"DIS­FRU­TO ENFRENTÁNDOME AL PO­DER Y EN­CON­TRAN­DO ENEMI­GOS. SIN ESO, NO CON­SI­GUES NA­DA"

GQ (Spain) - - SPIKE LEE -

___GQ: Ya has es­ta­do seis me­ses en la cár­cel. ¿Có­mo fue esa eta­pa de tu vida? ___H. F.: Pues no es que me lo pa­sa­ra bien. Me sen­tía un po­co… no frus­tra­do, pe­ro sí un po­co li­mi­ta­do por mi cas­te­llano. Pe­ro es­ta­ba con gen­te de In­ter­pol, co­no­cí co­sas que no ha­bría te­ni­do opor­tu­ni­dad de co­no­cer, va­rias cár­ce­les, gen­te de to­do ti­po de per­fi­les… Su­frie­ron más mis pa­dres, los pa­rien­tes, los ami­gos, los que no sa­bían por qué es­ta­ba en­ce­rra­do. Pe­ro per­so­nal­men­te, fue­ra de la com­pa­sión por el su­fri­mien­to de los míos, lo te­nía que acep­tar, por­que pa­sar por la cár­cel era ne­ce­sa­rio. La ver­dad es que es­tu­ve muy tran­qui­lo, de­di­cán­do­me a lo de siem­pre, no pa­ré de tra­ba­jar en los pro­yec­tos. Lo úni­co que es­ta­ba en un ám­bi­to un po­co… mo­nás­ti­co, co­mo en un mo­nas­te­rio. ___GQ: ¿Pen­sas­te al­gu­na vez que ibas a te­ner es­ta re­per­cu­sión mun­dial? ___H. F.: Du­ran­te más de seis años to­do se hi­zo en se­cre­to y mi in­ten­ción era se­guir has­ta el fi­nal en se­cre­to. Ha­bría si­do me­jor así. Lo que ocu­rrió es que va­rios acon­te­ci­mien­tos pro­vo­ca­ron que se hi­cie­ra pú­bli­co, pe­ro no fue una elec­ción mía, sino de otros que te­nían sus ra­zo­nes pa­ra ha­cer­lo así. En­ton­ces en­tré en la par­ti­da y vi que exis­tía la po­si­bi­li­dad de ex­pli­car las co­sas. Así que me di­je 'va­mos a ha­cer­lo', a in­ten­tar­lo al me­nos, pa­ra que sir­va de al­go. Y ése es el va­lor que le doy a es­ta po­si­ción pú­bli­ca: só­lo es un ins­tru­men­to de di­fu­sión de un te­ma que pue­de ser re­le­van­te pa­ra mu­cha gen­te. Pe­ro nun­ca he pen­sa­do en la re­per­cu­sión. Só­lo en la con­sis­ten­cia. ___GQ: Tam­po­co es que te es­tén de­jan­do dis­fru­tar mu­cho de la fa­ma… ___H. F.: No creo en la fa­ma, ni si­quie­ra veo la te­le­vi­sión, es­toy en otros te­mas. De ver­dad, no creo que me co­rres­pon­da, no soy un tío fa­mo­so y nun­ca lo bus­ca­ré. ___GQ: Des­de fue­ra, pa­re­ces un hom­bre con una mi­sión, ca­si co­mo un hé­roe clá­si­co, ¿no crees? ___H. F.: Trágico… el hé­roe clá­si­co es siem­pre trágico; si no, no es. ___GQ: O tra­gi­có­mi­co, que aho­ra vi­ves en Es­pa­ña… ___H. F.: Sí, me­jor tra­gi­có­mi­co. ___GQ: Pe­ro es­tá la per­so­na tam­bién. ¿Có­mo es Hervé en reali­dad? ___H. F.: Co­mo to­do el mun­do, ten­go va­rios la­dos. En el la­do pro­fe­sio­nal, me ob­se­sio­na la con­sis­ten­cia, lo he re­pe­ti­do mu­chas ve­ces. Cuan­do nos lle­ga una in­for­ma­ción, lo pri­me­ro que me im­por­ta es si es cohe­ren­te en el plano pro­fe­sio­nal. Y lue­go si es ne­ce­sa­ria. Y eso es­tá re­la­cio­na­do con la pre­gun­ta so­bre la fa­ma. No creo que la fa­ma sea ne­ce­sa­ria nun­ca [ri­sas]. Y en el plano per­so­nal soy un ti­po muy nor­mal, lo que me preo­cu­pa o me gus­ta es lo mis­mo que a mu­cha otra gen­te. Soy más de mar que de mon­ta­ña… [ri­sas] Co­sas así, muy na­tu­ral. No me veo di­fe­ren­te a un jefe de go­bierno, un mi­nis­tro, un fut­bo­lis­ta o una ama de ca­sa. Es só­lo el ca­mino que eli­ges lo que te presenta de un mo­do di­fe­ren­te. Por­que no to­do el mun­do sa­le en la te­le o en un ca­so de co­rrup­ción in­ter­na­cio­nal o de blan­queo, pe­ro al fi­nal, en el plano y na­die pue­de de­cir que no soy per­fec­to'. Y es un po­co lo que nos da la crip­to­mo­ne­da. Te­ne­mos un mo­do de eva­luar las ver­da­des que nos po­nen en la me­sa sin jus­ti­fi­ca­ción: po­de­mos pe­dir cuen­tas, pa­sar fac­tu­ras, ver que los ban­cos no se ri­gen por de­re­cho di­vino. Tam­po­co los ser­vi­cios fi­nan­cie­ros. Ni na­da. Y es­ta di­ná­mi­ca de des­truc­ción y en­fren­ta­mien­to, y de en­con­trar enemi­gos, sí que es al­go que dis­fru­to, por­que es la vida y sin es­to no con­si­gues na­da. ___GQ: ¿Te has crea­do mu­chos enemi­gos en es­tos años? ___H. F.: Los que es­ta­mos en el te­ma an­ti-frau­de so­mos enemi­gos de mu­chas per­so­nas sin te­ner enemi­gos. Es de­cir, tú pue­des ver­me co­mo un enemi­go, pe­ro si ha­go al­go en con­tra de ti, no lo ha­go en con­tra de ti, sino del sis­te­ma. Y vol­ve­mos a lo que de­cía de la ma­fia. Nun­ca ja­más he ac­tua­do con­tra al­guien. Me in­tere­sa más sa­ber por qué al­guien en ese con­tex­to nos pue­de jo­der a to­dos o lo in­ten­ta. Y es por el sis­te­ma. Los que van a por per­so­nas, no a por el sis­te­ma, tie­nen un fa­llo en su pen­sa­mien­to. Ha­ce unos días me pre­gun­ta­ron qué opino de que Ra­to pue­da in­gre­sar en la cár­cel. Te di­ré: es un ca­so es­tre­lla, es­tá bien pa­ra que la gen­te se in­tere­se por el te­ma, pe­ro se­gui­mos con 80.000 mi­llo­nes de eva­sión fis­cal al año en Es­pa­ña. ¿Y qué se ha cam­bia­do aquí en la úl­ti­ma dé­ca­da? Hay una lis­ta de co­sas que se po­drían ha­cer ya. Los tiem­pos po­lí­ti­cos pue­den ser lar­gos, pe­ro lo que im­por­ta es que nos preo­cu­pe­mos por los sis­te­mas pa­ra que nues­tra so­cie­dad sea re­sis­ten­te al frau­de y la co­rrup­ción. ___GQ: Tus enemi­gos te acu­san de co­di­cia. ¿Has ga­na­do di­ne­ro con es­to? ___H. F.: No, no he ga­na­do di­ne­ro con es­to, al re­vés, he in­ver­ti­do mu­cho di­ne­ro. Es un pro­yec­to en el que creo, y pa­ra que la gen­te crea hay que in­ver­tir. Y si­go in­vir­tien­do lo más im­por­tan­te, que es mi tiem­po. Pe­ro tam­bién es ver­dad que lo que he vi­vi­do y si­go vi­vien­do me he traí­do mu­cha fe­li­ci­dad y mu­cha ri­que­za. Me lo pa­so muy bien, pe­ro no por el di­ne­ro [ri­sas]. ___GQ: Ima­gino que a Sui­za ya no pue­des vol­ver de va­ca­cio­nes… ___H. F.: No lo echo de me­nos. Me gus­ta su so­cie­dad por­que es in­mu­ne a la co­rrup­ción, pe­ro lo he co­no­ci­do y ya es­tá. Soy más de mar que de mon­ta­ña.

