ner de­ba­jo de la ro­pa. Te­nía que cons­truir un exoes­que­le­to pa­ra mí ca­da día". Al fi­nal, el úni­co re­me­dio pa­ra sus múl­ti­ples le­sio­nes fue la ci­ru­gía. "Pre­ci­sé de una la­mi­nec­to­mía, y la pri­me­ra ope­ra­ción no sa­lió bien, así que hu­bo que re­pe­tir­la un año des­pués", cuen­ta. Tam­bién hu­bo que re­em­pla­zar­le par­te de la ro­di­lla y rea­li­zar­le más in­ter­ven­cio­nes en la co­lum­na. In­clu­so hu­bo que re­pa­rar sus cuer­das vo­ca­les. Se­gún Fraser, se pa­só sie­te años de su vi­da en­tran­do y sa­lien­do de hos­pi­ta­les.

"Qui­zá es­to te pue­da pa­re­cer ño­ño, pe­ro me sen­tía co­mo el ca­ba­llo de Re­be­lión en la gran­ja", ex­pli­ca de­jan­do es­ca­par una ri­sa tris­te. "Su úni­co co­me­ti­do era tra­ba­jar y tra­ba­jar. Creo que Or­well lo con­ci­bió pa­ra re­pre­sen­tar al pro­le­ta­ria­do. Tra­ba­ja­ba por el bien del con­jun­to, no ha­cía preguntas, no da­ba pro­ble­mas… has­ta que lo ma­ta­ron. No sé si a mí me man­da­ron a la fá­bri­ca de pe­ga­men­to, pe­ro sien­to co­mo si hu­bie­ra te­ni­do que re­cons­truir co­sas que ya ha­bía cons­trui­do an­tes, y lue­go vol­ver­lo a ha­cer por el bien de la ma­yo­ría. Da­ba igual que me do­lie­ra o no".

En unas ho­ras, un co­che re­co­ge­rá a Fraser pa­ra lle­var­le al ae­ro­puer­to y to­mar un vue­lo a Londres, don­de es­tá ro­dan­do Trust, la se­rie que, co­mo la úl­ti­ma pe­lí­cu­la de Rid­ley Scott (To­do el di­ne­ro del mun­do), na­rra la his­to­ria del se­cues­tro de John Paul Getty III. Danny Boy­le, el pro­duc­tor eje­cu­ti­vo, re­clu­tó a Fraser des­pués de ver­lo en The Af­fair, en la que in­ter­pre­ta­ba a un guar­dia de pri­sio­nes que pa­re­cía es­con­der os­cu­ros se­cre­tos. Boy­le di­ce que le atra­jo su ho­nes­ti­dad –"Me lo creí to­tal­men­te"–, ade­más de que le gus­tó vol­ver a ver a Fraser de nue­vo: "Fue uno de esos mo­men­tos de­li­cio­sos en los que ves a al­guien que te es fa­mi­liar, pe­ro que ha cam­bia­do con el tiem­po y la ex­pe­rien­cia".

Cuan­do se emi­tie­ron sus epi­so­dios en The Af­fair a fi­na­les de 2016, a Fraser le pi­die­ron que con­ce­die­ra su pri­me­ra en­tre­vis­ta en años a tra­vés del ca­nal de You­tu­be de AOL. Es du­ro de ver. Fraser apa­re­ce tris­te y, du­ran­te gran par­te de la gra­ba­ción, ha­bla co­mo su­su­rran­do. El ví­deo se hi­zo vi­ral y en los me­ses si­guien­tes se mul­ti­pli­ca­ron las teo­rías so­bre lo que le ha­bía con­du­ci­do a ese es­ta­do. Se es­pe­cu­la­ba con su di­vor­cio de 2009, o con el he­cho de que dos de las gran­des fran­qui­cias en las que ha­bía par­ti­ci­pa­do –La mo­mia y Via­je al cen­tro de la Tie­rra– ha­bían si­do re­su­ci­ta­das con ac­to­res dis­tin­tos y sin con­tar con él.

La reali­dad es que la tris­te­za de Fraser es­ta­ba jus­ti­fi­ca­da. Su ma­dre ha­bía fa­lle­ci­do por un cán­cer só­lo unos días an­tes de la en­tre­vis­ta. "Aca­ba­ba de en­te­rrar a mi ma­dre", di­ce. "Creo que aún es­ta­ba en due­lo y no lo sa­bía". No ha­bía he­cho apa­ri­cio­nes pú­bli­cas des­de ha­cía mu­cho tiem­po y de re­pen­te se vio sen­ta­do en un taburete fren­te a una au­dien­cia que no veía, pro­mo­cio­nan­do una se­rie en la que ape­nas ha­bía apa­re­ci­do. "No es­ta­ba muy se­gu­ro de có­mo iba a ser el for­ma­to. Y pen­sé: 'Jo­der, es­toy vie­jo. ¿Es así co­mo se ha­cen las co­sas aho­ra?".

