CUL­TU­RA

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GQ (Spain) - - CULTURA -

ha­ya pu­bli­ca­do. No só­lo por mí, ¿eh? Por cual­quie­ra. ___GQ: Eso mu­cho de­cir… ___M. B.: Po­dría apa­ren­tar mo­des­tia, pe­ro es que es un dis­co pre­cio­so. Mi­ra, no le desea­ría ni a mi peor enemi­go lo que yo he pa­sa­do, pe­ro sí le desea­ría a mis me­jo­res ami­gos la pers­pec­ti­va que me ha pro­por­cio­na­do. Aho­ra lo veo to­do cla­ro. ___GQ: ¿En qué sen­ti­do? ___M. B.: En lo que de ver­dad im­por­ta. Creo que mu­chos só­lo en­cuen­tran esa cla­ri­vi­den­cia cuan­do de­ben afron­tar su pro­pia mor­ta­li­dad. Ya­cen en su le­cho de muer­te y en esos mo­men­tos fi­na­les en­tien­den qué es lo real­men­te tras­cen­den­te. Y no es el di­ne­ro, el ego, el tra­ba­jo, las ci­fras de ven­tas o los pre­mios. Es el amor y la fa­mi­lia. Yo no tu­ve que es­pe­rar en mi le­cho pa­ra ob­te­ner esa cla­ri­dad; me lle­gó de gol­pe. El día que nos con­fir­ma­ron el diag­nós­ti­co de nues­tro hi­jo cam­bió to­do mi uni­ver­so. No sé có­mo ex­pre­sar­lo, fue co­mo si ca­ye­ra una cortina. No me gus­ta ha­blar de ello por­que es de­ma­sia­do do­lo­ro­so co­mo pa­ra en­trar en de­ta­lles. Pe­ro creo que de­bo ex­pli­car que hay una co­ne­xión en­tre lo que me pa­só y es­te dis­co. ¿Có­mo se su­po­ne que voy a vol­ver y pre­ten­der ha­cer creer que es­to no me ha afec­ta­do y me si­gue afec­tan­do? Ca­mino so­bre una lí­nea muy fina por­que to­da­vía es­toy asus­ta­do. Ten­go días pre­cio­sos, lle­nos de luz, fe­li­ci­dad y gra­ti­tud, y otros muy jo­di­dos. ___GQ: De­cla­ras­te que es­ta­bas pre­pa­ra­do pa­ra de­jar la mú­si­ca. ___M. B.: To­do. Cual­quier for­ma de vida pú­bli­ca. No só­lo es­ta­ba pre­pa­ra­do, es que sen­tía que era ne­ce­sa­rio re­nun­ciar al ego. Ese día fue el úl­ti­mo que pu­bli­qué en re­des so­cia­les o que bus­qué mi nom­bre en Goo­gle o en un ar­tícu­lo. In­clu­so aho­ra, mi gen­te sa­be que no me quie­ro en­te­rar de na­da de lo que se pu­bli­ca so­bre mí, ni si­quie­ra de lo bueno. Nun­ca. Y po­drás creer­me o no, pe­ro me da igual si es­te dis­co ven­de una co­pia o mil mi­llo­nes, y no me im­por­ta lo que di­gan los crí­ti­cos. Sé que he he­cho al­go tan

es

nom­bre pro­pio. Pe­ro re­pre­sen­ta­ba tan­to pa­ra no­so­tros que, cuan­tas más vuel­tas le dá­ba­mos, más nos gus­ta­ba. Y aho­ra nos re­sul­ta de lo más na­tu­ral. ___GQ: El ve­rano pa­sa­do vol­vis­te a dar un con­cier­to des­pués de dos años sin pi­sar un es­ce­na­rio. ¿Te re­sul­tó emo­ti­vo? ___M. B.: Mu­cho. De­ma­sia­do. Al fi­nal per­dí el con­trol, tu­ve que aca­bar cu­brién­do­me la ca­ra con una toa­lla. Jus­to an­tes ha­bía ha­bla­do con un pe­rio­dis­ta –era la pri­me­ra en­tre­vis­ta que da­ba des­pués de lo que nos ha­bía pa­sa­do– y, a la mi­tad, el po­bre tu­vo que pa­rar la char­la pa­ra ve­nir a con­so­lar­me. To­da la vida he si­do muy fuerte. Siem­pre se me ha da­do bien no de­jar­me lle­var por las emo­cio­nes, pe­ro de pron­to me di cuen­ta de que ya no te­nía el con­trol. Y si­go sin te­ner­lo. ___GQ: El éxi­to no te lle­gó de la no­che a la ma­ña­na; te lle­vó años triun­far. ¿Re­cuer­das al­gu­na ex­pe­rien­cia divertida de tus ini­cios? ___M. B.: Hu­bo mu­chas. So­lía ac­tuar en cen­tros co­mer­cia­les; me pa­ga­ban 40 pa­vos por cua­tro horas y lo peor es que me en­can­ta­ba. Fui mú­si­co ca­lle­je­ro, men­sa­je­ro de te­le­gra­mas can­ta­dos…

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