La me­jor ma­ne­ra de ex­pli­car a Yohji Yamamoto es no ex­pli­car­lo. No hay for­ma de ha­cer en­ten­der con pa­la­bras tan­ta vís­ce­ra. Ni él mis­mo lo in­ten­tó cuan­do una pe­que­ña edi­to­rial in­de­pen­dien­te bel­ga, Lu­dion, le sir­vió en ban­de­ja su au­to­bio­gra­fía, en 2011: My Dear Bomb, es­ta­lli­do emo­cio­nal an­tes que in­for­ma­ción his­tó­ri­ca li­neal, en­tre el relato de fic­ción, el poe­ma­rio nihi­lis­ta y el psi­coa­ná­li­sis; a leer/ex­pe­ri­men­tar co­mo una co­reo­gra­fía de Pi­na Bausch. "Nun­ca po­dré cal­mar la ra­bia que lle­vo den­tro. Siem­pre es­ta­rá con­mi­go, jun­to a la re­sig­na­ción de sa­ber que no ten­go la fuer­za su­fi­cien­te pa­ra cam­biar las co­sas por mí mis­mo. Mi an­ti­pa­tía es co­mo un ex­plo­si­vo im­po­si­ble de des­ac­ti­var. Es­tá aquí, al la­do de mi co­ra­zón y cer­ca de mi es­tó­ma­go", re­co­gía la es­cri­to­ra Ai Mit­su­da, ins­tru­men­to li­te­ra­rio ha­bi­tual del crea­dor. Hi­jo de la ira (su ira), a Yamamoto se le sien­te o no se le sien­te. Por si sir­ve de ex­pli­ca­ción.

_______Es una re­fe­ren­cia ma­ni­da, pe­ro tam­bién una reali­dad in­con­tes­ta­ble, que el ve­te­rano di­se­ña­dor ja­po­nés (To­kio, 1943) tie­ne la que po­si­ble­men­te sea la ba­se fan más só­li­da y re­cal­ci­tran­te de la que ha­ya no­ti­cia. 'Cuer­vos', lla­man sus pai­sa­nos ni­po­nes a es­te ejér­ci­to en­lu­ta­do des­de los se­mi­na­les años 70, cuan­do el crea­dor ins­tau­ró su rei­na­do os­cu­ro. Vis­to de ne­gro por­que ne­gru­ra es lo que sien­to/lle­vo por den­tro, ven­dría a ser el man­tra.

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