Cuan­do le oyes ha­blar, pa­re­ce que hay una par­te de la his­to­ria que to­da­vía no es­tá pre­pa­ra­do pa­ra con­tar, pe­ro sí de­ja cla­ro que ha pa­sa­do una ma­la dé­ca­da: "Me cam­bié de ca­sa, me di­vor­cié, mis hi­jos cre­cie­ron. Atra­ve­sé por acon­te­ci­mien­tos que te mol­dean de una ma­ne­ra pa­ra la que nun­ca es­tás pre­pa­ra­do has­ta que los vi­ves".

Fraser ha­ce una pau­sa y sus ojos de­jan en­tre­ver por pri­me­ra vez que qui­zá no quie­ra con­ti­nuar con su his­to­ria. "Es­toy bien", me di­ce. "Só­lo ne­ce­si­to lan­zar unas fle­chas". Al prin­ci­pio no sé muy bien a lo que se re­fie­re, pe­ro al po­co vuel­ve con un ar­co y unas fle­chas. Sa­le al por­che, ten­sa el ar­co y cla­va una fe­cha en el cen­tro de la dia­na, si­tua­da a 70 me­tros. Sa­ca otra fle­cha y lo vuel­ve a ha­cer. "Ya me sien­to mu­cho me­jor", me di­ce, mien­tras me pa­sa el ar­co. "Aho­ra te to­ca a ti".

Unos días des­pués de nues­tro en­cuen­tro, Fraser me lla­ma. Me quie­re con­tar al­go. "No te­nía el co­ra­je de ha­blar an­tes por ries­go a la hu­mi­lla­ción o al da­ño que le po­día ha­cer a mi ca­rre­ra", se jus­ti­fi­ca. Par­te de ello ya ha­bía sa­li­do a la luz, pe­ro es la pri­me­ra vez que ha­bla pú­bli­ca­men­te so­bre ello. La his­to­ria a la que se re­fie­re tu­vo lu­gar en 2003, en el ho­tel Be­verly Hills, en una co­mi­da or­ga­ni­za­da por la Aso­cia­ción de la Pren­sa Ex­tran­je­ra de Holly­wood (HFPA, por sus si­glas en in­glés), la or­ga­ni­za­ción de­trás de los Glo­bos de Oro. Mien­tras Fraser sa­lía del ho­tel, fue abor­da­do por Phi­lip Berk, un an­ti­guo pre­si­den­te de la HFPA. En me­dio de una sa­la lle­na, Berk se acer­có pa­ra es­tre­char la mano con el ac­tor. Par­te de lo que ocu­rrió des­pués fue re­fle­ja­do en las me­mo­rias de Berk y en un ar­tícu­lo de la pe­rio­dis­ta Sha­ron Wax­man pu­bli­ca­do en The New York Ti­mes: le pe­gó un pe­lliz­co en el tra­se­ro. Fue una bro­ma, se­gún Berk, pe­ro Fraser no lo sin­tió así: "Me pa­só su mano iz­quier­da por de­trás, me aga­rró una nal­ga y uno de sus de­dos me al­can­zó el ano. Y lue­go la em­pe­zó a mo­ver". El ac­tor ase­gu­ra que le in­va­dió una sen­sa­ción de pá­ni­co, aun­que fi­nal­men­te pu­do qui­tar­se de en­ci­ma la mano de Berk. "Me pu­se ma­lo. Me sen­tí co­mo un ni­ño con un nu­do en la gar­gan­ta. Creía que me iba a po­ner a llo­rar". Se apre­su­ró a sa­lir al ex­te­rior, pa­san­do jun­to a un agen­te de po­li­cía al que no se atre­vió a de­cir­le na­da, y lue­go lle­gó a su ca­sa, don­de le con­tó a su mu­jer, Af­ton, lo que ha­bía pa­sa­do. "Fue co­mo si al­guien me hu­bie­se ti­ra­do pin­tu­ra in­vi­si­ble en­ci­ma", me cuen­ta aho­ra. En un email, Berk, quien to­da­vía es miem­bro de la HFPA, nie­ga la his­to­ria: "La ver­sión del se­ñor Fraser es una in­ven­ción to­tal".

Tras aquel en­cuen­tro, Fraser pen­só si ha­cer­lo pú­bli­co. Pe­ro, al fi­nal, "no que­ría re­vi­vir lo que aque­llo me hi­zo sen­tir, ni tam­po­co que­ría que se con­vir­tie­se en par­te de mi na­rra­ti­va". Pe­ro el re­cuer­do de lo que pa­só, de lo que sin­tió, que­dó pre­sen­te en él. Su re­pre­sen­tan­te le pi­dió a la HFPA que es­cri­bie­se una dis­cul­pa. Berk re­cuer­da que le man­dó una car­ta a Fraser so­bre el in­ci­den­te: "Mis dis­cul­pas no eran una admisión de que hu­bie­se he­cho al­go ma­lo, la car­ta só­lo era el ha­bi­tual: 'Si he he­cho al­go pa­ra eno­jar al Sr. Fraser, no lo hi­ce a pro­pó­si­to y lo sien­to".

Se­gún Fraser, la HFPA se com­pro­me­tió a no de­jar que Berk coin­ci­die­se nun­ca en una mis­ma sa­la con él (Berk lo nie­ga y la HFPA rehu­só co­men­tar al res­pec­to). Pe­ro lo im­por­tan­te, se­gún el ac­tor, es que "me em­pe­cé a de­pri­mir". Co­men­zó a de­cir­se a sí mis­mo que se me­re­cía to­do lo que le ha­bía pa­sa­do. "Me cul­pa­ba y me sen­tía mi­se­ra­ble, por­que pen­sa­ba: 'Es­to no ha si­do na­da; es­te tío me pa­só la mano por de­trás y apro­ve­chó pa­ra to­car­me'. Aquel ve­rano se fue y no re­cuer­do si­quie­ra en lo que tra­ba­jé des­pués".

Él sa­be que aho­ra la gente se pre­gun­ta qué fue de Brendan Fraser, có­mo pa­só de ser una fi­gu­ra pú­bli­ca a prác­ti­ca­men­te des­apa­re­cer. La ma­yor par­te de la his­to­ria ya me la ha con­ta­do, pe­ro es­ta era la pie­za fi­nal, se­gún él mis­mo di­ce. La ex­pe­rien­cia, ase­gu­ra, "me hi­zo re­tro­ce­der, me hi­zo re­cluir­me". Se pre­gun­ta si la HFPA se ven­gó con­tra él po­nién­do­le en una lis­ta ne­gra. "No sé si per­dí el fa­vor del gru­po, de la HFPA, pe­ro su si­len­cio ha­bla­ba por sí so­lo". Fraser di­ce que des­pués de aque­llo úni­ca­men­te fue in­vi­ta­do una vez más a la ce­re­mo­nia de los Glo­bos de Oro. Berk nie­ga cual­quier ven­gan­za: "No­so­tros no tu­vi­mos na­da que ver en que su ca­rre­ra de­ca­ye­ra".

Du­ran­te el úl­ti­mo año, ha vis­to có­mo otros co­le­gas de pro­fe­sión han da­do un pa­so ade­lan­te pa­ra ha­blar en pú­bli­co de ex­pe­rien­cias si­mi­la­res. "Co­noz­co a Ro­se [Mc­go­wan], y tam­bién a Ash­ley [Judd] y a Mi­ra [Sor­vino]. He tra­ba­ja­do con ellas. Las con­si­de­ro ami­gas, aun­que no ha­ya ha­bla­do con ellas des­de ha­ce tiem­po. He vis­to có­mo se desa­rro­lla­ba es­te mo­vi­mien­to ma­ra­vi­llo­so, a per­so­nas ha­blan­do so­bre aque­llo de lo que yo no tu­ve co­ra­je pa­ra ha­blar". Vio la úl­ti­ma ce­re­mo­nia de los Glo­bos de Oro en un ho­tel, me cuen­ta. Mu­chas ac­tri­ces iban de ne­gro y los ac­to­res lle­va­ban el pin con el le­ma Ti­me's Up en so­li­da­ri­dad, y en un plano se veía a Berk en la sa­la con to­dos ellos. Él es­ta­ba allí, a di­fe­ren­cia de Fraser. "¿Pue­do de­cir que to­da­vía ten­go mie­do? Des­de lue­go. ¿Sien­to la ne­ce­si­dad aún de de­cir al­go al res­pec­to? Des­de lue­go. ¿He sen­ti­do esa ne­ce­si­dad mu­chas ve­ces? Des­de lue­go. ¿Me he pri­va­do a mí mis­mo de ha­cer­lo? Por su­pues­to". Por te­lé­fono se pue­de es­cu­char su res­pi­ra­ción. "Y pue­de que es­té reac­cio­nan­do de ma­ne­ra exa­ge­ra­da an­te to­do. Pe­ro só­lo sé que es mi ver­dad. Y es la que te he con­ta­do".

Fo­to­gra­fía: Mar­tin Schoe­ller

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.